Casa Rosada, 17 de octubre de 1945, alrededor de las once de la noche. El general Edelmiro Farrell, presidente de facto impuesto por el Grupo de Oficiales Unidos, hábil pulsando las cuerdas de la guitarra pero con poca cintura para la política, y el coronel Juan Domingo Perón han terminado de negociar y el oficial de menor rango ha impuesto sus condiciones para desactivar la movilización. Afuera, en la Plaza de Mayo colmada de gente, la multitud reclama la presencia de Perón.
—Bueno, ahora me voy a mi casa —dice el coronel.
Farrell lo mira desconcertado, tratando de adivinar si habla en serio o en broma. Demora unos segundos en decir:
—¡Déjese de embromar, Perón! ¡Hábleles para que se vayan! — le pide y es casi un ruego.
En la boca del coronel, que está vestido de civil, se dibuja apenas un atisbo de sonrisa, pero sus ojos brillan. Ha conseguido todo lo que pedía: su libertad, la destitución de sus enemigos en el Gobierno, la reposición del jefe de la Policía Federal que ha sido destituido por defenderlo y, lo más importante, el llamado a elecciones libres. Por los altoparlantes se difunde el himno nacional y los relojes marcan las once y diez cuando termina. En ese preciso momento, Perón sale al balcón que quedará para siempre como suyo y empieza a decir:
“¡Trabajadores! Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino. Hoy, a la tarde, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del Ejército. Con ello he renunciado voluntariamente al más insigne honor a que puede aspirar un soldado: llevar las palmas y laureles de general de la nación. Ello lo he hecho porque quiero seguir siendo el coronel Perón, y ponerme con este nombre al servicio integral del auténtico pueblo argentino”.
La multitud lo vitorea. Algunas fuentes hablan de medio millón de personas, otras de alrededor de 300.000, pero las imágenes grabadas no dejan dudas: la plaza está llena y también las calles y advenidas adyacentes. Desde la mañana temprano, las columnas de trabajadores venían confluyendo en la Ciudad de Buenos Aires. Habían llegado desde Berisso, Ensenada y La Plata, desde el sur del conurbano bonaerense, desde La Matanza en el oeste. Decenas de miles de personas habían cruzado el Riachuelo, sin detenerse cuando el Gobierno del general Edelmiro Farrell —nacido en el sur bonaerense— ordenó levantar los puentes en un vano intento de frenarlas.
El día anterior, martes 16, el Comité Central Confederal de la CGT había llamado a un paro general para el jueves de 18, pero la multitud le había ganado de mano y ese miércoles 17 quería ver con sus propios ojos a Perón, por entonces detenido en el Hospital Militar. Durante todo el día, el Gobierno de Edelmiro Farrell, del que Perón había sido secretario de Trabajo, ministro de Guerra y vicepresidente, había negociado con el coronel para que detuviera la movilización.
El 17 de octubre de 1945 Perón salió al balcón a hablarle a una multitud que se instaló en Plaza de Mayo desde temprano, exigiendo su liberación
Los protagonistas
Perón había sido detenido el 13 de octubre a pesar de haber renunciado a sus cargos por exigencia de un grupo de generales que lo acusaba de concentración de poder y había presionado a Farrell para que le pidiera la dimisión. Lo llevaron a la isla de Martín García pero, ante el clima creciente de sublevación popular y por consejo de los médicos que se trasladaron a la isla, finalmente, fue traído a Buenos Aires e internado en el Hospital Militar. Nadie, ni siquiera él, había esperado la movilización multitudinaria de ese día, producto de una inesperada confluencia de sectores e intereses que no era fácil de explicar. “Cuando pienso en cómo se produjo el 17 de octubre evoco El asesinato en el Expreso de Oriente, esa novela policial de Agatha Christie donde todos los pasajeros participan del crimen. No hay un solo asesino sino muchos. En ese sentido, podríamos decir que del 17 de octubre participaron, de alguna manera, gran parte de la clase obrera y del movimiento obrero organizado, y también sectores políticos y sociales. La cuestión es cómo distribuimos, por así decirlo, las responsabilidades”, nos dijo hace unos años a Eduardo Anguita y a mí, con una metáfora extraordinaria, el historiador Omar Acha, autor de La Argentina peronista. Una historia desde abajo (1945-1955) y de Crónica sentimental de la Argentina peronista.
Para Acha el papel central lo tuvo la movilización casi molecular, no totalmente articulada, de distintos sectores populares y del movimiento obrero, pero sostiene que no es desdeñable el papel jugado por las organizaciones políticas. “Había algunas fuerzas que empezaban a simpatizar con Perón, algunas de ellas venían del radicalismo y son las que luego van a pasar a ser la fracción que lo va a acompañar y va a proveer al vicepresidente (Hortensio) Quijano para la fórmula presidencial. Había también sectores del nacionalismo, particularmente de la juventud nacionalista, e intelectuales y sindicalistas socialistas, así como los forjistas, como Jauretche y Scalabrini Ortiz”, nos explicó.
De los relatos de los protagonistas del 17 de octubre de 1945 quizás el más conocido sea el de Cipriano Reyes, dirigente del Sindicato Autónomo de la Industria de la Carne, con fuerte presencia en los frigoríficos de Berisso. Fue su gente la que organizó y lideró las columnas que avanzaron hacia Buenos aires desde Berisso, Ensenada y La Plata. En sus memorias publicadas en 1973, Reyes se adjudica, desde el título mismo del libro, un papel central en los hechos: Yo hice el 17 de octubre. El texto, escrito casi cuarenta años después de los acontecimientos, es también un ajuste de cuentas con Perón, quien poco después de llegar a la presidencia disolvió el Partido Laborista que lideraba Reyes —y que le había servido de envase electoral— y puso entre rejas al dirigente sindical. Según Acha: “La afirmación que Cipriano Reyes hace en el título también la sostiene en el texto, pero allí dice: ‘Yo hice el 17 de octubre’, y agrega ‘no solo’ e incorpora a ‘hombres y mujeres que me alentaron y acompañaron y a quienes yo luego cedí el acontecimiento’. Entonces, lo presenta como un movimiento social en el cual él fue ciertamente el actor central pero no el único”.
Otra figura decisiva de aquel 17 de octubre fue María Bernabitti, la obrera del frigorífico Swift en Berisso que encabezó la movilización desde allí. El 13 de octubre de 1945 Berisso amaneció con la noticia de que Perón estaba preso y el sindicato clausurado. En pocas horas, casi todos los delegados de los frigoríficos fueron detenidos por la policía; los que escaparon a la redada debieron esconderse. Así y todo, empezó a organizarse la resistencia. “Nos reuníamos en distintas casas, porque había unos empresarios radicales que tenían un corralón, los Bassani, muy ricos, que les pagaron a unos policías con moto con sidecar para que tiraran gases lacrimógenos en las reuniones. Mi mamá se avivó y les dijo a las mujeres que cortaran sábanas o lo que tuvieran para contrarrestar los gases. Y nos reuníamos en casas distintas. A los hombres que enganchaban los metían presos, no en la comisaría sino en la Prefectura del puerto, para desbaratar la unión”, me contó en 2019, poco antes de morir, Dora, la hija de María.
La mañana del miércoles 17, la decisión estaba tomada: había que marchar a Buenos Aires para liberar a Perón. Dora dice que María estaba obsesionada por la idea de que lo iban a matar con una inyección en el Hospital Militar. “Tenemos que ir todos a Buenos Aires”, arengó a sus compañeros del frigorífico. Los obreros de Swift convocados por María se unieron a otras columnas que marchaban hacia el Puente de Los Talas, en dirección a La Plata. “Venía gente en carros de los montes, de las quintas y se subían a los camiones. O venían en la marcha. En Montevideo y Río de Janeiro los Bassani con sus policías quisieron frenarnos, y vi que mi papá y algunos hombres devolvían los gases. Al final pasamos la barrera. Después nos pararon en el Puente Roma. Otra bandita, y otra en la calle 122, pero más débil. Pero al final llegamos a La Plata. Un grupo dobló por la calle 1 y fue a la estación para subirse a los trenes que iban a Buenos Aires; otros fuimos, con mi mamá, a la Plaza San Martín, frente a la Casa de Gobierno”, relató Dora en esa charla.
Allí, María volvió a arengar. “Era octubre y en la plaza había unas rosas, unas rosas diferentes, con una hoja gorda, pocas espinas, tallo gordo, color bordó. Estaba lleno de policías, pero no pasó nada, vieron tanta gente... Yo estaba jugando ahí con la sobrina de Cipriano Reyes, Teté. Ya estábamos ahí. Entonces un policía me dice: ‘Qué lindo que habla esa señora’, y yo le dije ‘es mi mamá’. Y el policía cortó unas rosas de esas para que se las diera”, relató con orgullo. Cuando terminó de hablar, María buscó a su hija y le dijo que se iba a Buenos Aires, pero que ella y los otros chicos tenían que volverse a Berisso con una señora más grande que estaba con ellos. Dora vio alejarse a su madre y subir a un camión para ir a “liberar a Perón”.
Si bien no reclamaba la libertad de Perón, el Comité Confederal de la CGT tuvo un papel importante como disparador —quizás involuntario— de las movilizaciones del 17 de octubre, al declarar —el 15 de octubre— una huelga para el 18. En el llamamiento a paro reclamaban una serie de puntos que incluían el llamado a elecciones, el mantenimiento de las conquistas obreras y la libertad de los presos políticos, aunque sin mencionar al coronel Perón. Para Acha, la CGT estaba presionada por el clima que se palpaba entre los trabajadores: “Ya había movimientos de descontento, en algunos casos incluso de cese de actividades laborales a lo largo del país y en buena medida, la CGT toma nota de eso que parecía un movimiento más autónomo y llama a la huelga”, explicó.
El 17 de octubre de 1945 las columnas de trabajadores llegaron a la Plaza de Mayo en autos, trenes, colectivos, camiones y colectivos, hasta que se cortó el servicio ferroviario y se levantó el puente sobre el Riachuelo para impedirles el paso. Nada los detuvo: cruzaron como pudieron y siguieron caminando
El discurso del balcón
Ante la magnitud de la movilización, Farrell y Ávalos se dieron cuenta de que se habían metido en un berenjenal y buscaron negociar con Perón. El ministro de Guerra fue a verlo al Hospital Militar, donde obtuvo una respuesta tajante: “El único interlocutor que acepto es Farrell”, le dijo el coronel. Sin otra alternativa, Ávalos subió a Perón a su propio auto y lo llevó hasta la residencia presidencial para que hablara con el presidente.
Las principales exigencias de Perón a Farrell para frenar la movilización fueron: desplazamiento y retiro del ministro de Marina, Héctor Vernengo Lima, y del propio Ávalos y la restitución del jefe de policía, coronel Aristóbulo Mittelbach, que había sido destituido el día anterior por alinearse con él. Con esto acordado, poco antes de las once de la noche, Farrell y Perón se trasladaron a la Casa Rosada. Ahí el coronel agregó una condición más: el llamado a elecciones generales. Farrell, acorralado, aceptó.
Minutos después, en el balcón, Perón se dirigió a la multitud. Después de anunciar su retiro activo del Ejército para seguir siendo “el coronel Perón”, continuó: “Esta verdadera fiesta de la democracia, representada por un pueblo que marcha ahora también para pedir a sus funcionarios que cumplan con su deber para llegar al derecho del verdadero pueblo. Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. Siempre he sentido una enorme satisfacción; pero desde hoy sentiré un verdadero orgullo de argentino porque interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la patria (…) Y ahora llega la hora, como siempre, para vuestro secretario de Trabajo y Previsión que fue y que seguirá luchando al lado vuestro por ver coronada esa era que es la ambición de mi vida, que todos los trabajadores sean un poquito más felices”.
Después, como le había prometido a Farrell, les pidió que se desmovilizaran y no continuaran con las medidas de fuerza: “Esperemos que los días que vengan sean de paz y construcción para la nación. Sé que se habían anunciado movimientos obreros, ya ahora, en este momento, no existe ninguna causa para ello. Por eso, les pido como un hermano mayor que retornen tranquilos a su trabajo, y piensen. Hoy les pido que retornen tranquilos a sus casas y, por esta única vez, ya que no se los pude decir como secretario de Trabajo y Previsión, les pido que realicen el día de paro festejando la gloria de esta reunión de hombres que vienen del trabajo, que son la esperanza más cara de la patria. Y he dejado deliberadamente para lo último el recomendarles que antes de abandonar esta magnífica asamblea lo hagan con mucho cuidado. Recuerden que entre todos hay numerosas mujeres obreras, que han de ser protegidas aquí y en la vida por los mismos obreros”, dijo.
Parecía que todo había terminado, pero hizo una última demostración de fuerza para marcarles nuevamente la cancha a sus rivales prolongando el acto: “Pido a todos que nos quedemos por lo menos quince minutos más reunidos, porque quiero estar desde este sitio contemplando este espectáculo que me saca de la tristeza que he vivido en estos días”. Y la multitud se quedó vitoreándolo una vez más.
Cuando se retiró del balcón, el coronel Perón sonrió satisfecho. Hacía apenas unos días había dejado por escrito en una carta a Eva Duarte que pensaba en retirarse del Ejército, casarse con ella e irse a vivir al Sur, alejado de la política. Ahora intuía que su futuro sería distinto, que podría ser el próximo presidente de la Argentina, consagrado en las elecciones que el Gobierno acababa de convocar para febrero del año siguiente.