La tartamudez no se reduce a repeticiones, bloqueos o prolongaciones de sonidos. También puede estar acompañada por frustración, vergüenza, miedo a hablar y situaciones evitadas.
En su familia también había antecedentes: su abuelo, su mamá, uno de sus hermanos y algún tío tartamudeaban. Era algo conocido dentro de su entorno, pero eso no hizo que resultara sencillo aceptarlo. “Me molestaba. Y mucho”, cuenta.
Durante años, hablar podía convertirse en una fuente de frustración. Muchas veces evitaba situaciones por miedo a trabarse y, aunque con su grupo de amigas se sentía cómoda porque ya la conocían, la idea de estudiar una carrera universitaria volvió a poner sobre la mesa muchas inseguridades.
“¿Voy a poder? ¿Voy a aprobar? ¿Cómo me van a mirar los demás? ¿Se van a burlar de mi forma de hablar?”, recuerda haberse preguntado.
Un camino de tratamiento, aprendizaje y aceptación
A los 21 años comenzó tratamiento con una fonoaudióloga especialista en tartamudez. También participó de un congreso dedicado al tema, una experiencia que describe como un encuentro directo con aquello que durante mucho tiempo le había costado aceptar. “Era encontrarme cara a cara con mi gran perro negro: la tartamudez”, expresa.
Clara y su familia. (Imagen: Clara Sotelo Vionnet)
La dificultad para reconocerse como una persona que tartamudeaba era tan grande que, al momento de acreditarse en el congreso, eligió la fila destinada a estudiantes de carreras y no la de personas que tartamudeaban.
Hoy, al recordarlo, entiende cuánto le costaba aceptar esa parte de su historia. Durante cuatro días escuchó testimonios de vida, especialistas de distintos países y profesionales dedicados al tratamiento de la tartamudez.
Con el tiempo, logró un habla más cómoda y una mayor fluidez. “La tartamudez en la adultez no desaparece, pero es posible trabajar para comunicarse con mayor comodidad”, señala.
Y agrega una idea que para ella terminó siendo central: “Lo importante es poder comunicar lo que uno tiene para decir, sin importar la forma en que lo diga”.
Cuando la historia vuelve desde otro lugar
Cada vez que escuchaba a su hija tartamudear, no aparecía solamente la preocupación del presente. También regresaban recuerdos propios.
“Sentía un nudo en la garganta. No solo escuchaba su habla: también aparecían mis propios recuerdos, mis frustraciones y todo lo que alguna vez me había dolido”, cuenta.
La diferencia es que ahora siente que tiene otras herramientas, otra mirada y otra historia. Con detección y tratamiento temprano, su hija está logrando una mayor fluidez y un habla más cómoda. “Sé que voy a estar para ella cuando me necesite y puedo entenderla más que nadie”, expresa.
Lo que muchas veces no se ve
El 22 de octubre busca justamente poner en primer plano todo aquello que suele quedar oculto. Cuando se habla de tartamudez, muchas veces solo se percibe la parte visible: repeticiones, bloqueos y prolongaciones de sonidos.
Pero debajo de esa manifestación puede haber emociones, pensamientos, miedo, frustración, vergüenza y situaciones que la persona aprendió a evitar por temor a la reacción de los demás.
Por eso, además de consultar con una fonoaudióloga especializada y tener en cuenta la importancia de la detección y el tratamiento temprano, hay algo que cualquiera puede hacer en una conversación cotidiana.
- Mirar a la persona.
- Escucharla.
- Darle tiempo.
- Mostrar interés por lo que quiere decir.
Sin apurarla, sin completar sus palabras y sin convertir su forma de hablar en el centro de la conversación. Porque, como resume este testimonio, una persona es mucho más que su fluidez.