Manuel Belgrano estaba al mando del Ej�rcito del Norte, donde hab�a logrado importantes victorias pero tambi�n serios contrastes
Uno era militar por vocaci�n; el otro, fue por necesidad. El primero ven�a con un aceitado know how de c�mo hacer la guerra y el otro siempre estuvo �vido de consejos militares. Ese soldado profesional ya hab�a mostrado en San Lorenzo lo que pod�a hacer y el otro, si bien hab�a logrado victorias importantes, ahora no le iba para nada bien.
En enero de 1814 Jos� de San Mart�n, a semanas de cumplir los 36 a�os, iba hacia el norte, a hacerse cargo del castigado ej�rcito que comandaba Manuel Belgrano, un abogado devenido en general de 43 a�os.
No se conoc�an personalmente, pero se admiraban. No se sabe qui�n dio el primer paso, porque no se hallaron todas las cartas, pero antes de estrecharse en un abrazo, ambos ya hab�an intercambiado correspondencia.
Jos� de San Mart�n en
Jos� de San Mart�n en la �poca en que era gobernador de Cuyo. Hab�a llegado al pa�s en marzo de 1812 y, como integrante de la Logia Lautaro, vino con su propia agenda independentista
San Mart�n, cuando pis� el muelle de Buenos Aires el 9 de marzo de 1812 era un perfecto desconocido para la elite local, a quien le llamaba la atenci�n su fuerte acento espa�ol y hasta el sable corvo que colgaba de su cintura, comprado de segunda mano en Londres.
Organiz� el Regimiento de Granaderos a Caballo, y respetando los planes acordados en el seno de la Logia Lautaro, el 8 de octubre de 1812 particip� del movimiento que determin� el fin del Primer Triunvirato y su reemplazo por el Segundo, af�n a las ideas de la independencia, y luego vendr�a el bautismo de fuego.
En el inter�n, Belgrano hab�a tenido resonantes triunfos en Tucum�n el 24 de septiembre de ese a�o y en Salta el 20 de febrero de 1813. Sin embargo, las derrotas que sufri� en Vilcapugio y Ayohuma decidieron al Gobierno y a la Logia Lautaro: el Ej�rcito del Norte deb�a cambiar de tim�n.
Belgrano comenz� a escribirle a San Mart�n el 27 de septiembre de 1813 y seguir�a haci�ndolo hasta el mismo mes pero de 1817. A trav�s del papel aprendieron a conocerse y a respetarse mutuamente.
El 25 de septiembre de 1813, desde Lagunillas, Alto Per�, se sincer�: ?�Ay! Amigo m�o. �Y qu� concepto se ha formado usted de m�? Por casualidad, o mejor dir� porque Dios ha querido, me hallo de general sin saber en qu� esfera estoy. No ha sido esta mi carrera y ahora tengo que estudiar para medio desempe�arme y cada d�a veo m�s y m�s las dificultades de cumplir con esta terrible obligaci�n?. M�s adelante agregaba: ?Crea que jam�s me quitar� el tiempo y que me complacer� con su correspondencia, si gusta honrarme con ella y darme algunos de sus conocimientos para que pueda ser �til a la patria?.
El 8 de diciembre le escribi� a San Mart�n que ?he sido completamente batido en las pampas de Ayohuma cuando m�s cre�a conseguir la victoria. Pero tengo constancia y fortaleza para sobrellevar los contratiempos y nada me intimidar� para seguir sirviendo, aunque sea como soldado raso, por la libertad e independencia de la patria?.
Remarc� que, ?si fu�ramos razonables, usted debi� haber estado conmigo antes de la batalla de Salta (?) Yo ped� que usted viniera desde Tucum�n pero no quisieron envi�rmelo. Alg�n d�a lamentar�n esa negativa. En ciertas situaciones el miedo solo sirve para perderlo todo?.
Cuando el Gobierno le insisti� en que se hiciese cargo del Ej�rcito del Norte, San Mart�n expuso sus reparos. Belgrano era una figura de prestigio, a quien ten�a en alta consideraci�n. Pero las presiones, especialmente desde la Logia Lautaro, pudieron m�s. Le adelantaron que le ser�an reconocidos al creador de la bandera sus servicios pero que ahora era su turno de asumir la jefatura de un ej�rcito golpeado y desmoralizado.
?Yo me hallo con una porci�n de gente nueva a quien se est� instruyendo lo mejor posible; pero todos cual Ad�n. Deseo mucho hablar con usted de silla a silla para que tomemos las medidas m�s acertadas y formando nuestros planes los sigamos, sean cuales fueren los obst�culos que se nos presenten, pues sin tratar con usted a nada me decido?, le confes� Belgrano desde Jujuy el 2 de enero de 1814.
Cuadro que recrea el encuentro
Cuadro que recrea el encuentro entre San Mart�n y Belgrano
El 12 de enero San Mart�n estaba en Tucum�n y, a pesar de sus problemas de salud que sufri� durante la traves�a, no se qued� a descansar y, como le hab�a indicado Belgrano, continu� hacia Cobo junto a sus granaderos a fin de proteger su retirada, ya que el enemigo le pisaba los talones desde comienzos de enero.
?Mi coraz�n toma un nuevo aliento cada instante que pienso que usted se me acerca, porque estoy firmemente persuadido de que con usted se salvar� la patria y podr� el ej�rcito tomar un diferente aspecto. Soy solo, esto es hablar con claridad y confianza. No tengo, ni he tenido, quien me ayude, y he andado los pa�ses en que he hecho la guerra como un descubridor, pero no con hombre que tenga iguales sentimiento a los m�os, de sacrificarse antes que sucumbir a la tiran�a?. En esa carta que le escribi� Belgrano desde Jujuy, el 25 de diciembre de 1813, le confes� que ?entr� a esta empresa con los ojos cerrados y perecer� en ella antes que volver la espalda. En fin, mi amigo, espero de usted un compa�ero que me ilustre, que me ayude y quien conozca en m� la sencillez de mi trato y la pureza de mis intenciones, que Dios sabe no se dirigen ni se han dirigido m�s que al bien general de la patria y a sacar a nuestros paisanos de la esclavitud en que viv�an?.
Belgrano tampoco estaba bien. Sufr�a de paludismo que lo ten�a a maltraer desde hac�a tiempo, pero la fiebre y los dolores no lo retrasaron. El 17 cruz� el r�o Juramento, ayudado por Manuel Dorrego quien organiz� una maniobra de distracci�n del enemigo, y ese mismo d�a, en la Posta de Algarrobos se abraz� por primera vez a San Mart�n.
En la posta de Yatasto,
En la posta de Yatasto, donde se alojaron varias personalidades de nuestra historia, est� recreado el encuentro entre San Mart�n y Belgrano
Por a�os se sostuvo que el famoso encuentro hab�a sido en la Posta de Yatasto, aunque investigaciones de historiadores lo han puesto en duda. La Posta de Algarrobos estaba ubicada a unos setenta kil�metros al norte de Yatasto.
Ambos se alojaron en la Estancia de las Juntas, propiedad de Manuel Jos� Torrens, un catal�n que hab�a adherido a la Revoluci�n de Mayo. Casado con Isabel Gorriti, entre 1812 y 1814 se hab�a dedicado a pasarle informaci�n a Belgrano y a asistirlo en cuesti�n de caballadas y provisiones. El casco se levantaba cerca de la uni�n de los r�os Met�n y Yatasto.
Belgrano desconoc�a la orden del Segundo Triunvirato que designaba a San Mart�n como jefe del Ej�rcito Auxiliar del Per�. Por eso, el 21 lo design� su segundo jefe y le encomend� que fuera a Tucum�n ?ya que Salta y Jujuy ofrec�an garant�as de seguridad por la proximidad de los espa�oles? a hacerse cargo de la instrucci�n de la tropa.
El 29 de enero San Mart�n asumi� la jefatura del ej�rcito y en San Miguel de Tucum�n, en lo que entonces eran los arrabales, levant� La Ciudadela, donde estableci� el cuartel. Era una fortaleza con forma de estrella de cinco puntas que ocupaba cuatro manzanas y que estaba rodeada de un foso de dos metros de profundidad.
San Mart�n no pod�a creer con lo que se hab�a encontrado. Describi� a las fuerzas que deb�a mandar como ?tristes fragmentos de un ej�rcito derrotado?. Soldados harapientos que, al decir del flamante jefe, no pod�an salir del cuartel porque no contaban con ropa que los cubriese. Por eso pidi� uniformes y, desobedeciendo una disposici�n del Gobierno, con los caudales apropiados en Potos�, le pag� a la tropa sueldos adeudados.
Mal armados, pertenec�an a regimientos de los que solo hab�an quedado retazos. San Mart�n disolvi� el Regimiento 6, con muchas bajas y con casi ning�n oficial e integr� a esos hombres al Regimiento 1 y puso al mando a Belgrano; tambi�n hizo lo propio con el Regimiento 8, el Batall�n de Cazadores, y el 2 tambi�n fue reemplazado. Sobrevivi� como caballer�a los Dragones del Per�. Nombr� al tucumano Gregorio Ar�oz de La Madrid como su ayudante de campo.
Seg�n San Mart�n, la oficialidad con la que se encontr�, ?adem�s de ignorante y presuntuosa, se niega a todo lo que es aprender, y es necesario estar constantemente sobre ellos para que se instruyan, al menos de algo que es absolutamente indispensable que sepan?.
Debi� desplazar al valiente Manuel Dorrego cuando, en la tarea de uniformar las voces de mando, el coronel se ri� abiertamente de la voz aflautada de Belgrano. Al d�a siguiente, Dorrego era informado: deb�a dejar el ej�rcito y dirigirse a Santiago del Estero a esperar �rdenes.
Cont� con la ayuda de Belgrano, quien lo ilustr� acerca de la forma de ser y de pensar de los soldados y del comportamiento de los oficiales; adem�s le describi� la particular geograf�a en la que se encontraban y la idiosincrasia del norte�o. Asist�a a las clases de San Mart�n que daba a los oficiales sobre el arte de la guerra.
Belgrano ofreci� quedarse con �l, ?aunque sea de soldado, me alegrar�a, pues deseo batirme con ese indecente canalla que s�lo por castigo del cielo pudo arrollarnos?.
El 12 de febrero por la noche, San Mart�n recibi� la orden del Gobierno de que Belgrano dejase el ej�rcito y se pusiese en camino a C�rdoba. Como planeaba mantenerlo cerca suyo, esgrimi� excusas, como la enfermedad que padec�a, que era inadecuado que emprendiese el viaje en �poca de lluvias y de intenso calor y que a�n no se hab�a hecho la entrega formal del archivo de la secretar�a.
Es que San Mart�n no quer�a desprenderse de �l: era querido por los lugare�os, conoc�a las costumbres y lo consideraba de utilidad en la instrucci�n de los oficiales. Pero no hubo caso: el director supremo Gervasio Posadas, quien hab�a asumido el 22, le insisti� en que la orden fuera cumplida. El 18 de marzo Belgrano parti� hacia Santiago del Estero y all� estuvo hasta fines de mayo, cuando recibi� la orden de ir a Buenos Aires.
Ser�a sometido a un consejo de guerra por sus derrotas en Vilcapugio y Ayohuma. Cuando lleg� a Luj�n fue arrestado y por su delicado estado de salud, le permitieron permanecer en San Isidro, donde escribi� su autobiograf�a. Sin embargo, el Gobierno evalu� que tendr�a un impacto negativo juzgar a un oficial, termin� sobrese�do y en septiembre recibi� un encargo de una misi�n diplom�tica junto a su amigo de la infancia, Bernardino Rivadavia, a quien hab�a desobedecido la orden de bajar a C�rdoba y quedarse a dar batalla en Tucum�n.
Tiempo despu�s, el jefe de Granaderos dir�a sobre Belgrano que ?es el m�s met�dico de los que conozco en nuestra Am�rica, lleno de integridad y talento natural; no tendr� los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en cuanto a milicia, pero cr�ame usted que es lo mejor que tenemos en Am�rica?.
San Mart�n permaneci� cuatro meses al frente del Ej�rcito del Norte. La geograf�a le hizo tomar conciencia que ser�a imposible liberar Am�rica a trav�s del Altiplano y plane� una alternativa superadora. Renunci� a la jefatura y se dirigi� a C�rdoba, soportando los dolores de su �lcera estomacal. Se har�a nombrar gobernador de Cuyo, desde donde encarar�a el plan fant�stico de cruzar los Andes.
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