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22 de abril de 2021

Qué son las emisiones de dióxido de carbono y por qué es vital reducirlas antes del 2050

Los gases de efecto invernadero son necesarios para la vida. Sin embargo, en exceso se convierten en un peligro. Cómo revertir la situación y la importancia del compromiso político

La crisis climática no cesa. A los récords de temperatura que se registran año a año y mes a mes, se sumó en los últimos días una marca que preocupa y mucho: la concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera. Este gas, el más importante de los denominados de efecto invernadero, es fundamental para la vida. Si no existiera una capa en la atmósfera que absorbiera los rayos del sol luego de que rebotan en la Tierra, estaríamos congelados.

Sin embargo, la concentración acelerada de esta molécula, especialmente rampante luego de la revolución industrial, ahora provoca un potencial peligro para la especie humana y para los ecosistemas con los que convive.

¿Cómo es esto? En una isla de Hawai, en el medio del Pacífico, hay un volcán que se llama Mauna Loa. Allí, a 3400 metros de altura, existe una estación meteorológica que viene monitoreando las concentraciones de CO2 desde 1950. Cuando empezaron a medirlas, el promedio de concentraciones era de 350 partes por millón (ppm). Ya habían registrado un aumento sideral respecto del que existía previo a la revolución industrial, que era de 278 ppm. La mala noticia, hace poco más de una semana ese registro llegó a 421 ppm.

Como se dijo, esta capa, que es necesaria para la vida, se vuelve cada vez más gruesa y mantiene el calor generando que ese efecto invernadero sea poco a poco potencialmente dañino.

El CO2 existe en la naturaleza, pero las actividades humanas, especialmente los combustibles fósiles (gas, petróleo y carbón), la deforestación y la agricultura exacerban esa generación.

¿Y qué tienen que ver los bosques y los océanos en todo este proceso? Es que ellos absorben parte de esos gases, en caso contrario las concentraciones serían todavía más grandes. Sin embargo, cuando eliminamos bosques —como sucede en la Argentina, que pierde un promedio de 150.000 hectáreas al año, según los monitoreos que hace Greenpeace—, reforzamos aún más los efectos negativos sobre el calentamiento del clima. Los troncos de los árboles capturan carbono, ergo, cuando los cortan y los queman liberan ese gas y, por supuesto, dejan de absorberlo.

En este punto, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), sostiene que se necesita una reducción del 45% de las emisiones de gases de efecto invernadero de aquí a 2030 para evitar un calentamiento catastrófico y actualmente la ambición de los países solo alcanzará para disminuirlas un 1%.

Esos planes de disminución de producción de gases son las que se presentaron como parte del Acuerdo de París, firmado por más de 200 países, en 2015. La Cumbre de Líderes que se celebra hoy es un evento muy esperado ya que varios países, especialmente los más contaminantes como China, Estados Unidos y el Reino Unido van a anunciar nuevas metas que aparecen como muy ambiciosas que las que presentaron en 2015.

Ante la urgencia planetaria apareció un nuevo desafío: las promesas denominadas Net Zero para 2050 o, en algunos casos, un poco antes.

Estos compromisos no sólo hacen los países sino también miles de empresas en el mundo, que ya han empezado a presentar sus iniciativas, desplazando así huecas promesas sobre sustentabilidad y las acciones individuales. Porque, claramente, la salida es colectiva. No alcanza, aunque es saludable, con que recicle tapitas si después consumo una palta que viajó miles de kilómetros, en la que se usaron miles de litros de agua y por la que se desplazó una comunidad originaria. Aquí la coherencia se vuelve más complicada.

El concepto de “cero” significa un cambio radical en toda la economía, eliminando los combustibles fósiles y otras fuentes de emisión siempre que sea posible. Por lo demás, cada tonelada de CO2 que se emita debe ser igualada por una tonelada que eliminemos de la atmósfera.

Hasta ahora, los expertos dicen que hemos hecho lo más fácil: la electricidad renovable generada ha bajado de precio y ya está superando a los combustibles fósiles en algunos países. Pero luego las cosas se complican, porque la energía que va y viene con el clima debe ser almacenada con algo más constante como los biocombustibles, o la energía nuclear. Probablemente también se necesitarán sistemas de redes inteligentes y formas de almacenar la electricidad, como plantas de baterías gigantes. Esta tecnología aún no está disponible en su totalidad, pero el sector de la energía es el que más fácilmente se podría sustituir.

La calefacción, el transporte marítimo y los procesos industriales son más difíciles de descarbonizar, pero hay innovaciones tecnológicas, algunas no tan sofisticadas, que nos ayudarán en esa tarea. También están los aviones y las vacas. Los vuelos con energía renovable aún no son posibles, y el consumo de carne de vacuno implica mayores emisiones de metano, que es otro de esos gases que genera el calentamiento. Y mucho.

Pero cambiar todo esto tampoco alcanza. Y, en muchos casos, se pueden ver como falsas promesas o greenwashing, especialmente de parte de las empresas. Esto ocurre porque será necesario contar con emisiones negativas para alcanzar el objetivo de cero emisiones netas, tendremos que absorber literalmente el exceso de CO2 de la atmósfera. La forma obvia es con árboles y plantas, que lo hacen de todas formas.

Eso significa convertir vastas áreas de tierra en bosques y humedales, así como buscar otras formas naturales de secuestro de carbono. Una idea es la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono: los cultivos energéticos, como el maíz, absorben el carbono mientras crecen. Luego los quemamos (generando energía que podemos utilizar), capturando el carbono que emiten, para que pueda ser enterrado o reciclado en lugar de volver a la atmósfera. Pero esto requeriría tanta tierra agrícola que podría amenazar la seguridad alimentaria.

Es evidente que toda explotación de combustibles fósiles, incluidas las de fracking, como Vaca Muerta en Argentina, no deberían estar en los planes de nadie. No sólo porque necesitan de subsidios para conseguir rentabilidad sino porque la ventana de oportunidad del mercado es cada vez más pequeña, que todo lo que se invierta hoy puede tener valor cero en muy pocos años. Serán caños inútiles y territorios arruinados.

Hay otras formas de capturar carbono, pero aparecen aún como películas de ciencia ficción. Se trata de proyectos piloto, y se ha utilizado sobre todo en centrales eléctricas de combustibles fósiles o para capturar emisiones industriales. Y luego está la captura directa en la atmósfera, que separa el CO2 del aire que nos rodea, pero está en fases de desarrollo aún más tempranas.

El año objetivo de 2050 es una negociación entre lo necesario y lo posible. El IPCC afirma que si se reducen las emisiones globales a cero neto, todavía podremos mantener el calentamiento por debajo de 1,5 grados. Si acabamos con cero emisiones netas en 2070, todavía podemos esperar que no haya más de 2 grados.

Por el momento, la suba promedio de la temperatura global ya llegó a 1.2ºC. Por eso es que hay tanta expectativa sobre los nuevos anuncios de los líderes en el Día de la Tierra. El compromiso que asuman en sus economías y formas de vida será determinante.

Diez soluciones para reducir los gases de efecto invernadero

1) Reducir progresivamente las plantas de carbón

2) Inversión en energías limpias y eficientes

3) Modernización de edificios

4) Descarbonizar cementos, aceros y plásticos

5) Cambiar a vehículos eléctricos

6) Incrementar el transporte público

7) Descarbonizar aviones y barcos

8) Detener la deforestación

9) Reducir la pérdida y el desperdicio de alimentos 

10) Comer más vegetales y menos carne 

//Infobae 

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