Y Fernando Pe�a, sin lugar a dudas, era un apasionado en todas las facetas de su vida. El hombre de las mil voces hab�a nacido el 31 de enero de 1963 en Montevideo, Uruguay. Muri� apenas 46 a�os m�s tarde, el 17 de junio de 2009, en la Argentina, donde desarroll� su carrera art�stica convirti�ndose en un n�mero uno de la radiofon�a. Y nunca, jam�s, conoci� los l�mites.
Nada en su existencia hab�a sido convencional. �l mismo hab�a contado que sus padres, el periodista deportivo Jos� Pepe Pe�a y la actriz Mar�a Jos� Malena Mendiz�bal -cuyas cenizas conserv� en una urna a la que acud�a a diario hasta el final de sus d�as-, lo hab�an concebido en Par�s cuando estaban en plena luna de miel. Pero que, inmediatamente despu�s, hab�an decidido separarse, ya que su madre hab�a descubierto una infidelidad. En definitiva, desde el minuto cero qued� claro que no iba a crecer en una familia t�pica.
Su mam� alquil� una casa por la zona de Carrasco. Y su pap�, que sol�a viajar a la Argentina por trabajo, solo lo visitaba los d�as viernes. As� pas� su primera infancia hasta que, en 1970 se radic� en Buenos Aires junto a parte de su familia y comenz� a estudiar en el Saint Andrew?s School. Ten�a, sin lugar a dudas, un talento innato para interpretar distintas voces. Y era, por sobre todas las cosas, un provocador. Pero tard� en descubrir que pod�a hacer de ese potencial su fuente de ingresos.
Sus primeros empleos fueron como maestro de ingl�s y profesor de equitaci�n. Hasta que comenz� a trabajar como auxiliar de vuelo en American Airlines. Y como suelen ocurrir estas cosas, en 1994 un hecho fortuito cambi� su destino. �Qu� fue lo que sucedi�? Uno de los pasajeros de su vuelo era ni m�s ni menos que Lalo Mir. Y Pe�a, que no pod�a controlar su necesidad de compartir su arte, hab�a decidido dar las instrucciones de vuelo personificando a la cubana Milagros L�pez en el parlante. Al principio, el locutor pens� que se trataba de una azafata, muy ocurrente por cierto. Pero al enterarse de que era Fernando quien estaba detr�s del micr�fono, decidi� convocarlo para formar parte de su programa, Tutti Frutti, en FM del Plata.
La caribe�a fue la primera creaci�n de Pe�a. Y durante mucho tiempo, los oyentes pensaron que en realidad se trataba de una mujer nacida en la isla del son y el ron. De hecho, al tiempo lleg� a tener su propio programa, La vereda tropical, en Radio del Plata, sin que saliera a la luz su verdadera identidad. Pero, para entonces, algo hab�a empezado a brotar de la inexpugnable mente de Fernando: sus criaturas.
La confusi�n entre los oyentes
Mart�n Revoira Lynch, Roberto Flores, La Mega, Palito, Mario Modesto Savino, Delia Dora de Fern�ndez, Dick Alfredo y Rafael Oreste Porelorti, fueron solo algunos de los personajes que nacieron de la imaginaci�n de Pe�a. Escucharlos hablar entre ellos, discutir y hasta pelear, pod�a generar una verdadera confusi�n entre los oyentes desprevenidos. ?�C�mo que es una sola persona? �Es imposible!?, pensaban los que lo iban descubriendo. Pero la capacidad de Fernando permit�a esto y mucho m�s.
Cuentan que fue otro emblema de la radio, Hugo Guerrero Marthineitz, el que lo convenci� de dar la cara. Es que Pe�a estaba feliz camuflado detr�s de sus personajes. Pero, para poder empezar a crecer profesionalmente, deb�a blanquear la situaci�n. Y esto, entre otras cosas, le permiti� desembarcar en el teatro con sus propios espect�culos, como Esquizope�a o Mugre. Pero tambi�n hizo que tuviera que aprender a convivir con la fama y todos sus bemoles.
Era un provocador. Y las sanciones del Comfer que llegaron tanto a la Rock & Pop como a Metro, nunca alcanzaron para cerrarle la boca. Hablaba con su particular humor de todo lo que hoy ser�a, sin lugar a dudas, cancelable. Pero, de la misma manera en que se burlaba de los dem�s, se re�a de s� mismo. A�n, en las peores circunstancias. De hecho, en tiempos en los que la sociedad todav�a no hab�a evolucionado lo suficiente como para respetar la diversidad, trataba de hacer ?salir del cl�set? a la fuerza a quienes �l cre�a que ten�an una orientaci�n sexual diferente a la que aparentaban.
El mismo Pe�a habl� siempre con total libertad de su homosexualidad, aunque el prefer�a decir que era ?puto?. Y en 2001, se anim� a contar en su programa de radio, El parqu�metro, que ten�a HIV. ?�Cu�l es el colmo de un sidoso??, le pregunt� entonces a sus oyentes. ?Ser al�rgico al AZT?, le respondieron desde la mesa sus columnistas. Y todos rieron. Fernando, en realidad, sab�a que hab�a contra�do la enfermedad desde el a�o 1987, cuando se contagi� de su novio. Pero sus problemas de salud empezaron reci�n en el 2000 y, en m�s de una oportunidad, pas� por situaciones complicadas.
?Claro que me importa morir, pero m�s me importa vivir bien?, hab�a dicho en el 2004, cuando decidi� contar p�blicamente que hab�a dejado de tomar el c�ctel de medicamentos que lo ayudaban a controlar la inmunodeficiencia, debido a los efectos adversos que la misma le provocaba. Ven�a de una neumon�a y, aunque sab�a que su rebeld�a pod�a acelerar su final, no le import�. Es m�s: cuando le detectaron un c�ncer de h�gado terminal, se puso como meta desdramatizar la muerte.
Como dice la letra de Muriendo de Pena, que lanz� Rub�n Rada en el 2000, y La Fiesta, el tema que Pedro Cap� populariz� m�s de una d�cada despu�s, Pe�a no quer�a que nadie lo llorara en su velorio. Y lo dej� en claro. Por eso, cuando parti� de este mundo despu�s de pasar sus �ltimos d�as internado en el Instituto Fleming de Belgrano y sus restos fueron despedidos en la Legislatura porte�a, sus allegados se encargaron de pasar m�sica electr�nica, decorar el lugar con millones de lentejuelas y colocar una botella de whisky justo al lado de su ata�d.
Lleg� a publicar tres libros: Gente como uno, Gracias por volar conmigo y A que no te anim�s a leer esto, ya que escribir era uno de sus grandes placeres, como pasar tiempo con sus perros o ir a descansar a alg�n hotel cinco estrellas. Y los dej� como legado, al igual que los incontables recortes que siguen dando vueltas por la web y las redes sociales, donde muchos j�venes que nunca llegaron a conocerlo en vida lo descubren a diario y se vuelven a sorprender como lo hicieron sus padres por su enorme capacidad.
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