Las difÃciles condiciones de las tareas de rescate, una dictadura que miró para otro lado y una oscura condena judicial. El relato de los sobrevivientes
Por Daniel Cecchini
El choque de trenes en BenavÃdez dejó una marca imborrable en la historia ferroviaria argentina
Para contar la mayor tragedia ferroviaria de la Argentina es mejor empezar por los testimonios. Por ejemplo: “Viajaba con tres amigos en la plataforma del vagón, porque era el único lugar donde corrÃa un poco de fresco y es posible que este hecho me haya salvado la vida. No hacÃa más de tres minutos o cuatro que estábamos detenidos cuando empezamos a escuchar gritos que venÃan desde los vagones traseros del tren y al asomarnos vimos que mucha gente se tiraba y trataba de alejarse corriendo. Cuando Ãbamos a bajar para averiguar lo que pasaba fuimos prácticamente lanzados primero contra los costados de la plataforma y luego sobre las vÃas y desde allà a un cañaveral donde estuve un rato sin saber qué hacer. Sobre el terraplén no se veÃa nada, ya que una nube de polvo lo cubrÃa todo. Al salir del cañaveral en busca de mis amigos vi cerca de las vÃas varios cuerpos mutilados y a una chica que corrÃa de un lugar a otro y pedÃa que la ayudaran a buscar a sus padresâ€, le contó Jaime Pina, un chico de 16 años que viajaba en “El Zarateño†a un cronista de La Prensa. TenÃa fracturas en el tobillo derecho, cortes y hematomas. A ese pibe lo salvó el calor y vivió para contarlo.
Otro: “A mà me encontró una persona que, pese a que habÃan pasado algunas horas, seguÃa buscando sobrevivientes. Yo estaba atrapada debajo de un asiento del tren, en una zanja, y fui una de las últimas en salir con vida. Cuando me pude parar y mirar bien lo que habÃa ocurrido, fue como ver una pelÃcula de terrorâ€, recordarÃa medio siglo después Viviana Malarino la noche imborrable en que un dÃa de paseo por con sus tÃos se transformó en una pesadilla de la que salió con un traumatismo de cráneo y las fracturas de un fémur y la pelvis. Fue una de las sobrevivientes de un choque de dos trenes donde murieron 236 personas y quedaron heridas más de 400.
Ese primer dÃa de febrero cayó en domingo y hacÃa mucho calor. La temperatura seguÃa alta a primera hora de la noche y azotaba a los 1.090 pasajeros que llevaba “El Zarateñoâ€, como se conocÃa al tren del Ferrocarril Mitre que habÃa salido a las 18.48 de Zárate con destino a Retiro. La mayorÃa volvÃa a Buenos Aires después de un dÃa de paseo. El calor aumentó cuando a las 20.02 el tren se detuvo en el kilómetro 36, entre las estaciones BenavÃdez y General Pacheco, por un desperfecto en la locomotora. Y entonces, a las 20.05, el calor se transformó en infierno. Detrás de “El Zarateño†detenido apareció corriendo por las vÃas a más de cien kilómetros por hora “El Mixtoâ€, proveniente de Tucumán con 260 pasajeros en sus vagones, y lo embistió.
“El impacto fue terribleâ€
Con ocho vagones de pasajeros y dos de transporte de autos tirados por dos locomotoras, “El Mixto†venÃa atrás de “El Zarateño†porque llevaba 48 minutos de retraso. Según el cronograma ferroviario, debió haber pasado por Zárate antes de la partida del tren local, pero se le habÃa hecho tarde. Al pasar la estación BenavÃdez, los maquinistas Alfredo Amoroso y Juan Diozkez vieron la señal de “vÃa libre†y condujeron a toda potencia las dos locomotoras para recuperar algo de tiempo. Supusieron que “El Zarateño†habÃa sido desviado a una vÃa auxiliar para dejarlos pasar. Nunca imaginaron que el tren local estaba detenido por un desperfecto luego de una pequeña curva cerca del arroyo Las Tunas.
En el momento que lo vieron ya no habÃa casi nada que hacer. Trataron de frenar, pero ya era imposible detener el convoy. Las dos locomotoras del tren de Tucumán se incrustaron en dos de los últimos vagones del tren que se encontraba detenido, y los destrozaron, el resto del tren local salió disparado a raÃz del impacto y se detuvo a 80 metros. También descarrilaron cuatro vagones de “El Mixtoâ€. “Desde la estación Benavidez hasta el lugar del choque habrán transcurrido dos minutos escasos, porque llevaba una velocidad cercana a los 105 kilómetros por hora. Al dejar atrás la curva, alcancé a ver un tren que se me antojó, enseguida, corrÃa por mi propia vÃa. Apliqué entonces los frenos unos 350 metros antes del choque, y alcancé a reducir la velocidad a casi la mitad de la que venÃa. Igual el impacto fue terribleâ€, declaró Alfredo Amoroso, que conducÃa la primera locomotora de “El Mixtoâ€.
En ese preciso instante, Vito Ceroli, conductor de la locomotora de “El Zarateño†estaba arrodillado dentro de la máquina para arreglar un problema mecánico y el golpe lo sorprendió. “En el primer momento presumà que se trataba de un fuerte tirón de la máquina reparada. Nunca pensé que habÃamos sido embestidos por otro tren. Como estaba arrodillado, el golpe tiró hacia adelante y me golpeé la cabeza contra el tablero de mando de la locomotora. Por suerte no perdà el conocimiento y pude ayudar a algunos pasajeros heridosâ€, relató.
Estuvo socorriendo personas durante unos minutos, hasta que se dio cuenta de que estaban en una zona donde ni siquiera habÃa una casa y que nadie sabÃa lo que habÃa pasado. “Entonces le pedà al foguista que separara la máquina del resto del tren y salà con la locomotora hacia la estación General Pacheco para pedir ayudaâ€, contó después, en su declaración para la investigación y también a los periodistas.
Rescate con lluvia y barro
La tragedia se potenció porque minutos después del choque se largó una lluvia torrencial. Cayeron muchos milÃmetros en apenas un rato. Los móviles de los bomberos y la policÃa, las ambulancias e incluso camionetas particulares que se sumaron a las tareas de socorro debieron atravesar campos anegados desde la vieja Ruta 9 hasta las vÃas del ferrocarril para poder evacuar a los heridos. Pronto se hizo imposible y se pidió la colaboración de varios tractores de la Municipalidad de General Pacheco y de los bomberos para poder arrastrar a las ambulancias y las autobombas. Para muchas vÃctimas, esa demora resultó fatal.
La combinación de errores humanos y fallas técnicas desencadenó el accidente más mortÃfero del ferrocarril en Argentina
Cuando en el horizonte aparecieron las primeras luces del 2 de febrero las instalaciones del Hospital de San Fernando estaban colmadas de heridos, mientras que los cuerpos de las vÃctimas fatales se repartÃan entre la subcomisarÃa de General Pacheco y el cuartel de los bomberos de la ciudad. Una zorra del ferrocarril se sumó al traslado de los cadáveres. “Yo vivÃa en la estación, la zorra traÃa los muertos y los depositaba en la puerta de la que era mi casaâ€, recordó hace unos años para la web de General Pacheco Mónica Appendino, hija de un empleado del ferrocarril. Mientras tanto, los rescatistas continuaban buscando muertos y heridos entre los hierros retorcidos de los vagones y aún se oÃan gritos pidiendo auxilio o de dolor.
Finalmente, acudieron trabajadores del ferrocarril para retirar los restos de los vagones y locomotoras. Los dos vagones que se habÃan prácticamente “pegado†por el choque fueron arrojados a una zanja paralela a las vÃas, para cortarlos con sopletes y transportarlos. Los muertos contados a la noche sumaban 145, para media mañana ya superaban los doscientos. La suma total serÃa de 236.
El oportunismo de OnganÃa
Para principios de 1970, el general ecuestre Juan Carlos OnganÃa llevaba tres años y medio montado en el sillón de Rivadavia. El paÃs vivÃa bajo la dictadura que se habÃa bautizado a sà misma como la “Revolución Argentinaâ€, que nada tenÃa de revolución y de Argentina solo tenÃa la bandera que todos los dÃas los granaderos izaban frente a la Casa Rosada.
Recién en las últimas horas la mañana del lunes 2 de febrero el general con los bigotes de morsa decidió moverse. En un primer momento pensó en no ir, pero en su cÃrculo más cercano insistieron hasta convencerlo: era una tragedia nacional y no debÃa estar ausente. Primero fue al lugar del choque y después recorrió hospitales, siempre rodeado de custodios y asesores. Habló con algunos heridos e hizo promesas que nunca cumplió: dijo que el accidente serÃa investigado hasta las últimas consecuencias y que el Estado indemnizarÃa a las familias de los muertos y a los propios heridos. “Vino mucha gente, incluso el presidente, el cual me dijo que me iba a pagar por lo que padecÃ. Los polÃticos me prometieron de todo, pero la única que me ayudó fue la gente, que traÃa donacionesâ€, recordó Viviana Malarino.
OnganÃa también aprovechó la tragedia para justificar una medida que hacÃa tiempo querÃa tomar, aunque no encontraba la excusa: clausurar la revista AsÃ, que dirigÃa Héctor Ricardo GarcÃa. En 1970, Asà llegaba a los kioscos los martes y los viernes. Como era caracterÃstico de los medios de GarcÃa, la revista envió cronistas y fotógrafos para hacer una amplia cobertura, con gran despliegue de fotos. El martes 3 a la mañana, Asà llegó a los kioscos con sus páginas dedicadas casi exclusivamente al choque de trenes. Las fotos reflejaban cabalmente el horror de lo ocurrido. Con la excusa de que esas imágenes perturbaban a la sociedad, el dictador ordenó levantar la revista de los kioscos y decretó su clausura. No alcanzó a hacer lo mismo con otro medio de GarcÃa, el diario Crónica, que esa misma mañana salió a la calle con un titular en letras tamaño catástrofe: “Cruel saldo: 236 muertosâ€, decÃa.
Un señalero distraÃdo
La investigación no demoró en determinar las causas del tremendo choque de trenes. Al principio se pensó en un sabotaje, pero pronto se supo la verdad. Todo apuntaba a la negligencia del personal de la estación de Benavidez: alguien habÃa colocado la señal de “vÃa libre†para que avanzara “El Zarateño†y después habÃa olvidado volver a ponerla en posición horizontal para avisar a “El Mixto†que debÃa detenerse. Por eso, creyendo tener “vÃa libreâ€, los maquinistas del tren que venÃa atrasado desde Tucumán habÃan acelerado hasta superar los cien kilómetros por hora.
Como responsable principal de la tragedia se señaló a Máximo Blanco, de 37 años, el auxiliar de la estación que estaba a cargo de las señales. Según se pudo reconstruir, a las 20.04, cuando el tren de Tucumán pasó por la estación, “Blanco salió corriendo del baño y corrió a la casilla gesticulando y tomándose la cabeza al mismo tiempo que gritaba preguntando al peón si habÃa tenido confirmación de General Pacheco de la llegada del primero de los trenes, a lo que el peón contestó que no (...) En ese momento tuvimos el presentimiento de que una terrible tragedia iba a ocurrirâ€, fue uno de los testimonios que quedó asentado.
Blanco y otro operario de la estación BenavÃdez fueron detenidos y acusados de negligencia por no avisar que habÃa una formación detenida en las vÃas. Aunque la investigación determinó también que el desastre se debió también a la falta de protocolos de comunicación seguros y a fallas mecánicas en la locomotora de “El Zarateñoâ€, en un proceso de desarrollo oscuro la Justicia que respondÃa a la dictadura evitó sancionar al Estado y apuntó exclusivamente al señalero Máximo Blanco como responsable de la tragedia.