Hay ausencias que pesan tanto que, para sobrellevarlas, hace falta ponerlas en movimiento. En San Fernando, en el norte del conurbano bonaerense, hay un Renault Clio que no es solo un auto. Es un santuario con ruedas, una promesa cumplida y el refugio de una familia que decidió que la muerte no iba a tener la última palabra.
Mariano (42) y Estefanía (41) —a quien todos llaman “Tete”— llevan juntos 20 años. Son los papás de Joaquín (18). Pero en su historia hay un cuarto integrante que viaja siempre, aunque no se vea: Celeste. Ella era la dueña original del auto, una “hermana de la vida” que el cáncer se llevó a los 38 años, hace ya siete veranos.
“Éramos literalmente hermanos. La gente pensaba que teníamos la misma sangre. Cuando ella fallece, su mamá me llama para que fuera al departamento a repartir sus bienes. Imaginate el nivel de hermandad; fue muy fuerte”, recuerda Mariano con la voz todavía quebrada. Celeste les dejó el Clio, al que ella llamaba cariñosamente “Poroto”.
El proyecto nació en el silencio de la pandemia. El auto estaba roto, el motor no arrancaba y el encierro calaba hondo. Mariano, que trabaja de forma independiente en mantenimiento y tiene una habilidad natural para lo manual, logró que el motor volviera a la vida.
En ese momento, miró a su mujer y le dio a elegir: “Gorda, o lo dejamos así y lo usamos como un auto normal, o lo desarmo íntegro, hacemos un mini motorhome y nos vamos a viajar”. Tete no dudó: “Opción dos, de una”.
Así empezó la transformación. Lo que hoy es un vehículo de ingeniería admirable, comenzó con lo que otros descartaban. “La primera camperización fue 100% con basura”, confiesa Mariano y agrega: “Lo que encontraba en la calle iba a parar al auto: un mueble, una estantería, la cama... era todo reciclado”.
"Porotito de viaje", el proyecto que le rinde homenaje a Celeste, una hermana de la vida de ambos. (Foto: Instagram @porotitodeviaje).
"Porotito de viaje", el proyecto que le rinde homenaje a Celeste, una hermana de la vida de ambos. (Foto: Instagram @porotitodeviaje).
Con el tiempo y tres versiones distintas, “Poroto” se convirtió en una joya de la optimización. Tiene dos baterías de 110 amperes (en lugar de la estándar de 45) que alimentan luces, puertos USB y una heladera de 12V.
En el baúl, un anafe doble, garrafa y espacio de guardado. También un reservorio de agua caliente solar y un duchador con bomba presurizadora. En el interior del vehículo, una cama plegable de 1.30 x 1.90 metros que permite descansar con total comodidad.
Viajar con el hijo “a la distancia”
Muchos se preguntan por Joaquín. A sus 18 años, el hijo de la pareja ha decidido no ser parte de las travesías. No le gusta el camping, prefiere la comodidad de su casa y su propia independencia. “Él ya tenía 14 cuando empezamos. Respetamos su decisión. Por suerte vivimos arriba de mis suegros, así que él se queda con sus abuelos y con la perra”, explica Mariano.
A veces, la familia hace base en algún punto, como Mendoza, donde Joaquín se queda con amigos de la familia mientras sus padres se pierden por unos días en las rutas más inhóspitas. Es un equilibrio que les permite seguir siendo padres sin abandonar el deseo de libertad.
El color de la ruta: “No se trata de lugares, se trata de gente”
Mariano y Teté han recorrido Entre Ríos, Córdoba, Mendoza, San Juan, La Rioja y la Costa Atlántica. Pero a diferencia del turista tradicional, ellos huyen de lo masivo. Prefieren pasar tres horas y media por un camino de ripio para llegar a un pueblo fantasma en la cima de una montaña.
“Lo distinto de viajar en un Clio es que te podés meter en cualquier lado. Hemos dormido en el centro de ciudades donde está prohibido para motorhomes, pero nadie se imagina que hay gente durmiendo en un auto tan chico. O a orillas del río Atuel, metidos entre la arboleda donde un vehículo grande no entra”, relata Mariano.
Para financiar los kilómetros, Mariano mantiene a sus clientes fijos de mantenimiento, pero en la ruta, el espíritu es otro. Fabrican artesanías en madera, porta sahumerios y pulseritas con materiales que encuentran en el camino. “No lo hacemos por la guita, lo hacemos para que la gente sea parte del viaje. Hay seguidores que se acercan y nos dicen: ‘Tomá, quiero colaborar porque este es mi sueño y vos lo estás cumpliendo por mí’”.
Un duelo que no termina
A pesar de los miles de kilómetros y de haber transformado el dolor en kilómetros, la herida por la muerte de Celeste sigue abierta. Mariano confiesa que, aunque su mujer lo procesó mejor, a él todavía le cuesta hablar de ella sin emocionarse.
Hoy, el proyecto “Porotito de Viaje” es un referente. Asesoran de forma gratuita a personas de todo el mundo —desde Brasil hasta España— que quieren camperizar autos pequeños. “No voy atrás del billete. Prefiero que salgas a la ruta y un día me cruces y me toques bocina”, dice con generosidad.
Sin embargo, el ciclo de “Poroto” podría estar llegando a su fin. Mariano y Tete analizan la posibilidad de realizar un último gran viaje por la Ruta 3 o la 14 y, a la vuelta, decidir si venden o rifan el auto para que otro viajero continúe el sueño.
“Cada vez que me tocan el tema me largo a llorar”, admite Mariano. “Para nosotros es un miembro más de la familia. Veo reflejada a mi hermana en ese vehículo”. Por ahora, el motor del Clio sigue encendido, llevando a cuestas no solo una cama y una cocina, sino el recuerdo de una amiga que se fue demasiado pronto, pero que encontró en ellos la forma de no detenerse nunca.