Sabado
20 de Junio de 2026
HISTORIAS
20 de junio de 2026
La multitudinaria celebración preparada el 20 de junio de 1973 para recibir al líder justicialista se convirtió de golpe en una sangrienta pesadilla, cuyo saldo de muertos y heridos nunca se pudo establecer con exactitud. Los grupos armados de ultraderecha que coparon el palco y los árboles, los balazos sobre la multitud y la historia del hombre que izaron de los pelos para matarlo
Debía ser una fiesta popular, pero al final del día ya se había escrito con sangre que la jornada del 20 de junio de 1973, que se había imaginado gloriosa, quedaría en la historia como una de las más trágicas de la vida política del país. Era el tercer y definitivo retorno de Juan Domingo Perón a la Argentina después del frustrado regreso de 1964, cuando fue detenido en Brasil y obligado a volver a Madrid, y de la lluviosa vuelta del 17 de noviembre de 1972, cuando la dictadura que encabezaba Alejandro Agustín Lanusse había puesto todas las barreras posibles para que el líder justicialista tomara contacto directo con el pueblo. Seis meses después, Héctor J. Cámpora, el hombre que el propio Perón había elegido, ejercía la presidencia y nada podía impedir que millones de argentinos recibieran al General en una celebración histórica.
Desde la noche anterior, centenares de miles de personas venían marchando hacia Ezeiza: amas de casa, obreros, empleados, estudiantes, ancianos, niños, inválidos, militantes, curiosos, todos para ser testigos del esperado retorno. Y el clima era de verdadera fiesta hasta que el alegre sonido de los cánticos y las consignas fue aplastado por el de las balas. Al final del día se contabilizaban decenas de muertos y cientos de heridos por los disparos de grupos de la ultraderecha política y sindical del peronismo que, sostenidos logísticamente y amparados por diversas reparticiones del propio Estado, atacaron a la multitud. Fue una emboscada tan brutal como sangrienta.
La masacre de Ezeiza fue, en ese sentido, un primer ensayo del terrorismo de Estado que, menos de un año después, sectores del peronismo en el gobierno —utilizando los recursos del Estado y en coordinación con las fuerzas de seguridad— desatarían a través de grupos parapoliciales como la Triple A y la Concentración Nacional Universitaria (CNU), entre otros. En los días subsiguientes —sobre todo después del discurso del 21 de junio pronunciado por Perón a través de la cadena nacional— también quedaría clara otra cosa: que el equilibrio político que Juan Domingo Perón había mantenido desde el exilio aglutinando dentro de la resistencia a sectores con proyectos políticos e ideológicos totalmente divergentes estaba roto para siempre.
Desde la noche anterior, centenares de miles de personas marchaban hacia Ezeiza: amas de casa, obreros, empleados, estudiantes, ancianos, niños, inválidos, militantes, curiosos, todos para ser testigos del esperado retorno definitivo de Perón
Poco más de tres meses antes, el 11 de marzo, un aluvión de votos había consagrado a la fórmula del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli) y, el 25 de mayo, Héctor J. Cámpora asumió la presidencia en un clima de fiesta y expectativa popular. Recuperada la democracia, el país entero esperaba el regreso definitivo de Perón, programado para el 20 de junio, aniversario de la muerte del general Manuel Belgrano, el Día de la Bandera.
En la superficie todo era armonía, pero por debajo las pugnas entre los distintos sectores del peronismo se iban agudizando día tras día. Para organizar la fiesta del regreso se conformó una comisión cuya composición marcaba un desequilibrio evidente en la importancia de cada sector dentro del movimiento peronista. La convivencia festiva en el avión de Alitalia que había traído momentáneamente de regreso al general en el exilio en noviembre del año anterior era ahora una lucha tensa por acumular posiciones de poder.
La derecha política y sindical ocupaba casi todos los puestos. Juan Manuel Abal Medina, Norma Kennedy, el coronel (RE) Jorge Osinde, José Rucci y Lorenzo Miguel, los integrantes de esa comisión, decidieron que el palco para recibir a Perón se emplazaría en el cruce de la Autopista Ricchieri y la ruta 205 para permitir el acceso y participación de los millones de argentinos que acudirían a ver a su líder en el regreso definitivo.
En cambio, las banderas y pancartas que enarbolaba la multitud que marchó el 20 de junio mostraban que, en la calle, las fábricas y los barrios, los peronistas de a pie se alineaban de otro modo. Hoy para muchos argentinos esas siglas parecen jeroglíficos tan grandes como indescifrables, pero por entonces todo el mundo las identificaba: JP, JRP, FAR, Montoneros, ERP 22 de agosto, ATE, Atsa, banderas sindicales, de agrupaciones, de la FUA, la Fulp, el Faep, el Furn y cientos más pintando un fresco de letras que ondeaban en el aire de un día frío pero apacible y soleado.
Clarín anunciaba el retorno definitivo del líder justicialista luego de 18 años de exilio
Mientras tanto, en las sombras se preparaba la tragedia. El palco montado para proveer información por altoparlantes estaba cerca del Puente 12, Ciudad Evita, a poca distancia del aeropuerto donde debían llegar Perón, su esposa, el presidente Cámpora, el secretario privado López Rega y los sindicalistas José Rucci y Lorenzo Miguel, titulares de la CGT y las 62 Organizaciones Peronistas, respectivamente. La locución estaba a cargo nada menos que de Leonardo Favio, uno de los artistas emblemáticos del peronismo.
En los alrededores del palco los encargados de “seguridad” de la Comisión Organizadora, Norma Kennedy y el coronel Osinde, se paseaban impacientes, dando órdenes a sus “tropas”, integradas por cientos de matones sindicales, militantes del CdeO, de la Alianza Libertadora, militares y policías retirados y algunos mercenarios franceses contratados por Ciro Ahumada, un excapitán del Ejército que había participado de la resistencia peronista y en algún momento empezó a trabajar para los servicios de inteligencia del Estado. Estaban armados con fusiles Fal, subametralladoras Uzi, Ingram y Halcón.
El operativo paramilitar contemplaba también una retaguardia: unos días antes habían ocupado el Hogar Escuela Santa Teresa, ubicado a unos 600 metros del palco y que tenía facilidades para albergar a cientos de chicos internados. Los pibes fueron testigos de cómo se instalaron las patotas en las dependencias destinadas a estudiar y dormir.
El jefe operativo de esa variopinta banda de facinerosos era Alberto Brito Lima, proveniente de la resistencia y de las primeras agrupaciones de la Juventud Peronista y decidido a barrer del mapa a la militancia de la izquierda peronista. El operativo estaba centralizado por el propio Osinde y por Norma Kennedy, instalados en el Hotel Internacional de Ezeiza, protegidos por una desmedida custodia que exhibía una verdadera colección de armas largas. Había también ambulancias preparadas, pero no para socorrer a posibles accidentados sino para guardar más armas.
La foto que pasó a la historia como símbolo de la masacre de Ezeiza: un hombre flaco al que están izando, tirándole de los pelos, desde la parte superior del palco para matarlo ahí, mientras intenta resistir. Esta imagen traspasó fronteras y fue vista en todo el mundo
Cuando ya pasó más de medio siglo, sigue sin precisarse cuánta gente se juntó ese miércoles en los alrededores de Ezeiza. Los diarios del día siguiente hablarían de tres millones. Años después la cifra fue revisada a la baja, pero hasta los cálculos más conservadores siguieron hablando de un millón: fue, sin duda, la mayor reunión de la historia argentina.
El ala izquierda del peronismo estaba presente con sus máximos dirigentes. Habían instalado su puesto de comando, estaba en un ómnibus cubierto de banderas de FAR y Montoneros estacionado en las cercanías del Puente 12. Allí estaban Roberto Quieto y Marcos Osatinsky, máximos dirigentes de FAR, y también Mario Firmenich, número uno de Montoneros.
Aunque había rumores de que la ultraderecha preparaba algo, las previsiones de seguridad del grupo eran mínimas: apenas una veintena de militantes con algunas armas para autodefensa, pero sin ninguna previsión del ataque que habían montado los grupos parapoliciales.
Mientras tanto, el avión que traía a Perón estaba en vuelo y el clima aún estaba calmo. Desde el escenario, Leonardo Favio decía: “¡Compañeros, vamos a ensayar el recibimiento que le vamos a dar al general Perón cuando llegue a este palco!”. El cantante y director de cine, peronista de pura cepa, había sido nombrado “encargado de Ornamentación” del acto y, a su lado, estaba el locutor Edgardo Suárez, otro reconocido militante justicialista.
Juan Manuel Abal Medina, Norma Kennedy, el coronel Jorge Osinde, José Rucci y Lorenzo Miguel, los integrantes de la comisión encargada de organizar la bienvenida, decidieron que el palco para recibir a Perón se emplazaría en el cruce de la Autopista Ricchieri y la ruta 205 para permitir el acceso y participación de los millones de argentinos que acudirían a ver a su líder
Cuando comenzaron los disparos contra la multitud y especialmente contra las columnas de la izquierda peronista, muchos no se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo porque los estampidos quedaron tapados por los gritos y los cánticos de los manifestantes. Desde arriba del palco, si bien advirtió maniobras que le parecieron extrañas, el propio Leonardo Favio escuchó los primeros tiros sin tener idea del origen ni del plan de quienes estaban a su lado, y dirigían el ataque mientras se comunicaban con walkie talkie con Osinde y Norma Kennedy, los jefes que ordenaban la masacre.
“¡Compañeros, acá ya hay más de dos millones y medio de personas! ¡Esto es inenarrable, compañeros! ¡Por favor, compañeros, quédense todos en sus lugares! ¡Cada peronista debe permanecer en su lugar! ¡Por favor, somos cuatro millones de peronistas contra cinco dementes!”, gritó Favio, desesperado, por el micrófono cuando finalmente se dio cuenta de lo que pasaba. Hizo un intento por detener a los francotiradores que disparaban a mansalva. “¡Que se bajen todos de los árboles, repito: que se bajen de los árboles! ¡A partir de ahora, los que queden en los árboles son considerados traidores! ¡Los enemigos ya han sido visualizados!”, gritó, no una sino varias veces.
Entonces una voz que no era la de Favio se coló por los altoparlantes con una contraorden asesina: “¡Muy bien, mátenlos, mátenlos!”, gritó. Nunca se supo quién fue, pero estaba ahí y mandaba a asesinar desde el palco. Lo interrumpió otra voz, la de Ciro Ahumada, con una contraorden en tono marcial: “Ordeno que el personal se baje inmediatamente de los árboles; les doy cinco minutos para hacerlo. Están en la óptica de nuestros fusiles. Si no bajan los ejecutamos. Es una orden”, dijo. En medio de la confusión, buscaba cambiar la identidad de los asesinos que estaban operando a sus órdenes.
Lejos de detenerse los disparos arreciaron. Miles y miles de personas se tiraron al suelo; el griterío era estremecedor. En los alrededores del palco, la confusión de la multitud era total. Muchos seguían gritando, cuerpo a tierra, puteando, tratando de entender o simplemente de evitar los balazos que llovían sobre ellos. El tiroteo fue decreciendo de a poco, dejando lugar al estupor, a la bronca, al espanto. Había cientos de heridos: los sindicalistas y militantes del Ministerio de Bienestar Social que controlaban las ambulancias elegían a quién atender y a quién no. En algunos casos, en lugar de socorrer a las víctimas, cargaban a militantes de la izquierda peronista para torturarlos.
Collage de fotografías del libro de María O'Donnell "Montoneros. Una historia visual" que documenta los sucesos de la masacre de Ezeiza (María O'Donnell/Fernando Rapa/Editorial Planeta Argentina)
Hay una foto que pasó a la historia como símbolo de la masacre de Ezeiza: muestra a un hombre flaco al que están izando, tirándole de los pelos, desde la parte superior del palco. Se nota que el hombre, joven, intenta resistir, trata de agarrarse de algo mientras desde abajo otros hombres, presumiblemente sus compañeros, lo tironean de los pantalones para bajarlo, para salvarlo de las garras de quiénes quieren subirlo. Para matarlo ahí, arriba del palco. Esa imagen fue reproducida por diarios, revistas, noticieros y documentales, traspasó las fronteras de la Argentina y fue vista en todo el mundo.
Durante años no se supo el nombre de ese hombre flaco. Sobre él se tejieron dos suposiciones: que era un militante de la izquierda peronista y que lo habían matado a golpes en el palco. Hasta que, pasadas décadas de la masacre de Ezeiza, el periodista e historiador Enrique Arrosagaray pudo develar el misterio. “Ese tipo soy yo”, le dijo un hombre, señalando al hombre flaco que izaban de los pelos al palco. El hombre ya no tenía pelo, se llamaba José Rincón y vivía en Dock Sud. Aquel 20 de junio había ido al acto desde Avellaneda.
—¿Con la columna de la Juventud Peronista? —le preguntó Arrosagaray.
—Sí, pero no la de Montoneros. De la otra —respondió.
—De la Jotaperra…
—Sí, de la Jotaperra.
La Jotaperra era la Juventud Peronista de la República Argentina, ligada a la ultraderecha peronista. Los del palco lo habían confundido. Lo contó así: “Me llevan hasta el borde, para meterme en el palco y la cosa se puso cruenta. Me hacen subir por una escalerita para el primer palco en donde había estado la orquesta, y cuando ingreso no te la quiero contar: la cantidad de trompadas que me dieron los que me esperaban porque veían que me traían detenido… Yo, para ellos, era montonero. Recibí para que tenga, para que reparta y para que guarde. Desde arriba, desde el palco principal, pedían a los gritos que me subieran, luego supe que era el lugar en donde ponían prisioneros a los que agarraban”, relató.
“Cuando me acercan a ese borde no tienen mejor manera de levantarme que de los pelos. Porque en ese momento tenía pelo, Y me levantan de los pelos nomás; pero algunos de los que estaban abajo no querían que me subieran, me querían matar ahí, por eso me tiraban de los pies para abajo. Si mirás en la filmación, yo muevo las manos, desesperado, porque quiero agarrarme de la baranda del puente o de algo, y cuando me agarro, pego el tirón y me suelto de los que me estaban agarrando de los pantalones y caí casi parado allá arriba”, siguió contando.
Una vez arriba del palco no lo mataron porque atinó a gritar que lo identificaran, que tenía un brazalete de la Juventud Sindical, que no era montonero. “¿Viste ese que aparece en todas las filmaciones con anteojos negros? Apenas aterrizo, ese señor viene con una pistola tomada del caño para partirme la cabeza con la culata. Me cubro. ‘¡No me pegue!’, le grito, ¡primero identifíqueme!, y el tipo frena y me llevan hasta la cabina desde donde transmitía Leonardo Favio, que ya estaba llena de gente, prisioneros, presos”. Le relató a Arrosagaray. Lo salvó un compañero que lo reconoció. De ahí lo llevaron al Hospital de Ezeiza.
Las armas en el palco de Ezeiza
Enterado de la masacre que se estaba consumando, el vicepresidente en ejercicio, Vicente Solano Lima, ordenó desviar el avión. Para seguridad del General, no aterrizaría en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza sino en la base militar de Morón. El avión de Perón aterrizó allí a las 16.49, donde lo esperaban los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas.
Una hora después, el recién desembarcado presidente Cámpora le habló al país por la cadena nacional: “Compañeros y compañeras: el general Perón ha pisado nuevamente el suelo de la patria. Está perfectamente bien. Contento y satisfecho de este viaje que ha realizado con toda normalidad, pero desde el aeropuerto de Ezeiza nos fue informado de que elementos que están en contra del país pretendieron distorsionar el acto en el cual se había congregado una muchedumbre nunca vista en el país de más de seis millones de compañeras y compañeros para recibir jubilosamente a quien es el conductor y el líder de la inmensa mayoría de la ciudadanía argentina (…) por eso les pido que aquella frase del general Perón se haga nuevamente cierta en esta oportunidad: de casa al trabajo y del trabajo a casa…”, dijo tratando de transmitir tranquilidad.
Al día siguiente, 21 de junio, fue el propio Perón quien utilizó la cadena nacional, flanqueado por un atribulado Cámpora. En un discurso conceptual, de tonos épicos, agradeció al pueblo su fidelidad a la causa peronista y se explayó sobre los lineamientos estratégicos para la reconstrucción del país. En la única frase que podría interpretarse como alusiva a la masacre dijo: “No es gritando como se hace patria. Los peronistas tenemos que retornar a la conducción de nuestro movimiento, ponerlo en marcha y neutralizar a los que pretenden deformarlo de abajo o desde arriba”.
El líder justicialista ya había tomado una decisión: por orden suya, Cámpora y Solano Lima debieron presentar sus renuncias el 13 de julio, apenas 23 días después de la masacre. Raúl Lastiri, yerno de José López Rega, ocupó la presidencia provisional y convocó a nuevas elecciones para el 23 de septiembre, a las que Perón se presentó como candidato acompañado por su mujer, María Estela Martínez, más conocida como Isabelita por el nombre artístico de sus tiempos de bailarina.
El triunfo peronista fue aplastante: la fórmula obtuvo 6.907.696 votos, el 61,85% del padrón electoral. Juan Domingo Perón asumió su tercera presidencia el 12 de octubre de 1973, poco más de cien días después de la matanza fríamente planificada que empañó para siempre la fiesta de su retorno.