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16 de Enero de 2026
SALUD
16 de enero de 2026

Impacto silencioso y creciente en todas las edades, baja percepción del peligro y revisiones postergadas.
La Organización Mundial de la Salud estima que en 2024 había 1.400 millones de adultos de entre 30 y 79 años con hipertensión en el mundo, equivalentes al 33% de la población de esa franja etaria (Crédito: Freepik) La hipertensión arterial avanza de manera silenciosa y constante, afectando a millones de personas en todo el mundo sin que se perciba su verdadero impacto. En Argentina, más de un tercio de los adultos (35%) vive con hipertensión, y se estima que el 40% desconoce su diagnóstico, según la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo. En 2023, las enfermedades cardiovasculares provocaron 99.454 muertes, de las cuales alrededor de un tercio podrían haberse evitado. En el Reino Unido, aproximadamente uno de cada cuatro adultos tiene hipertensión diagnosticada y cerca del 10% la padece sin saberlo, según el informe A Nation Under Pressure de la empresa Hilo. Una encuesta del NHS mostró que el 56% de los adultos en riesgo prioriza otras tareas antes que un control de presión, mientras que solo el 43% lo considera importante. Un asesino silencioso con cifras alarmantes La hipertensión progresa en etapas, deteriora las arterias y aumenta el riesgo de accidente cerebrovascular, infarto de miocardio, enfermedad vascular y daño renal, además de afectar la retina y provocar alteraciones visuales como visión borrosa. El informe A Nation Under Pressure combinó resultados de una encuesta a 2.000 adultos del Reino Unido con datos de casi 9.000 usuarios de monitores médicos de presión arterial. La cardióloga consultora del NHS y expresidenta de cardiología de la Royal Society of Medicine, Teresa Castiello, explicó a The Times: “Pensamos que no nos va a pasar a nosotros; no lo sentimos, no lo vemos”, y advirtió que cuando se diagnostica, el daño orgánico suele estar ya presente. Un problema que alcanza a niños y jóvenes La afección ya no se limita al público adulto. Un estudio publicado en The Lancet Child & Adolescent Health, que analizó datos de más de 400.000 jóvenes, mostró que la incidencia de hipertensión en menores de 19 años creció del 3,2% al 6,2% entre 2000 y 2020. La presidenta de Blood Pressure UK, Dra. Pauline Swift, afirmó que “las cifras de personas jóvenes con hipertensión arterial son ahora desorbitadas”. Señaló que entre el 80% y el 90% de las derivaciones a su clínica corresponden a menores de 40 años. El exceso de peso aparece como factor central: casi uno de cada cinco adolescentes con sobrepeso presenta presión arterial elevada. El control periódico es una herramienta fundamental. El NHS recomienda medir la presión al menos cada cinco años a partir de los 40. Swift y otros especialistas impulsan controles más frecuentes y desde edades más tempranas, incluso durante la adolescencia. Los valores normales se encuentran entre 90/60 mmHg y 120/80 mmHg. El rango denominado “normal alto” o prehipertensión llega hasta 140/90 mmHg. La Fundación Británica del Corazón clasifica la hipertensión en tres etapas, siendo grave la tercera, cuando la presión sistólica supera los 180 mmHg o la diastólica los 120 mmHg, situación que requiere atención médica urgente. Swift indicó que en muchos países el tratamiento comienza a partir de 130/80 mmHg, mientras que en el Reino Unido el umbral sigue en 140/90 mmHg, con posibles cambios a futuro. Qué ocurre cuando la presión arterial es baja La presión arterial baja, o hipotensión, se define como una lectura inferior a 90/60 mmHg, según el NHS. En general, no se considera una afección peligrosa ni un problema de salud en sí mismo, aunque puede generar síntomas que afectan la vida cotidiana. Entre las manifestaciones más frecuentes se encuentran el mareo al ponerse de pie o al cambiar de posición, conocido como hipotensión postural, además de aturdimiento y náuseas. Castiello advirtió que valores muy bajos acompañados de molestias pueden resultar preocupantes y requieren evaluación médica. Medicación y factores individuales Un diagnóstico de hipertensión se establece cuando la presión se mantiene en 140/90 mmHg durante varias semanas. En algunos casos, las modificaciones en la alimentación y la actividad física permiten reducir los valores. Si la presión arterial continúa elevada, el tratamiento farmacológico resulta necesario. La médica de cabecera Zoe Williams afirmó a The Times que “si ha hecho todo lo posible para bajar la presión arterial, cuanto antes empiece a tomar medicamentos, mejor”. La presión arterial varía a lo largo de la vida. En la adolescencia tiende a aumentar, con picos cerca de los 14 años y relación directa con el peso. En mujeres menopáusicas, la caída de estrógenos puede elevar los valores. Para mayores de 80 años, el NHS ajusta el objetivo a 150/90 mmHg, considerando el endurecimiento arterial asociado a la edad. Actividad física, dieta y sal Toda forma de actividad física favorece la salud cardiovascular. Caminar diariamente ayuda a mantener los vasos sanguíneos en buen estado. La evidencia también respalda ejercicios isométricos, como las sentadillas contra la pared. El investigador y profesor de fisiología cardiovascualr, Jamie O’Driscoll, de la Universidad Christ Church de Canterbury, observó que mantener la tensión muscular al menos 15 segundos produce un efecto reductor sostenido en la presión arterial. En la alimentación, el potasio facilita la eliminación de sodio. Frutas, verduras, legumbres, frutos secos y semillas permiten alcanzar los 3.500 mg diarios recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). La Dra. Swift destacó que incrementar el consumo de frutas y verduras aporta múltiples beneficios adicionales. Los suplementos de potasio solo deben utilizarse bajo indicación médica, ya que el exceso puede suponer un riesgo cardíaco. Sobre la sal, la nutricionista asociada del Imperial College de Londres Federica Amati explicó que ninguna variedad sódica ofrece ventajas para la presión arterial. Las sales enriquecidas con potasio demostraron un efecto reductor en estudios prolongados. Amati desaconsejó el uso habitual de sales electrolíticas en el agua, excepto en casos de sudoración extrema o ejercicio intenso.