Esta no es una historia de amor más. Durante aquellos dÃas en que el mundo empezó a conocer sus nombres, Arbel y Ariel podrÃan haber sido una pareja anónima: dos jóvenes enamorados como tantos otros. Pero la violencia los arrancó de la intimidad y los convirtió en emblema.
Seguà la historia de cada uno de los secuestrados. Sin embargo, Arbel siempre me llamaba la atención: algo en ella me resultaba cercano, familiar. Me veÃa reflejada en las fotos que se difundieron durante su cautiverio, como tÃa, con su sonrisa y frescura. Tal vez por eso su historia me atravesó de un modo especial.
Escribir sobre ellos no es solo narrar el amor que resistió el horror. Es, también, poner en palabras la emoción de saber que están vivos. Que pudieron reencontrarse. Que, a pesar de todo, el amor prevalece.
â
El amor es la alegrÃa de saber que el otro existe.
Ariel Cunio y Arbel Yehoud nacieron y crecieron en el kibutz Nir Oz, en el sur de Israel. Los padres de él se mudaron de Argentina a Israel en 1986 y se instalaron en una casa vecina a la de los padres de ella. El 12 de junio de 1997 cuando nació Ariel âArbel habÃa llegado al mundo dos años antesâ, ya estaban destinados desde la cuna. Compartieron la infancia, los mismos caminos de tierra, los juguetes, las golosinas, el triciclo, los campos abiertos, la vida de una comunidad pequeña donde se respira igualdad, todos se conocen y las historias se cruzan sin esfuerzo.
Durante años fueron simplemente eso: dos chicos del mismo lugar. Hasta que algo cambió. âSin declaraciones, sin grandes escenas, sin un momento exacto que pudiera marcarse, nos enamoramosâ, cuenta Arbel con la voz más dulce del mundo. Fue hacia fines de 2018. Lento, natural, casi sin palabras, como suceden las mejores cosas.
âAl principio, lo mantuvimos en secreto, incluso de nuestros amigos más cercanosâ, recuerda mostrando esa sonrisa hipnótica. âIntentamos ocultarlo y nos convencimos de que probablemente no iba en serioâ. Ariel estaba por viajar por Sudamérica âse fue con amigos a Argentina y otros paÃses hasta que tuvieron que volver por el covidâ, y parecÃa lógico pensar que esa historia tenÃa fecha de vencimiento. âPero nos equivocamos. Nuestro amor solo se profundizóâ, afirma con todo el cuerpo. Cuando Ariel regresó, ya no habÃa dudas: âQuerÃamos estar juntos de verdadâ. Se lo contaron a todos y oficializaron su noviazgo. Nadie se sorprendió: âNuestros amigos se rieron y dijeron que siempre lo habÃan sabido; sólo estaban esperando que dejáramos de fingirâ.
Poco después se mudaron juntos. Adoptaron a Dude, un gatito que todavÃa vive en el kibutz, âno quiso mudarseâ. Construyeron una vida simple y tranquila, con trabajo y amigos, en una casa pequeña y modesta en Nir Oz. Paseaban por los campos, hacÃan picnics, escuchaban música, bailaban juntos en el living, cocinaban, veÃan pelÃculas y compartÃan una fascinación por el espacio: âPor las noches, salÃamos a observar las estrellas, nos sentábamos en el bar del kibutz y cuidábamos a nuestros sobrinos y sobrinasâ, recuerda con una ternura empañada.
Arbel y Ariel soñaban un futuro ahà mismo: âImaginamos nuestra familia, hijos creciendo en los mismos caminos donde nosotros mismos crecimos, donde pateamos nuestra primera pelota de fútbol, ââcompetimos en patinetas y soñamos nuestros sueñosâ. Una vida hermosa porque era juntos. Parecido a lo que habÃan creado hacÃa más de 20 años sus propios padres, en el mismo lugar.
A principios de octubre de 2023, adoptaron una dulce cachorrita y la llamaron Murph. âLa vida era hermosa. Calma. Completaâ.
Y entonces llegó el 7 de octubre.
âEsa mañana, nos despertamos juntos con el sonido de sirenas y misiles. Corrimos a la habitación segura con la perrita, cerramos la casa con llave y sellamos todo. Enviamos mensajes a nuestras familias, intentando entender qué estaba pasando. Alrededor de las 7 empezamos a oÃr disparos. Nos dimos cuenta de que habÃa terroristas dentro del kibutz, aunque no tenÃamos ni idea de cuántosâ, relata Arbel y su semblante se ensombrece.
Alrededor de las 8:30, escucharon voces desde su balcón. Arbel le dijo a Ariel que debÃa ser el ejército, que estaban allà para protegerlos. Segundos después, una explosión enorme. Las voces afuera hablaban en árabe. Ahà entendieron el desastre: âLos terroristas estaban dentro de nuestra casaâ.
Ariel Cunio y Arbel Yehoud crecieron juntos en un kibutz del sur de Israel, se enamoraron sin darse cuenta y soñaron una vida simple. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
Ariel Cunio y Arbel Yehoud crecieron juntos en un kibutz del sur de Israel, se enamoraron sin darse cuenta y soñaron una vida simple. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
Se escondieron debajo de la cama. Ariel le pidió que enviara un mensaje a su hermano Dolev y al coordinador de seguridad del kibutz, advirtiéndoles que habÃa terroristas en su casa. Arbel logró mandar el mensaje y, en ese mismo instante, forzaron la puerta del cuarto seguro. Ella tapó la boca de la perrita para que no ladrara y una foto brutal la atravesó: âPuse la mano sobre la boca de Murph para que dejara de ladrar, y una imagen de las historias del Holocausto me vino a la mente: mujeres cubriendo la boca de sus bebés con miedo hasta que se asfixiaban. TenÃa miedo de matarlaâ, dice con una angustia que lastima.
No sirvió de nada. Los encontraron. Dieron vuelta la cama, los arrastraron a la fuerza. Murph ladró y uno de los terroristas le disparó como si fuera un trámite. âOÃmos sus gritos de agonÃa y vimos cómo corrÃa la sangreâ, revive con los ojos llorosos.
âCuatro terroristas nos sujetaron, golpeándonos, gritando e insultándonos, mientras otros dos registraban la casa en busca de armas. Uno de ellos me arrastró del pelo al suelo y me pateó hasta que me rompà dos costillas. A Ariel le golpearon en la cabeza y la parte superior del cuerpo, y le pusieron un cuchillo en el cuelloâ. DiscutÃan entre ellos si matarlos o secuestrarlos. Fueron minutos eternos. Decidieron llevárselos a Gaza.
Los sacaron a rastras, como se empuja a una bolsa de basura, como se desecha lo que no vale nada. Pasaron por la casa del hermano de Ariel, Eitan, y su esposa, Stav. Estaba completamente envuelta en llamas. No sabÃan si su familia estaba adentro; si estaban vivos o muertos.
Los cargaron en una moto y justo antes de cruzar la frontera, la moto chocó. Una multitud gazatà se reunió gritando â¡Hay rehenes!â y les volvieron a dar una paliza, mientras el caos se desataba a su alrededor. Un grupo de terroristas de otras organizaciones llegó, luchó contra los combatientes de Hamas Nujba âel grupo de élite de Hamasâ que finalmente los metieron en una camioneta y los secuestraron en Gaza.
En el punto de liberación, le dijeron a Arbel que tenÃa que caminar sola entre la manifestación para que pudieran grabar un video. (Foto: AP)
En el punto de liberación, le dijeron a Arbel que tenÃa que caminar sola entre la manifestación para que pudieran grabar un video. (Foto: AP)
En la primera casa los despojaron de todo: joyas, ropa, identidad. Los revisaron, los interrogaron, les pidieron nombres, teléfonos, redes sociales. Los vistieron con ropa tradicional y los llevaron a un sótano, donde permanecieron dos horas. Ariel la miró y le dijo: âNuestra vida terminó. Y si sobrevivimos, no nos quedamos en este paÃsâ. Al menos todavÃa estaban juntos.
Enseguida los subieron a otro vehÃculo. âNos sentamos atrás, agarrados de la mano, mientras conducÃan por las calles de Khan Younisâ. De repente, el coche se detuvo. Otro vehÃculo se puso a la par. Tres terroristas salieron: abrieron la puerta del lado de Ariel, se lo arrancaron y lo subieron al otro auto. â¡No!â, gritó Arbel. âNo pudimos despedirnos. Me golpearon y me dijeron que me callara. Vi por la ventanilla trasera cómo el coche en el que viajaba Ariel giraba a la izquierda y desaparecÃaâ.
No volvió a verlo.
El 7 de octubre de 2023 Ariel y Arbel fueron secuestrado por el grupo terrorista Hamas y sometido a más de dos años de cautiverio. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
El 7 de octubre de 2023 Ariel y Arbel fueron secuestrado por el grupo terrorista Hamas y sometido a más de dos años de cautiverio. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
Arbel pasó 482 dÃas en condiciones inhumanas. Sufrió interrogatorios, abusos, amenazas, intentaron que se convirtiera a su religión y se casara con alguien de ellos a la fuerza. Pasó hambre; miedo constante; terror por las explosiones; y condiciones de higiene extremas que le recordaban los testimonios del Holocausto. SabÃa que Ariel estaba solo, como ella.
Pero el amor sostiene.
Por unos meses Arbel y Ariel, cada uno desde su prisión, lograron negociar con los terroristas y mandarse algunas cartas: âRecordamos muchas de ellasâ. Además, Arbel llevaba un cuaderno que se convirtió en su diario. Su último canto a la esperanza. Hasta que la mudaron de escondite, y la obligaron a moverse rápido y dejar su anotador.
Cuando Ariel volvió a Israel, confirmó lo que ella tanto habÃa esperado: a él lo trasladaron a un nuevo sucucho, y el cuaderno estaba ahÃ, donde ella lo habÃa escondido para él. âLo leÃa todos los dÃas. Se convirtió en su compañero más cercano. Nos habÃa dibujado allÃ: nuestra boda, la familia que formarÃamos, y escribà página tras página sobre cuánto lo amaba y cuánto querÃa vivir mi vida solo con élâ. Una verdadera declaración de amor cuando lo único que le quedaba era su fe.
En junio de 2024, Arbel se enteró por una radio en árabe de que su querido hermano Dolev, considerado rehén hasta entonces, habÃa sido declarado asesinado. Y ahà estaba ella, completamente sola y con el alma destrozada: âUna oleada de dolor abrumador me invadió. No sabÃa cómo sobreponerme. Mi compromiso con nuestra familia y con la familia de Dolev me dio la fuerza para sobrevivir dÃa tras dÃaâ, expresa con resiliencia.
Hasta que el 30 de enero de 2025, luego de 16 meses tortuosos, llegó el dÃa de su liberación: âMe despertaron inmediatamente después de la oración matutina. Estuvimos sentados en el suelo de un hangar helado durante horas. Luego nos subieron a una camioneta y nos llevaronâ, recita como quien no quiere volver a aquel momento nunca jamás. La detuvieron varias veces para filmaciones simuladas. Multitudes gritaban su nombre, â¡Arbel, Arbel!â, mientras golpeaban las puertas y la rodeaban. En el punto de liberación, le dijeron que tenÃa que caminar sola entre la manifestación para que pudieran grabar un video. Una coreografÃa propagandÃstica. âRecuerdo los gritos, las cámaras, el horror. En el último momento, un trabajador de la Cruz Roja me arrancó de las manos de los terroristas y me metió a empujones en un vehÃculoâ.
Volver no fue volver. âDesde mi regreso, no he vuelto a la vida del todo. En cuanto crucé la frontera y dejé a Ariel atrás, se me partió el corazón. Nos secuestraron juntos, yo salÃ, y él no. Su hermano, y decenas de personas más, seguÃan allÃâ, explica desconsolada lo inentendible. Desde entonces, dedicó su vida para que todos regresaran a casa. Cuando no luchaba, se aferraba a su familia y amigos solo para respirar. No podÃa dormir por las noches. Al igual que en Gaza, no podÃa dormir ahora en casa.
Se reunió con dirigentes para explicarles lo que significa estar secuestrado. Habló del peligro de perder la esperanza: âYo misma intenté suicidarme tres veces. Cada información de las protestas, cada foto de mi familia, cada señal de que alguien luchaba por nosotros me dio fuerzas para sobrevivirâ.
Ariel fue liberado después de 738 dÃas de cautiverio. Más de dos años de aislamiento absoluto y supervivencia diaria. Lo mantuvieron solo, en espacios reducidos e improvisados, a veces tan diminutos como su colchón, rodeado de cajas apiladas destinadas a ocultarlo. Sin baño. Sin ducha durante meses. Hambre constante. Miedo permanente a los bombardeos y a la muerte inminente. Sin saber si alguien lo buscaba, si su familia seguÃa viva, si tenÃa futuro o si alguna vez saldrÃa con vida.
Para ambos, lo más duro no fue solo la tortura fÃsica. Sino también la soledad. Estar solos con los pensamientos, con la desesperación. Ãl también tuvo momentos en los que la muerte parecÃa más cercana que la vida: âLo que lo detenÃa, una y otra vez, era pensar en mÃ, en la posibilidad de que nos volviéramos a encontrar, de que aún pudiéramos tener una vida juntos, su familia, nuestros amigosâ. A Ariel lo sostuvo pensar en Arbel, imaginar un reencuentro, creer que todavÃa podÃa existir un mañana con la mujer de su vida.
La libertad no fue el final. Fue el comienzo de otra batalla: reconstruirse en un mundo que ya no es el mismo. El trauma persiste. El sueño no vuelve. Los miedos aparecen sin aviso. âVivimos una lucha por recuperarnos en una realidad distinta a todo lo que habÃamos conocido. Descubrimos que la rehabilitación es un viaje largo y doloroso. Noches de insomnio. Recuerdos que se niegan a desaparecer. Miedos que surgen sin previo aviso. Estamos aprendiendo de nuevo a vivir, a estar juntos, a confiar en el mundoâ, reconoce con valentÃa.
Su pequeño y dulce hogar en Nir Oz ya no existe. No tienen adónde volver. Hasta que Arbel lo dice todo: âPero nos tenemos el uno al otroâ. Están juntos.
Toda la familia reuida nuevamente tras la liberación. (Foto: GPO)
Toda la familia reuida nuevamente tras la liberación. (Foto: GPO)
Ariel y Arbel regresaron a una realidad que les exige aprender a respirar de nuevo. Caminan despacio, afrontando lo que cambió dentro y fuera de ellos, y juntos intentan reconstruir una rutina, recuperar la confianza y sanar. Buscan, en medio de todo, aquello que resistió.
Hoy también están dando un paso concreto: lanzaron una campaña para reconstruir su hogar y volver a tener un lugar propio donde empezar otra vez. No se trata solo de levantar paredes, sino de recuperar una mesa compartida, una cocina encendida, una habitación sin miedo. Quienes deseen acompañarlos en ese proceso pueden hacerlo a través de esta iniciativa solidaria: Ariel & Arbel are back.
âDesde las ruinas, desde el dolor, intentamos construir lentamente un nuevo futuro: un hogar, una familia, una vida tranquila y amorosa. Esto no es un regreso a lo que fue. Es un comienzo diferente. Heridos, cautelosos, pero valientes. Una decisión diaria de vivirâ, conmueve Arbel.
Porque al final, cuando todo lo demás se rompe âla casa, el cuerpo, el paÃs, la certezaâ queda lo esencial.
Dos chicos que crecieron puerta de por medio.
Dos vecinos que se enamoraron sin darse cuenta.
Dos manos que fueron arrancadas a la fuerza en una calle de Gaza y que, contra toda lógica, volvieron a encontrarse.
El amor no los salvó del horror.
Pero los sostuvo dentro de él.
Y hoy, mientras aprenden otra vez a dormir, a respirar, a confiar, eligen algo que parece simple y es inmenso: volver a apostar por la vida juntos.
Eso también es resistencia.
El dÃa del secuetro, Ariel tapó la boca de Murph, su perra, pero el animal ladró y uno de los terroristas le disparó como si fuera un trámite. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
El dÃa del secuetro, Ariel tapó la boca de Murph, su perra, pero el animal ladró y uno de los terroristas le disparó como si fuera un trámite. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
Eso también es victoria.
Eso también es amor verdadero.
â
Escribinos y contanos tu historia:
[email protected]
@cynthia.serebrinsky
Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
Esta no es una historia de amor más. Durante aquellos días en que el mundo empezó a conocer sus nombres, Arbel y Ariel podrían haber sido una pareja anónima: dos jóvenes enamorados como tantos otros. Pero la violencia los arrancó de la intimidad y los convirtió en emblema.
Seguí la historia de cada uno de los secuestrados. Sin embargo, Arbel siempre me llamaba la atención: algo en ella me resultaba cercano, familiar. Me veía reflejada en las fotos que se difundieron durante su cautiverio, como tía, con su sonrisa y frescura. Tal vez por eso su historia me atravesó de un modo especial.
Escribir sobre ellos no es solo narrar el amor que resistió el horror. Es, también, poner en palabras la emoción de saber que están vivos. Que pudieron reencontrarse. Que, a pesar de todo, el amor prevalece.
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El amor es la alegría de saber que el otro existe.
Ariel Cunio y Arbel Yehoud nacieron y crecieron en el kibutz Nir Oz, en el sur de Israel. Los padres de él se mudaron de Argentina a Israel en 1986 y se instalaron en una casa vecina a la de los padres de ella. El 12 de junio de 1997 cuando nació Ariel –Arbel había llegado al mundo dos años antes–, ya estaban destinados desde la cuna. Compartieron la infancia, los mismos caminos de tierra, los juguetes, las golosinas, el triciclo, los campos abiertos, la vida de una comunidad pequeña donde se respira igualdad, todos se conocen y las historias se cruzan sin esfuerzo.
Durante años fueron simplemente eso: dos chicos del mismo lugar. Hasta que algo cambió. “Sin declaraciones, sin grandes escenas, sin un momento exacto que pudiera marcarse, nos enamoramos”, cuenta Arbel con la voz más dulce del mundo. Fue hacia fines de 2018. Lento, natural, casi sin palabras, como suceden las mejores cosas.
“Al principio, lo mantuvimos en secreto, incluso de nuestros amigos más cercanos”, recuerda mostrando esa sonrisa hipnótica. “Intentamos ocultarlo y nos convencimos de que probablemente no iba en serio”. Ariel estaba por viajar por Sudamérica –se fue con amigos a Argentina y otros países hasta que tuvieron que volver por el covid–, y parecía lógico pensar que esa historia tenía fecha de vencimiento. “Pero nos equivocamos. Nuestro amor solo se profundizó”, afirma con todo el cuerpo. Cuando Ariel regresó, ya no había dudas: “Queríamos estar juntos de verdad”. Se lo contaron a todos y oficializaron su noviazgo. Nadie se sorprendió: “Nuestros amigos se rieron y dijeron que siempre lo habían sabido; sólo estaban esperando que dejáramos de fingir”.
Poco después se mudaron juntos. Adoptaron a Dude, un gatito que todavía vive en el kibutz, “no quiso mudarse”. Construyeron una vida simple y tranquila, con trabajo y amigos, en una casa pequeña y modesta en Nir Oz. Paseaban por los campos, hacían picnics, escuchaban música, bailaban juntos en el living, cocinaban, veían películas y compartían una fascinación por el espacio: “Por las noches, salíamos a observar las estrellas, nos sentábamos en el bar del kibutz y cuidábamos a nuestros sobrinos y sobrinas”, recuerda con una ternura empañada.
Arbel y Ariel soñaban un futuro ahí mismo: “Imaginamos nuestra familia, hijos creciendo en los mismos caminos donde nosotros mismos crecimos, donde pateamos nuestra primera pelota de fútbol, competimos en patinetas y soñamos nuestros sueños”. Una vida hermosa porque era juntos. Parecido a lo que habían creado hacía más de 20 años sus propios padres, en el mismo lugar.
A principios de octubre de 2023, adoptaron una dulce cachorrita y la llamaron Murph. “La vida era hermosa. Calma. Completa”.
Y entonces llegó el 7 de octubre.
“Esa mañana, nos despertamos juntos con el sonido de sirenas y misiles. Corrimos a la habitación segura con la perrita, cerramos la casa con llave y sellamos todo. Enviamos mensajes a nuestras familias, intentando entender qué estaba pasando. Alrededor de las 7 empezamos a oír disparos. Nos dimos cuenta de que había terroristas dentro del kibutz, aunque no teníamos ni idea de cuántos”, relata Arbel y su semblante se ensombrece.
Alrededor de las 8:30, escucharon voces desde su balcón. Arbel le dijo a Ariel que debía ser el ejército, que estaban allí para protegerlos. Segundos después, una explosión enorme. Las voces afuera hablaban en árabe. Ahí entendieron el desastre: “Los terroristas estaban dentro de nuestra casa”.
Ariel Cunio y Arbel Yehoud crecieron juntos en un kibutz del sur de Israel, se enamoraron sin darse cuenta y soñaron una vida simple. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
Ariel Cunio y Arbel Yehoud crecieron juntos en un kibutz del sur de Israel, se enamoraron sin darse cuenta y soñaron una vida simple. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
Se escondieron debajo de la cama. Ariel le pidió que enviara un mensaje a su hermano Dolev y al coordinador de seguridad del kibutz, advirtiéndoles que había terroristas en su casa. Arbel logró mandar el mensaje y, en ese mismo instante, forzaron la puerta del cuarto seguro. Ella tapó la boca de la perrita para que no ladrara y una foto brutal la atravesó: “Puse la mano sobre la boca de Murph para que dejara de ladrar, y una imagen de las historias del Holocausto me vino a la mente: mujeres cubriendo la boca de sus bebés con miedo hasta que se asfixiaban. Tenía miedo de matarla”, dice con una angustia que lastima.
No sirvió de nada. Los encontraron. Dieron vuelta la cama, los arrastraron a la fuerza. Murph ladró y uno de los terroristas le disparó como si fuera un trámite. “Oímos sus gritos de agonía y vimos cómo corría la sangre”, revive con los ojos llorosos.
“Cuatro terroristas nos sujetaron, golpeándonos, gritando e insultándonos, mientras otros dos registraban la casa en busca de armas. Uno de ellos me arrastró del pelo al suelo y me pateó hasta que me rompí dos costillas. A Ariel le golpearon en la cabeza y la parte superior del cuerpo, y le pusieron un cuchillo en el cuello”. Discutían entre ellos si matarlos o secuestrarlos. Fueron minutos eternos. Decidieron llevárselos a Gaza.
Los sacaron a rastras, como se empuja a una bolsa de basura, como se desecha lo que no vale nada. Pasaron por la casa del hermano de Ariel, Eitan, y su esposa, Stav. Estaba completamente envuelta en llamas. No sabían si su familia estaba adentro; si estaban vivos o muertos.
Los cargaron en una moto y justo antes de cruzar la frontera, la moto chocó. Una multitud gazatí se reunió gritando “¡Hay rehenes!” y les volvieron a dar una paliza, mientras el caos se desataba a su alrededor. Un grupo de terroristas de otras organizaciones llegó, luchó contra los combatientes de Hamas Nujba –el grupo de élite de Hamas– que finalmente los metieron en una camioneta y los secuestraron en Gaza.
En el punto de liberación, le dijeron a Arbel que tenía que caminar sola entre la manifestación para que pudieran grabar un video. (Foto: AP)
En el punto de liberación, le dijeron a Arbel que tenía que caminar sola entre la manifestación para que pudieran grabar un video. (Foto: AP)
En la primera casa los despojaron de todo: joyas, ropa, identidad. Los revisaron, los interrogaron, les pidieron nombres, teléfonos, redes sociales. Los vistieron con ropa tradicional y los llevaron a un sótano, donde permanecieron dos horas. Ariel la miró y le dijo: “Nuestra vida terminó. Y si sobrevivimos, no nos quedamos en este país”. Al menos todavía estaban juntos.
Enseguida los subieron a otro vehículo. “Nos sentamos atrás, agarrados de la mano, mientras conducían por las calles de Khan Younis”. De repente, el coche se detuvo. Otro vehículo se puso a la par. Tres terroristas salieron: abrieron la puerta del lado de Ariel, se lo arrancaron y lo subieron al otro auto. “¡No!”, gritó Arbel. “No pudimos despedirnos. Me golpearon y me dijeron que me callara. Vi por la ventanilla trasera cómo el coche en el que viajaba Ariel giraba a la izquierda y desaparecía”.
No volvió a verlo.
El 7 de octubre de 2023 Ariel y Arbel fueron secuestrado por el grupo terrorista Hamas y sometido a más de dos años de cautiverio. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
El 7 de octubre de 2023 Ariel y Arbel fueron secuestrado por el grupo terrorista Hamas y sometido a más de dos años de cautiverio. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
Arbel pasó 482 días en condiciones inhumanas. Sufrió interrogatorios, abusos, amenazas, intentaron que se convirtiera a su religión y se casara con alguien de ellos a la fuerza. Pasó hambre; miedo constante; terror por las explosiones; y condiciones de higiene extremas que le recordaban los testimonios del Holocausto. Sabía que Ariel estaba solo, como ella.
Pero el amor sostiene.
Por unos meses Arbel y Ariel, cada uno desde su prisión, lograron negociar con los terroristas y mandarse algunas cartas: “Recordamos muchas de ellas”. Además, Arbel llevaba un cuaderno que se convirtió en su diario. Su último canto a la esperanza. Hasta que la mudaron de escondite, y la obligaron a moverse rápido y dejar su anotador.
Cuando Ariel volvió a Israel, confirmó lo que ella tanto había esperado: a él lo trasladaron a un nuevo sucucho, y el cuaderno estaba ahí, donde ella lo había escondido para él. “Lo leía todos los días. Se convirtió en su compañero más cercano. Nos había dibujado allí: nuestra boda, la familia que formaríamos, y escribí página tras página sobre cuánto lo amaba y cuánto quería vivir mi vida solo con él”. Una verdadera declaración de amor cuando lo único que le quedaba era su fe.
En junio de 2024, Arbel se enteró por una radio en árabe de que su querido hermano Dolev, considerado rehén hasta entonces, había sido declarado asesinado. Y ahí estaba ella, completamente sola y con el alma destrozada: “Una oleada de dolor abrumador me invadió. No sabía cómo sobreponerme. Mi compromiso con nuestra familia y con la familia de Dolev me dio la fuerza para sobrevivir día tras día”, expresa con resiliencia.
Hasta que el 30 de enero de 2025, luego de 16 meses tortuosos, llegó el día de su liberación: “Me despertaron inmediatamente después de la oración matutina. Estuvimos sentados en el suelo de un hangar helado durante horas. Luego nos subieron a una camioneta y nos llevaron”, recita como quien no quiere volver a aquel momento nunca jamás. La detuvieron varias veces para filmaciones simuladas. Multitudes gritaban su nombre, “¡Arbel, Arbel!”, mientras golpeaban las puertas y la rodeaban. En el punto de liberación, le dijeron que tenía que caminar sola entre la manifestación para que pudieran grabar un video. Una coreografía propagandística. “Recuerdo los gritos, las cámaras, el horror. En el último momento, un trabajador de la Cruz Roja me arrancó de las manos de los terroristas y me metió a empujones en un vehículo”.
Volver no fue volver. “Desde mi regreso, no he vuelto a la vida del todo. En cuanto crucé la frontera y dejé a Ariel atrás, se me partió el corazón. Nos secuestraron juntos, yo salí, y él no. Su hermano, y decenas de personas más, seguían allí”, explica desconsolada lo inentendible. Desde entonces, dedicó su vida para que todos regresaran a casa. Cuando no luchaba, se aferraba a su familia y amigos solo para respirar. No podía dormir por las noches. Al igual que en Gaza, no podía dormir ahora en casa.
Se reunió con dirigentes para explicarles lo que significa estar secuestrado. Habló del peligro de perder la esperanza: “Yo misma intenté suicidarme tres veces. Cada información de las protestas, cada foto de mi familia, cada señal de que alguien luchaba por nosotros me dio fuerzas para sobrevivir”.
Ariel fue liberado después de 738 días de cautiverio. Más de dos años de aislamiento absoluto y supervivencia diaria. Lo mantuvieron solo, en espacios reducidos e improvisados, a veces tan diminutos como su colchón, rodeado de cajas apiladas destinadas a ocultarlo. Sin baño. Sin ducha durante meses. Hambre constante. Miedo permanente a los bombardeos y a la muerte inminente. Sin saber si alguien lo buscaba, si su familia seguía viva, si tenía futuro o si alguna vez saldría con vida.
Para ambos, lo más duro no fue solo la tortura física. Sino también la soledad. Estar solos con los pensamientos, con la desesperación. Él también tuvo momentos en los que la muerte parecía más cercana que la vida: “Lo que lo detenía, una y otra vez, era pensar en mí, en la posibilidad de que nos volviéramos a encontrar, de que aún pudiéramos tener una vida juntos, su familia, nuestros amigos”. A Ariel lo sostuvo pensar en Arbel, imaginar un reencuentro, creer que todavía podía existir un mañana con la mujer de su vida.
La libertad no fue el final. Fue el comienzo de otra batalla: reconstruirse en un mundo que ya no es el mismo. El trauma persiste. El sueño no vuelve. Los miedos aparecen sin aviso. “Vivimos una lucha por recuperarnos en una realidad distinta a todo lo que habíamos conocido. Descubrimos que la rehabilitación es un viaje largo y doloroso. Noches de insomnio. Recuerdos que se niegan a desaparecer. Miedos que surgen sin previo aviso. Estamos aprendiendo de nuevo a vivir, a estar juntos, a confiar en el mundo”, reconoce con valentía.
Su pequeño y dulce hogar en Nir Oz ya no existe. No tienen adónde volver. Hasta que Arbel lo dice todo: “Pero nos tenemos el uno al otro”. Están juntos.
Toda la familia reuida nuevamente tras la liberación. (Foto: GPO)
Toda la familia reuida nuevamente tras la liberación. (Foto: GPO)
Ariel y Arbel regresaron a una realidad que les exige aprender a respirar de nuevo. Caminan despacio, afrontando lo que cambió dentro y fuera de ellos, y juntos intentan reconstruir una rutina, recuperar la confianza y sanar. Buscan, en medio de todo, aquello que resistió.
Hoy también están dando un paso concreto: lanzaron una campaña para reconstruir su hogar y volver a tener un lugar propio donde empezar otra vez. No se trata solo de levantar paredes, sino de recuperar una mesa compartida, una cocina encendida, una habitación sin miedo. Quienes deseen acompañarlos en ese proceso pueden hacerlo a través de esta iniciativa solidaria: Ariel & Arbel are back.
“Desde las ruinas, desde el dolor, intentamos construir lentamente un nuevo futuro: un hogar, una familia, una vida tranquila y amorosa. Esto no es un regreso a lo que fue. Es un comienzo diferente. Heridos, cautelosos, pero valientes. Una decisión diaria de vivir”, conmueve Arbel.
Porque al final, cuando todo lo demás se rompe —la casa, el cuerpo, el país, la certeza— queda lo esencial.
Dos chicos que crecieron puerta de por medio.
Dos vecinos que se enamoraron sin darse cuenta.
Dos manos que fueron arrancadas a la fuerza en una calle de Gaza y que, contra toda lógica, volvieron a encontrarse.
El amor no los salvó del horror.
Pero los sostuvo dentro de él.
Y hoy, mientras aprenden otra vez a dormir, a respirar, a confiar, eligen algo que parece simple y es inmenso: volver a apostar por la vida juntos.
Eso también es resistencia.
El día del secuetro, Ariel tapó la boca de Murph, su perra, pero el animal ladró y uno de los terroristas le disparó como si fuera un trámite. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
El día del secuetro, Ariel tapó la boca de Murph, su perra, pero el animal ladró y uno de los terroristas le disparó como si fuera un trámite. (Foto: gentileza Ariel Cunio y Arbel Yehoud)
Eso también es victoria.
Eso también es amor verdadero.
–
Escribinos y contanos tu historia:
[email protected]
@cynthia.serebrinsky
Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.