Todo empezó con una solicitada a página completa que salió hace 50 años en la edición dominical del New York Times. Ese 19 de septiembre de 1976, el productor Sid Bernstein escribió una carta pública a unos viejos conocidos suyos, los Beatles.
Era una carta y era, también, una oferta imposible de rechazar: 230 millones de dólares.
El encabezado eran los nombres propios de los cuatro. Juntos no necesitaban los apellidos para que todo el mundo supiera a quién estaba dirigido el mensaje: John, Paul, George, Ringo.
Hablaba de la importancia de los Beatles como referentes, de su capacidad para alegrar al mundo y les pedía que hicieran sonreír al público una vez más, algo fundamental -según el texto- en los tiempos turbulentos que se vivían (como se ve para el que los vive siempre los días son turbulentos).
Después seguía la propuesta: que dieran un gran recital, ya sea como banda o cada uno, en apariciones sucesivas, con los proyectos que llevaban adelante en esos momentos. Sabía que las relaciones estaban un poco tensas entre ellos y acaso lo mejor fuera asegurarse a los cuatro en el cartel aunque separadamente y que quedara hasta el día del show la ilusión de que se juntaran para algún tema.
Hasta ahí, más allá de la espectacularidad de la página completa en el diario (posiblemente el espacio de prensa gráfica más caro de ese tiempo), nada poco habitual: todo el tiempo se hablaba de una anhelada reunión de los Beatles, se les preguntaba a los cuatro si estaban dispuestos a juntarse con sus ex compañeros. Y muchas veces aparecieron empresarios que intentaron concretarlo.
Pero esta propuesta era inusual desde todo punto de vista. Por lo pública, porque exponía detalladamente la propuesta económica para los músicos y, por supuesto, por la cifra final involucrada: 230 millones de dólares, que a valores de hoy representarían la friolera de 1350 millones de dólares.
Como sedes del evento, Bernstein proponía Belén, Liverpool o el sitio que ellos creyeran más conveniente. Podría hacerse la noche de año nuevo de 1977 o en la siguiente Semana Santa.
Por el recital en sí, en un estadio de un aforo standard y con entradas a precios razonables, ni siquiera estimaba el valor de recaudación, en el mega negocio que se imaginaba era un número despreciable. Las otras estimaciones: 100 millones por el disco doble que se grabaría en vivo, 15 por la venta de libros y merchandising, 15 millones más por los derechos televisivos para que fuera emitido al día siguiente de la actuación, 60 millones sería la recaudación del documental que se filmaría durante el recital que además debía contar con imágenes de los ensayos y de la vida familiar de los cuatro Beatles. El último rubro eran los 40 millones que se suponía se juntarían con las entradas que se venderían a lo largo de todo el mundo en cines y estadios en los que se pasaría el evento en directo por lo que en ese momento era circuito cerrado de televisión.
La propuesta, debe reconocerse, tenía algo de extorsiva. Les reclamaba que “permitieran que el mundo volviera a sonreír por un día” y, además, establecía, que el 20% de la fortuna estimada que se recaudaría sería destinada a la alimentación de niños huérfanos y a obras educativas; para acrecentar el costado solidario, cada espectador tanto del recital como de las retransmisiones en los cines debía llevar alimentos no perecederos o ropa para donar. Exponía a los Beatles ante el mundo, los obligaba a dar el próximo paso. Hasta hacía depender de ellos la felicidad del mundo. En caso de no aceptar o siquiera de no contestar, los acercaba a la figura del villano.
¿Pero quién hacía esta propuesta desmesurada? Un viejo conocido de los Beatles, el primero que confió en ellos en Estados Unidos: Sid Bernstein.
Era un productor de eventos y recitales. Hasta 1963 había trabajado con Miles Davis, Nina Simone, Tito Puente, Judy Garland y Tony Bennett entre otros. Era muy reconocido por los artistas negros por abrirles puertas que otros les cerraban. Todo cambió cuando en 1963 leyó en una revista inglesa sobre el fenómeno de los Beatles. Insistió para llevarlos a USA pero los discos que habían lanzado hasta el momento no habían funcionado; muchos creían que la banda se trataba de un fenómeno local. Cuando Bernstein llamó por primera vez, Brian Epstein, el manager de los Beatles, dudó en aceptar la invitación para presentarse del otro lado del Atlántico. Hasta que fueron contratados por Ed Sullivan para presentarse en su show televisivo y la discográfica apostó por ellos. En ese momento, Bernstein también lo hizo, volvió a la carga y consiguió dos fechas en el Carnegie Hall para los Beatles. Nadie podía imaginarse lo que vendría. En 1964, con el arribo en febrero de los Fab 4, la Beatlemania explotó y los dos Carnegie Hall quedaron chicos. El promotor sólo había pagado 6500 dólares para asegurarse los dos recitales: una de las mejores inversiones de la historia. Al año siguiente, Bernstein organizó el recital del Shea Stadium. Fue el hombre que llevó los recitales de rock a los grandes estadios deportivos. Todavía sin un gran sonido, sin público en el campo y, por supuesto, sin pantallas, Bernstein se dio cuenta que en una actuación podía reunir al público de al menos 15 grandes teatros repletos. Pero lo más importante que descubrió es que ese público joven y fanatizado hasta el borde de la histeria no pretendía una gran experiencia sonora, una interpretación artística sofisticada, sino vivir una experiencia y ver de cerca a sus ídolos, sentirlos. Por eso en el Shea Stadium, los alaridos de las jóvenes tapaban las canciones de los Beatles. Tocaron dos años seguidos ahí. En la primera actuación, la de 1965, se agotaron las 56.000 entradas pese a que los que le alquilaron el estadio le exigieron el pago anticipado porque estaban convencidos de que era imposible que un grupo pop pudiera llenarlo. En el del año siguiente la asistencia fue menor: una semana antes Lennon había afirmado que los Beatles eran más famosos que Jesús. Esa declaración provocó repudios varios y una intensa campaña de boicot a sus discos y presentaciones.