Antes de los tacos aguja, de las plumas, de las luces de la revista, de las cámaras de televisión y de esa manera tan particular de entrar a un escenario como si éste le perteneciera desde siempre, hubo una niña llamada Ana María Casanova.
Una niña que creció entre el olor de una huerta, el perfume de un sabayón preparado por su abuela, la música clásica que sonaban en su casa, las clases de danza y piano, los veranos en Mar del Plata y los abrazos enormes de un padre que la sostenía mientras una ola los cubría en el mar.
Mucho antes de que el público conociera a Moria Casán, existió Ana María. Y en esa infancia, hecha de recuerdos luminosos y también de heridas que tardaría muchos años en poder nombrar, estaban algunas de las claves de la mujer que después construiría una vida a su medida.
Ana María nació un 16 de agosto, a las nueve de la mañana, en el Hospital Militar Central, en Belgrano. Era hija única y sus padres eligieron llamarla Moria desde el comienzo. El nombre quedó unido a ella para siempre, mucho antes de que pudiera imaginar que terminaría convirtiéndose en una de las identidades más reconocibles del espectáculo argentino.
Criada en el oeste del conurbano bonaerense, en José Ingenieros, partido de Tres de febrero, en su casa había afecto, disciplina y una educación que desde temprano la acercó al arte. Pero también existía ese otro territorio fundamental en la vida de cualquier niño: el de los abuelos, las tardes interminables y esas pequeñas escenas familiares que, con los años, adquieren una importancia que nadie puede medir cuando están ocurriendo.
Primer plano de una niña con cabello oscuro, flequillo, diadema, flores en el cabello, pendientes y vestido
Una joven Moria Casán posa con un vestido de baile y adornos florales en el cabello en una fotografía de antaño.
En ese mapa sentimental hubo una figura que quedó especialmente marcada: su abuela Gerónima, la madre de su padre. Fue ella quien, según el recuerdo de Moria, dejó una huella particular. Esa mujer tenía los ojos celestes, casi transparentes, comparables en su intensidad con los de un perro husky, rememoraría. Vivía en Coronel Granada, un pequeñ pueblo de la provincia de Buenos Aires, y allí la infancia adquiría otro ritmo, mucho más ligado a la tierra y a las cosas simples.
Con ella, la pequeña Ana María conoció una parte de la vida que estaba lejos de las luces de Buenos Aires. La abuela la llevaba a la huerta y le enseñaba a cosechar remolachas y rabanitos. La mandaba al gallinero a buscar huevos. Le explicaba cómo se ordeñaba una vaca. Le mostraba, en definitiva, un mundo en el que las cosas no aparecían terminadas sobre una mesa: había que sembrarlas, cuidarlas, esperar y después recogerlas.
Gerónima se lo preparaba para ella y ese ritual quedó asociado a una infancia atravesada por los sabores, la tierra y el cariño. No era solamente la comida. Era el tiempo compartido. Era la sensación de estar con alguien que tenía un mundo propio y que, durante unas horas, se lo entregaba a esa niña.
La otra abuela, Magdalena, era de La Pampa, pero un tiempo se mudó con su familia a la casa de la futura diva, y allí el vínculo tenía otra dinámica. Era una mujer a la que Moria recordaría como cariñosa y, al mismo tiempo, con un carácter fuerte. Sufría diabetes y la niña la observaba todas las mañanas inyectarse la insulina. Hay imágenes de la infancia que no necesitan explicación.
Magdalena estaba casi siempre sentada y vestida de negro. Tenía una piel muy blanca, ojos azules y el pelo completamente blanco. La enfermedad formaba parte de la rutina doméstica y la pequeña asistía, en silencio, a esos rituales cotidianos que le permitían comprender que incluso los adultos que parecían invencibles también tenían fragilidades.
Entre ambas abuelas existía una diferencia que Moria conservó en su memoria. Gerónima quedó asociada a la tierra, a la cocina, a la huerta, a los animales y al contacto con la naturaleza. Magdalena, en cambio, estaba ligada a la casa, la televisión y las novelas que seguía con una devoción que la niña nunca terminó de compartir. La televisión todavía no era el lugar de Moria. Pero, sin saberlo, ella ya estaba aprendiendo a mirar a los demás.
También quedó grabada la figura de su abuelo Bartolomé. Era un hombre de una inteligencia singular, casi artesanal. La diva lo recordaría como una especie de gran matemático capaz de convertir el paso del tiempo en un juego de observación. Construía relojes de cemento y los distribuía en diferentes sectores. La hora podía conocerse según la manera en que la luz del sol incidía sobre ellos.
Aquella imagen tiene algo profundamente cinematográfico: una niña recorriendo el universo de su abuelo, mirando cómo el sol se desplazaba sobre objetos que él mismo había construido y descubriendo, quizás sin saberlo, que el tiempo podía medirse de muchas maneras.
Su padre, Juan Casanova, era oficial del Ejército. Era un hombre de una presencia física imponente, de más de un metro noventa y cinco, y un gran nadador. De hecho, uno de los recuerdos más poderosos de aquella relación transcurrió en Mar del Plata.
Era la primera vez que la menor se acercaba al mar. Su padre se levantaba temprano para nadar y ella lo acompañaba. En una de aquellas jornadas entraron juntos al agua. Una ola los cubrió mientras él la abrazaba.
Y si la abuela Gerónima le había enseñado el lenguaje de la tierra, su padre comenzó a mostrarle otro: el del arte. La llevaba al Teatro Colón. La acercaba al ballet. Iban al anfiteatro de Agronomía. En la casa sonaba música clásica desde la mañana hasta la noche. La niña escuchaba, miraba, aprendía.
Todavía no sabía que algún día sería ella quien estaría bajo las luces, pero el escenario ya había comenzado a formar parte de su educación sentimental.
Su madre, Rosa Faga, había sido actriz vocacional y profesora de labores antes de casarse y dedicarse al hogar. En la familia existía además una particular atención por la belleza y el cuidado personal.
De aquellos años quedó una escena extraña y fascinante. Durante los veranos, su madre cubría el cuerpo de la pequeña con barro y la dejaba secarse al sol. El barro se endurecía sobre su piel y luego era retirado con agua tibia y una toalla. Primero estaba la transformación. Después, la limpieza. Finalmente, la piel volvía a quedar libre.
Con los años, aquella escena adquiriría una dimensión casi simbólica. Porque Moria terminaría haciendo de la transformación una de las grandes características de su vida: cambiar de piel, reinventarse, construir un personaje y después volver a desmontarlo.
Pero antes de eso estaba la niña, esa que también aprendía a bailar. En el Club Unión Argentina de Ciudadela comenzó a frecuentar espacios vinculados con el baile. Todavía no existía una carrera diseñada ni una formación académica perfectamente trazada. Lo que aparecía era algo mucho más instintivo: una conexión temprana con el cuerpo, con el ritmo, con el movimiento y con esa necesidad de expresarse frente a los demás.
La danza no llegó primero como profesión, llegó como impulso, como juego, una manera de estar en el mundo. Y esa conexión se volvió cada vez más fuerte.
Moria pasaba largos momentos frente al espejo inventando coreografías. En los cumpleaños familiares, cuando le pedían que bailara, desaparecía durante unos minutos y regresaba preparada para actuar, con la ropa adecuada y las zapatillas de punta.
El escenario todavía era doméstico, el público estaba compuesto por familiares y las luces podían ser imaginarias, pero la escena ya existía.
Hasta sus juegos tenían una estructura teatral. En una de sus fantasías infantiles representaba su propia muerte. Se hacía la muerta, una amiga asumía el papel de marido, aparecían las flores y el llanto, y después llegaba el momento de resucitar.
La tragedia duraba lo que duraba el juego. Después había que volver a vivir. Quizá haya algo de eso en toda la historia posterior de Moria Casán: la capacidad de atravesar el drama y transformarlo en otra cosa.
En su infancia también estaba la estudiante. Cursó la primaria en la Escuela N.º 13 de Villa Devoto y fue una alumna destacada. Estudió danza, danzas españolas, piano e inglés. Llegó a recibirse de profesora de piano junto con una prima y continuó rindiendo exámenes en el Conservatorio Santa Cecilia.
No era solamente una niña que soñaba frente al espejo, también era disciplinada, estudiosa, exigente consigo misma. A los doce años, además, apareció otra de las características que terminarían definiendo su vida: la independencia.
Durante una salida de compras con su madre vio unas zapatillas amarillas que quería tener. Pero no quiso esperar. Decidió conseguir el dinero por su cuenta.
Pidió que transformaran el garaje de su casa en un pequeño estudio de danza. Quiso una barra, espejos y hasta un cartel que la presentara como profesora de danzas clásicas españolas. Todavía no tenía el título, pero ya tenía iniciativa.
Una mujer joven con cabello rizado oscuro y corto está sentada leyendo un libro abierto, vestida con una camisa y un chaleco
Una joven Moria Casán, con cabello oscuro y rizado, aparece sentada mientras lee un libro que sostiene con ambas manos.
Comenzó a dar clases de danza y gimnasia y consiguió sus primeros ingresos. La escena parece pequeña: una niña, un garaje, unos espejos, una barra, algunos alumnos. Pero había algo enorme detrás de esa decisión: la idea de que podía construir su propio camino. No pedir, hacer. No esperar, buscar. Ese principio la acompañaría durante toda su vida.
La adolescencia llegó con nuevos descubrimientos. A los ocho años había tenido su primer novio, un compañero de escuela con quien intercambiaba cartas y pequeños gestos de afecto hasta que una maestra los descubrió.
Más adelante, a los catorce, inició otra relación con un joven que se había mudado frente a su casa, pero el amor nunca pareció desplazar su necesidad de libertad.
Mientras cursaba el secundario en el Liceo N.º 12 de Caballito, podía ser popular y participar de actividades con sus compañeros, pero también conservaba una distancia propia. No le interesaban demasiado algunos rituales de la adolescencia. Incluso decidió no participar del viaje de egresados a Bariloche. Podía estar en el centro, pero no necesitaba pertenecer. Esa contradicción sería parte de ella para siempre.
Al terminar el secundario, la familia imaginó para ella un camino diferente. Había abogados en su entorno y comenzó a estudiar Derecho en la Universidad de Buenos Aires, pero la carrera duró apenas dos años. La vida tenía otro plan.
Libreta estudiantil abierta de la Universidad de Buenos Aires con la foto de una mujer, su nombre Ana María Casanova y un sello de 1973
La libreta estudiantil de Ana María Casanova, conocida como Moria Casán, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, con su foto de 1973.
En 1968, durante una función en el Teatro Nacional, un amigo la presentó a quien entonces era el coreógrafo. Él reparó en ella y le hizo una propuesta. Fue así que a los pocos días, aquella joven que había estudiado piano, danza, inglés y a las 9 de la mañana había asistido a una clase de Derecho, 12 horas después debutaba como figurita en la revista Cuando abuelita no era hippie, junto a Zulma Faiad y Adolfo Stray.
La puerta que había estado buscando sin saberlo finalmente apareció y ella entró. El Derecho quedó atrás y la revista apareció adelante. Así las cosas, el 2 de agosto de 1973 debutó como primera vedette en el teatro Cómico (ahora, Lola Membrives)
Después llegarían la televisión, las giras, la comedia, los grandes escenarios y una carrera que terminaría convirtiéndola en una figura imposible de ignorar.
Pero había una parte de esa infancia que permanecía en silencio. Moria también contó que durante su niñez sufrió abusos sexuales por parte de su abuelo paterno, Antonio Bautista. Según su reconstrucción, comenzaron cuando tenía alrededor de ocho o nueve años y se prolongaron durante un período de su infancia. Sus padres no llegaron a saberlo.
Esa experiencia forma parte de la historia de una niña que también tuvo momentos de felicidad, vínculos familiares profundos y una educación que estimuló su independencia y su relación con el arte.
Una mujer con cabello largo y oscuro y un vestido negro sin mangas posa sobre un fondo gris liso. Su brazo derecho está estirado y su espalda descubierta.
Moria Casán en una de las imágens para la revista Siete Días, en su debuit como primera vedette, en 1973 (Mágicas Ruinas)
No hay una sola explicación para Moria. No existe una única escena capaz de explicar una personalidad tan compleja.
Están las heridas, pero también están la huerta de Gerónima, los rabanitos, las remolachas, los huevos del gallinero, el aprendizaje de ordeñar, el sabayón de cada tarde.
Está Magdalena sentada frente al televisor, vestida de negro, con su piel blanca y su pelo blanco, mientras la pequeña observaba los rituales de su enfermedad.
Está Bartolomé y sus relojes de cemento, midiendo el tiempo con la luz. Está el padre en el mar, está la madre cubriéndola de barro bajo el sol. Está el piano, el espejo, el garaje, la barra de danza y las zapatillas amarillas que una niña decidió comprar con su propio esfuerzo.
Y está aquella muchacha que, cuando apareció una oportunidad inesperada, tuvo el coraje de abandonar Derecho para entrar a un escenario.
Una mujer que creció entre la tierra de una huerta y las luces imaginarias de un escenario, que aprendió de sus abuelas el valor de las pequeñas cosas.
De su padre, el arte y el refugio, de su madre, algunos de los rituales de belleza, de la danza, el lenguaje del cuerpo.
Y de la vida, demasiado temprano, la necesidad de resistir. Después llegarían los tacos, las plumas, los flashes, los teatros llenos, la televisión, los amores, los escándalos, la fama. Y finalmente ese nombre que terminaría siendo suficiente para saber de quién se hablaba: Moria.