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9 de enero de 2026

Parecía una dulce anciana, pero enterraba a sus huéspedes en su jardín de hortalizas: la caída inesperada de una asesina serial

Dorothea Puente aparentaba más edad de la que tenía. Su pensión Los Samaritanos, destinada a adultos bajo cuidado del Estado, tenía fama de tratarlos muy bien. Mientras tanto, cobraba los cheques de un tendal de víctimas. Un error mínimo la dejó en evidencia

Era un monstruo. Siempre se escudó bajo la máscara de una anciana dulce y cariñosa, aparentaba más edad de la que tenía; bajo la imagen de una abuela devota del cuidado de hombres y mujeres mayores, de una buena samaritana, de una buena ciudadana, humilde y trabajadora. Pero era un monstruo, una asesina serial que asesinaba a la gente a su cuidado y la enterraba en el jardín de una casona del 2100 de la calle F, en Sacramento, que es la capital de California, Estados Unidos, y que hasta hoy se conoce como “La casa de la muerte”.

Tenía antecedentes penales como para llenar una biblioteca, pero pocos hicieron nada, otros engordaron la vista, otros dejaron que la nave surfeara las olas y cuando abrieron los ojos, oh sorpresa, Dorothea Puente, uno de los muchos nombres que usó en su carrera criminal, había resultado un engendro de perversidad, desvarío y aberración. Tan buena que parecía.

 

La historia de sus crímenes, y la de su máscara, empezó a terminar el 11 de noviembre de 1988. Ese día, a la pensión “Los Samaritanos”, toda una ironía, que regenteaba Dorothea Puente, llegó la policía para iniciar una pesquisa a instancias de una trabajadora social que buscaba a uno de los ancianos a su cargo y que vivía al cuidado de Dorothea. El hombre había desaparecido. En el ambiente reinaba un fuerte olor a podrido. Si a alguien le había llamado la atención ese escenario nauseabundo, había aceptado la explicación de Dorothea Puente: unas cañerías rotas, aguas servidas, algo para arreglar.

La mujer había llegado a abrir esa pensión para ancianos, enfermos y alcohólicos que ocupaban dieciséis habitaciones repartidas en tres pisos de la casona, gracias al dinero que le habían facilitado diferentes organizaciones del gobierno estadounidense. Todo sea por hacer el bien.

 

La policía, y la trabajadora social quien luego, durante el juicio, fue identificada como Jill M. buscaban saber algo de Álvaro González Montoya, un costarricense esquizofrénico a quien llamaban Bert. El hombre estaba a cargo de Jill M,. que le había buscado un mejor alojamiento que el que tenía y lo había llevado a “Los Samaritanos” que regenteaba Dorothea, que también albergaba a adultos a cargo del Estado y tenía fama de tratarlos muy bien.

 

Jill M. visitaba con frecuencia a Bert, hasta que un día de octubre de 1988, Dorothea le dijo que Bert se había ido con un amigo a una fiesta, en México, y que volvería en pocos días. A la semana no había señales de vida de Bert y alguien, que dijo ser Don Anthony, llamó por teléfono a Jill M. para avisarle que Bert había pasado por “Los Samaritanos” para llevarse todas sus cosas e irse a vivir con su familia. A Jill M. le dio un vuelco el corazón: hasta donde ella sabía, Bert no tenía familia. Al día siguiente denunció el caso a la policía.

Cuando aquella mañana de noviembre de 1988 interrogaron a Dorothea, ella insistió con que Bert se había ido a vivir con su familia. Así que los oficiales y los peritos interrogaron a los huéspedes de la pensión y todos confirmaron lo que decía Dorothea. Todos, menos uno. Un anciano, John Sharp, habló con el corazón: “Dorothea me pidió que mintiera, porque si decíamos que Bert no había vuelto, iban a cerrarle la pensión y nosotros quedaríamos todos en la calle. Pero yo no quiero mentir”. Después, el buen hombre dijo una frase de esas que resuelven los casos policiales en un segundo: “Cada vez que alguien se va -dijo Sharp- Dorothea hace un pozo en el jardín”. Eso es hablar.

De modo que policías, forenses y peritos empezaron a revisar la pensión “Los Samaritanos” centímetro a centímetro. Por supuesto, empezaron a excavar en el jardín. Pero antes, en una habitación del primer piso, hallaron somníferos y algunas manchas de sangre debajo de dos alfombras. Nada concluyente todavía. Cuando empezaron a cavar en el jardín de seis metros y medio por cuatro, donde Dorothea cultivaba flores y hortalizas, la mujer, que contemplaba el despliegue de uniformados y científicos a través de una ventana mientras tomaba una taza de té, pidió permiso para hacer algunas compras de último momento. No era sospechosa en ese momento, su apariencia era tan gentil y amable que cómo le iban a impedir una escapadita al supermercado vecino.

Entre paladas y paladas de tierra, uno de los investigadores encontró una bota de cuero, tiró un poco para desenterrarla y encontró, para su espanto, que estaba calzada con los huesos de un pie que se prolongaba en un fémur. Ahora sí, había que interrogar a Dorothea. Pero no la encontraron. Y no iba a regresar. La capturaron días después, en Los Ángeles, cuando alguien la reconoció en plena calle gracias a las fotos que la televisión difundía todo el día.

En la casona de Sacramento, la policía desenterró al final de aquel día, siete cadáveres, uno de ellos muy fácil de reconocer porque todavía no estaba descompuesto: era Bert. Los siguientes cuerpos eran los de Leon Carpenter, Dorothy Miller, Benjamin Fink, James Gallop, Vera Faye Martin y Betty Palmer. Todos habían sido huéspedes de “Los Samaritanos” y sus cheques del seguro social eran cobrados aún por Dorothea Puente. El monstruo había quedado al descubierto.

Un pasado marcado por la violencia

Había nacido como Dorothea Helen Grey el 9 de enero de 1929, hace ochenta y siete años, en un hogar despedazado y sin destino. Era la sexta de siete hermanos, todos hijos de una pareja que recogía algodón cuando nació Dorothea, en plena crisis económica en Estados Unidos después del crash financiero de ese año. El padre era tuberculoso y hablaba con frecuencia del suicidio; la madre era alcohólica y, desde los cinco años, Dorothea tuvo que ser criada por sus hermanos. Cuando el padre murió, la familia se mudó a san Dimas, California. En la escuela primaria que le dio las bases de su casi nula instrucción, notaron el maltrato que Dorothea y sus hermanos sufrían a manos de su madre, que perdió así la custodia de los niños. Todos fueron a parar a un orfanato estatal donde Dorothea padeció abusos sexuales.

Dorothea Puente era una mentirosa

Dorothea Puente era una mentirosa experta y confiable (Policía de California)

Cuando la madre murió, en un accidente de motocicletas, la chica ya había buscado una forma de evadir aquel infierno: se inventó otra vida, se inventó varias vidas para reemplazar en la imaginación la atrocidad de la suya, se convirtió en una mentirosa experta y confiable, incursionó en la prostitución y buscó casarse pronto. Lo hizo, a sus dieciséis años, con un soldado, Fred Mccall, que volvía de la guerra y a quien le dijo que, a los trece años, ella había vivido la Marcha de la Muerte de Bataan como prisionera de los japoneses, y el bombardeo atómico de Hiroshima; que también era hermana del embajador de Suecia y que era muy amiga de la actriz Rita Hayworth. Se casaron en Nevada, ella con un nombre falso: Shell Arise. Tuvieron dos hijas y ningún interés en criarlas: una de ellas fue a vivir con la madre de Fred y la otra fue dada en adopción. Se divorciaron en 1948.

Su vida fue una caída permanente, casi siempre al margen de la ley. Usó cheques falsos para comprar ropa, fue arrestada y se libró de un juicio porque su delito fue considerado menor. Volvió a cambiar su nombre, ahora era Tella Sin Wa Lane, para casarse con un marino sueco, Axel Johnson, a quien convenció de que era musulmana y de ascendencia egipcia. En 1961, a sus treinta y un años, fue detenida otra vez: regía un prostíbulo y el dueño de la casa la denunció por tráfico de personas. Dorothea mintió a todo el mundo y logró rebajar su condena a noventa días en la cárcel del condado. Su marido la internó en un psiquiátrico y, cuando le dieron el alta, se divorció porque vio que nada había cambiado en la compleja personalidad de su mujer.

Dorothea era una mitómana, una mentirosa patológica. Lo malo de los mentirosos patológicos es que siempre encuentran escuchadores patológicos que les creen, confían en ellos, alimentan sus fantasías y ensanchan los caminos de la tragedia. Se casó por tercera vez, en ciudad de México, con Roberto Puente, diecinueve años menor que ella, casi un muchacho, del quien se divorció dos años después y de quien sólo conservó su apellido.

Su vida turbulenta la llevó de nuevo a la prostitución, a la regencia de prostíbulos y otra vez a la cárcel: una vida cuesta abajo. Llegó a hacer un curso de asistente de enfermería y empezó a cuidar ancianos a domiciliopero los dormía con somníferos y saqueaba sus casas. Volvió a la cárcel y al matrimonio, se casó con Pedro Montalvo, un alcohólico violento de quien se separó en 1976. Entonces se ganó la vida en bares de poca monta: seducía a hombres mayores, lograba que la invitaran a sus casas y repetía el viejo truco del somnífero y el saqueo. Ya se había hecho cargo de la casona de tres plantas y dieciséis dormitorios del 2100 de la calle F, en Sacramento, destinada a cuidar ancianos derivados por el seguro social. Pero no tenía paz: falsificó firmas para hacerse con el dinero de sus pacientes y fue acusada de treinta y cuatro cargos de fraude, delito que volvió a cometer cuando gozaba de libertad condicional. Según la Corte de Apelaciones de California, en 1981 alquiló un departamento también en la calle F, en el número 1426.

Dorothea Montalvo Puente junto al

Dorothea Montalvo Puente junto al detective de homicidios del Departamento de Policía de Sacramento (SPD), John Cabrera, en 1988 (Foto de Dick Schmidt/Sacramento Bee/MCT/Sipa USA) (The Grosby Group)

Los asesinatos parecen haber empezado en 1982, en medio de opiniones diferentes sobre su gestión de la casa de cuidados “Los Samaritanos”. Algunos pacientes se quejaban por su tacañería, o porque se negaba a darles su correo y su dinero del seguro social; otros elogiaban sus generosas comidas caseras y algunos ínfimos gestos de bondad. En abril de 1982, Ruth Monroe, una mujer de sesenta y un años, fue a vivir con Dorothea a su departamento de la calle F. Murió poco después por una sobredosis de codeína y acetaminofén, componente habitual del medicamento Tylenol. Lo que Dorothea dijo a las autoridades fue que la mujer estaba muy deprimida porque su esposo padecía una enfermedad terminal. Sugirió la posibilidad de un suicidio, y le creyeron.

Uno de los hijos de Monroe diría luego que para esa fecha, Ruth y Dorothea no sólo vivían juntas, sino que eran socias en un restaurante que había quebrado; que su madre estaba bien de salud, aunque algo deprimida, cuando murió de forma repentina. Una autopsia pedida por los hijos de Monroe halló una sobredosis de codeína, paracetamol y Tylenol, y dictaminó suicidio.

Luego, un jubilado de setenta y cuatro años, Malcom McKenzie acusó a Dorothea de drogarlo y robarle. Fue declarada culpable en agosto de 1982 y condenada a cinco años de cárcel. Tras las rejas, se relacionó por carta con un jubilado de Oregón, Everson Gillmouth, de setenta y siete años. Cuando Dorothea salió de la cárcel en 1985 tras cumplir sólo tres años de su condena, Gillmouth la esperaba en la puerta del penal, al volante de su pickup Ford roja, modelo 1980. Ambos hicieron planes de boda y abrieron una cuenta bancaria en conjunto que en parte solventó el gasto de alquiler del departamento del 1426 de la calle F.

Dorothea volvió a la casona del 2100 de la misma calle y al cuidado de personas mayores en 1985. Como fue que, con sus antecedentes, le permitieron seguir con su relación con ancianos, es un misterio del aparato legal del estado de California. En realidad, existía una orden de que Dorothea permaneciera lejos de personas mayores y que se abstuviera de manipular los dineros del gobierno. Sin embargo, los agentes que vigilaban su libertad condicional visitaron a Dorothea unas quince veces en “Los Samaritanos”: nunca hicieron objeción alguna.

En noviembre de 1985, Dorothea contrató a Ismael Florez para que instalara unos paneles de madera en su departamento; por el trabajo le dio en pago una pickup Ford roja, modelo de 1980, que dijo era de su novio que vivía en Los Ángeles y ya no la necesitaba. Después le pidió que construyera, también en madera, una caja de un metro noventa por un metro y por sesenta centímetros, para almacenar allí libros viejos y otras cosas en desuso. Más tarde le pidió trasladar la caja, repleta, cerrada y clavada, a un depósito. Florez aceptó y Dorothea viajó con él. A mitad de camino, la mujer cambió de opinión y le pidió que, juntos, arrojaran la caja a un vertedero del río que cruza el condado de Sutter, uno de los cincuenta y ocho condados de California: Dorothea dijo que la caja sólo contenía basura.

El 1 de enero de 1986, un pescador vio el cajón a medio flotar y avisó a la policía: hallaron el cuerpo descompuesto de un hombre al que no pudieron identificar. Mientras, Dorothea cobró la pensión de Gillmouth y escribió cartas a su familia en las que les decía que no se había contactado con ellos porque había estado enfermo. El cadáver de Gillmouth siguió sin identificar durante tres años.

El monstruo se escondía bajo

El monstruo se escondía bajo la máscara de una anciana bondadosa (Captura de video)

De no haber sido por la insistencia de la trabajadora social Jill M., por su empeño en saber adónde estaba el adulto mayor a su cargo, el costarricense Álvaro “Bert” González Montoya, a quien ella misma había llevado a “Los Samaritanos”; de no haber sido por la metida de pata de quien dijo a Jill M., que Bert se había ido con su familia, cuando no la teníade no haber sido por aquel viejo extraordinario que no quería mentir y que en un susurro dijo aquel día a la policía “Cada vez que alguien se va, Dorothea hace un pozo en el jardín”, tal vez Dorothea hubiera seguido con sus crímenes y su apariencia de abuela generosa y colmada por la bondad.

Su juicio empezó recién en 1992 y duró un año. Sólo la fiscalía llamó a declarar a ciento treinta testigos y sostuvo que Dorothea había usado somníferos para dormir a sus huéspedes, por así decirlo, y después asfixiarlos. Las defensas también hicieron declarar a muchas personas sobre lo servicial y bondadosa que había sido Dorothea con sus familiares, una mujer incapaz de cometer los crímenes de los que estaba acusada. Dorothea se mantuvo segura, estoica, en su papel de anciana frágil y buena.

El jurado deliberó varias horas para dar su veredicto. Las doce personas que habían escuchado todo el proceso contra Dorothea Puente, casi la declaran inocente de todos sus cargos; fue la insistencia de algunos de sus pares la que hizo que volvieran una y otra vez sobre las pruebas y evidencias que habían sido presentadas a lo largo del proceso. Por fin, la hallaron culpable de cometer sólo tres asesinatos.

Dorothea Montalvo Puente fue descubierta

Dorothea Montalvo Puente fue descubierta por un error mínimo (Photo by Owen Brewer/Sacramento Bee/MCT/Sipa USA)

El juez la condenó a tres cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional y Dorothea Puente fue encarcelada en la Penitenciaría Central de Mujeres de California. Con los años, dio algunas entrevistas en las que siempre sostuvo su inocencia. Decía que sus inquilinos habían muerto por “causas naturales” y que si los había enterrado en el jardín donde cultivaba también flores y hortalizas, había sido por temor a que las autoridades descubrieran que, al interactuar con ancianos, violaba una de las exigencias de su libertad condicional. La condenaron como Dorothea Grey, su nombre de nacimiento del que había intentado escapar toda su rumbosa y desastrada vida.

Murió en la cárcel el 27 de marzo de 2011, a los ochenta y dos años, por “causas naturales”.

Lo de causas naturales parece un sarcasmo.

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