Miércoles 17 de Junio de 2026

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17 de junio de 2026

La resistencia a la insulina va más allá del azúcar y desafía los enfoques simplistas

Diversos centros médicos y publicaciones científicas analizan cuáles son los principales elementos implicados en el desarrollo de este trastorno y por qué su abordaje requiere una mirada integral sobre la salud metabólica

La resistencia a la insulina no depende solo del azúcar: también se asocia a procesos como la inflamación crónica, el exceso de grasa corporal (en especial la visceral) y hábitos que alteran el metabolismo, como el sedentarismo y el descanso insuficiente. En una nota reciente, especialistas citados por EatingWell plantearon que el “culpable oculto” no es un alimento puntual, sino un estado metabólico que se sostiene en el tiempo y que puede elevar el riesgo de diabetes tipo 2, síndrome metabólico y enfermedad cardiovascular.

La Mayo Clinic, un centro médico de referencia en Estados Unidos, explica que la resistencia a la insulina ocurre cuando las células no responden bien a la insulina y el páncreas compensa produciendo más; con el tiempo, ese mecanismo puede fallar y favorecer que la glucosa suba. En la misma línea, la Cleveland Clinic, organización hospitalaria estadounidense, señala que una alimentación alta en ultraprocesados, carbohidratos refinados y grasas saturadas, junto con el aumento de peso y la falta de actividad física, se vincula con una menor sensibilidad a la insulina.

Qué proponen los expertos: el foco no está en “demonizar” el azúcar

Infografía sobre resistencia a la insulina con un cuerpo humano, una célula y una llave, factores de estilo de vida (obesidad, fast food, sedentarismo) y riesgos asociados.

La Mayo Clinic explicó que la resistencia a la insulina ocurre cuando las células responden mal a la insulina y el páncreas produce más para compensar - Imagen Ilusttrativa Infobae

Según el medio, uno de los errores más comunes al hablar de resistencia a la insulina es reducirla a una discusión binaria de “azúcar sí o no” y perder de vista el cuadro completo. La condición no aparece de un día para el otro: se desarrolla de forma gradual y suele estar influida por una combinación de factores que se potencian entre sí, como composición corporal, nivel de actividad física, calidad general de la dieta, sueño, tabaquismo y estrés. En ese marco, el mensaje central es operativo: no alcanza con recortar dulces si se mantienen porciones excesivas, sedentarismo o una alimentación dominada por ultraprocesados.

La lógica detrás de esa advertencia es simple: si el ambiente cotidiano sigue empujando al cuerpo hacia picos de energía, baja actividad muscular y recuperación insuficiente (sueño corto o irregular), la glucosa puede mantenerse “aceptable” por un tiempo, pero a costa de un esfuerzo hormonal mayor. Por eso el enfoque que plantea EatingWell apunta a la coherencia del conjunto: cómo se come, cuánto se come, con qué frecuencia se mueve el cuerpo y qué tan sostenible es el patrón semana a semana, no solo “si hay azúcar” en un postre.

En la práctica, ese cuadro completo suele incluir dos trampas frecuentes. La primera es pensar que evitar el azúcar agregado compensa automáticamente el resto de la dieta: muchas personas dejan gaseosas o golosinas, pero conservan un patrón de comidas grandes, poca fibra y alta densidad calórica, con predominio de productos industriales listos para consumir. La segunda es ignorar el rol del estilo de vida: cuando el sedentarismo se mantiene, el músculo recibe menos estímulo para usarla, y la sensibilidad a la insulina puede empeorar aunque la persona “coma menos azúcar”.

Qué dicen las fuentes médicas: señales, riesgos y cambios que más impactan

Mujer adulta con camiseta gris y pantalón corto oscuro corriendo por un camino en un parque verde. Un árbol y una bicicleta se ven a la derecha.

La Cleveland Clinic vinculó la menor sensibilidad a la insulina con una dieta alta en ultraprocesados, carbohidratos refinados y grasas saturadas, junto con aumento de peso y falta de actividad física - (Imagen Ilustrativa Infobae)

Según la Mayo Clinic, la resistencia a la insulina puede progresar durante años sin síntomas claros y, cuando se sostiene en el tiempo, suele convivir con otros diagnósticos o riesgos metabólicos. En ese marco, la institución médica estadounidense advierte que el cuadro no se limita a “tener la glucosa alta”: puede formar parte de un proceso más amplio que termina por afectar el hígado y el sistema cardiovascular, y también asociarse a condiciones hormonales como el síndrome de ovario poliquístico.

La Cleveland Clinic coincide en el punto central: al inicio puede no haber señales evidentes, pero el organismo suele compensar produciendo más insulina para mantener la glucosa dentro de rangos normales. Ese mecanismo de compensación puede traducirse en niveles de insulina elevados durante mucho tiempo, y con ese telón de fondo aumenta el riesgo de evolucionar hacia prediabetes y diabetes tipo 2, además de sumar factores que empujan el riesgo cardiometabólico, como hipertensión y alteraciones del perfil lipídico (triglicéridos altos, HDL bajo o patrones de dislipidemia).

En paralelo, una revisión científica publicada por Proceedings of the Nutrition Society (Cambridge University Press) recuerda que el metabolismo no responde solo a un nutriente aislado, sino a patrones: en disfunciones digestivas y metabólicas, la relación entre dieta, señales hormonales y hábitos tiende a ser multifactorial. Traducido a una nota de servicio: cuando un paciente pregunta “¿qué es lo que más impacta?”, las fuentes médicas suelen ordenar la respuesta en tres planos: señales, riesgos y cambios de estilo de vida con mayor efecto.

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