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7 de Agosto de 2026
INTERES GENERAL
7 de agosto de 2026
Se acerca el momento de expandir nuestra mirada a otras dimensiones de la convivencia en las que podemos encontrar formas de pensar y de obrar más dignas de nuestra calidad de personas
Evangelio quiere decir buena noticia y hay una buena noticia para la Argentina y para los argentinos: viene a visitarnos el Papa. Desde que se anunció el viaje apostólico de León XIV, ya constituyen una multitud los que inauguraron una nueva expectativa: la de ser anfitriones de un personaje singular que ejerce una paternidad común en más de 1400 millones de cristianos.
La única vez que un Papa vino a la Argentina, Messi todavía no había nacido. Como se ve, no se trata de un acontecimiento frecuente en nuestra historia. De hecho, y a diferencia de otros países, la Argentina ha recibido la visita de un solo pontífice romano en toda su historia: Juan Pablo II. Fue hace casi cuatro décadas, cuando en miles de gargantas criollas se expandía un estribillo que exultaba: Juan Pablo II/ Te quiere todo el mundo.
Si se busca un antecedente, en 1824 visitó estas tierras Giovanni Mastai Ferreti, futuro Pío IX, y en 1934 lo hizo Eugenio Pacelli, quien cinco años más tarde, en 1939, asumió el pontificado como Pío XII. Mastai fue miembro de una misión para regularizar las iglesias americanas y Pacelli fue legado papal al congreso eucarístico internacional celebrado ese año, que fue también una explosión de la fe del pueblo.
El Legado Pacelli, futuro Pío XII, con el presidente Justo en el congreso de 1934
Algunos países en cambio han gozado de la ocasión de ser varias veces anfitriones de los sucesores del apóstol Pedro. El mismo papa Wojtyla estuvo cinco veces en España, que ha sido visitada hace pocos días precisamente por León XIV, y Benedicto XVI ha estado también allí otras tres, sin contar sus viajes anteriores al pontificado.
Nosotros hemos recibido dos visitas de Juan Pablo II, cuyo pontificado fue récord en viajes por todo el mundo. El papa Wojtyla vino inesperadamente la primera vez en 1982 con motivo de la guerra de Malvinas.
Sucedió en horas dramáticas de las postrimerías de la dictadura militar, siendo presidente Leopoldo Galtieri, fuertemente cuestionada ya en ese entonces en el ámbito internacional por las violaciones a los derechos humanos. El Papa era un padre que venía a compartir el dolor de la guerra con sus hijos argentinos.
Juan Pablo II saluda a la multitud desde la Casa Rosada en la primera visita de un Papa a la Argentina en el año 1982
La segunda aconteció en 1987 durante el gobierno de Raúl Alfonsín, mientras la sociedad discutía la sanción del divorcio vincular y estaba en ciernes una reforma educativa de alcance nacional que se temía pudiera afectar la libertad o la autonomía de las instituciones privadas, en primer lugar las de la Iglesia católica.
Ambas temáticas, además de constituir claves de la organización de una comunidad humana, señalaban entonces un punto de tensión entre el gobierno y la Iglesia. En ese mismo año Robert Prevost, futuro León XIV, comenzaba su labor misionera en Perú.
La primera fue una visita fugaz, cuando el Sumo Pontífice vino como peregrino de la paz a estar junto a los argentinos en un momento de extremo sufrimiento. La segunda fue muy extensa y el Papa recorrió la Argentina en una verdadera maratón apostólica.
Fueron días de una gran emoción. Recuerdo que poco antes de regresar a Roma, Juan Pablo II mantuvo un encuentro con intelectuales en el Teatro Colón, en el que me impresionó su generoso elogio a la educación pública, algo de lo que los argentinos siempre nos hemos sentido orgullosos.
La ley que la instituyó en el último tercio del siglo XIX, al limitar la enseñanza religiosa en las escuelas estatales, había sido tradicionalmente objeto de críticas por parte de los católicos. Sin embargo, en este rubro la Argentina se ha destacado como un país de gran alfabetización debido a esta misma norma legal, y me resultó muy grato el leal reconocimiento del ilustre visitante.
Juan Pablo II junto al Presidente Raúl Alfonsín en la Casa Rosada
¿Por qué el papa León viene ahora a visitarnos? Sería su séptima salida al exterior (incluyendo las de San Marino y Francia). Como los anteriores, tampoco este viaje responde a una estrategia política, y no hay que reinterpretar como tal cualquier referencia que pueda hacer el Pontífice, como aconteció cuando Juan Pablo II expresó su preocupación por las consecuencias sociales de las políticas gubernamentales de su tiempo.
No es que nunca haya habido en la historia intromisiones de los Papas en la vida política, lo que constituye el vicio de clericalismo, pero muchas veces se invocan estos malos ejemplos para silenciar la misma misión de la Iglesia en la sociedad. Conviene puntualizarlo porque suelen abundar visiones prejuiciosas y equívocas en la materia, y es probable que vuelvan a reiterarse con motivo de la visita.
Las mentalidades laicistas mantienen aún hoy un enfoque reduccionista del mensaje evangélico, casi siempre limitado a una perspectiva individualista y centrada en una dimensión puramente espiritual y desencarnada de la vida de los hombres. Por eso cualquier referencia a la organización de la vida social es tachada de intromisión indebida en la política. Esta actitud evidencia una negación de la libertad religiosa.
Ven así a la Iglesia limitada solamente a las realidades ultraterrenas y ausente de todas las contingencias humanas, como si ocuparse de ellas fuera algo ajeno a su propio cometido. Estas miradas críticas desatienden una verdad esencial que consiste en que el Dios cristiano es precisamente un Dios encarnado.
Olvidan en definitiva estas sensibilidades que lo que sucede en este mundo terrenal posee una íntima e intrínseca relación con la vida que comienza después de la muerte, o mejor dicho que la existencia humana es una sola en dos partes y no dos compartimentos completamente separados y estancos. Por este motivo ellas han puesto en cuestión la libertad de evangelización de la Iglesia sobre la entera sociedad, que forma parte del derecho fundamental a la libertad religiosa.
De otra parte, la clase política suele mirar con prevención el magisterio de los Papas porque significa un límite a su soberanía irrestricta. A muchos políticos les cuesta aceptar la idea de que uno no puede hacer lo que quiere sin importarle nada más que conseguir un objetivo. Este concepto tiene un germen claramente autoritario e incluso totalitario.
El Papa tiene la rara virtud de llamar a las cosas por su nombre, dice lo que tiene que decir con un tono muy propio de su talante reposado, pero al mismo tiempo de un modo no menos firme. El sereno y ponderado estilo personal de León no es dictaminar si tiene razón el gobierno o la oposición y menos repartir excomuniones, pero es claro que toda acción humana es pasible de una calificación ética, también las propiamente políticas.
Él tiene muy presente que hay ocasiones en que existe un deber moral de hablar y es evidente que no está dispuesto a callarse por motivos políticamente correctos. Pero al Papa no le interesan primariamente los gobiernos, las estructuras o las ideologías, le interesan las personas.
Cada vez que un Papa pronuncia un discurso en un parlamento, el gobierno, pero también la oposición, ambos en una actitud un tanto superficial y hasta infantil, intentan mostrar que las referencias críticas no les alcanzan y procuran identificarse con las laudatorias. Esta situación algo infantil pareció reflejarse en el reciente discurso del Papa en el Congreso español, donde fue aplaudido en forma unánime por la totalidad de las facciones políticas durante siete minutos.
No faltarán los intentos de adueñarse de la visita llevando agua para su molino mediante una manipulación del discurso papal, pero una lectura ideológica del viaje daría un resultado grotesco porque sería como mirar al pontífice reflejado en esos espejos que había en los parques de diversiones de antaño, que nos devolvían imágenes deformes y graciosas de nosotros mismos.
Lo cierto es que, de ordinario, en una homilía de los pontífices, y aunque el interés de ellas se dirija al bien de concretos seres humanos, no hay sin embargo referencias a personas o instituciones determinadas, puesto que el magisterio se remite a trazar unos principios que fundamentalmente buscan resguardar la dignidad de cada persona, y después, al que le quepa el sayo que se lo ponga, así de sencillo.
Existe una hipersensibilidad sobre la palabra de los Papas, porque hay una tendencia a reinterpretarlas en clave política, pero la doctrina social de la Iglesia posee una perspectiva teológica y ética, y omitir este dato asignándoles un carácter político partidario puede llevar a conclusiones divorciadas de la realidad. La materia puede ser política pero la perspectiva es siempre moral.
El de los pontífices es un discurso muchas veces de tono exhortativo que no responde a pretensiones de poder sino a objetivos más altos: el bien de la persona y el de los pueblos de la entera sociedad humana. Por eso el lema de la comentada visita a España, que sorprendió en su afianzada organización, por la calidad de las alocuciones del ilustre visitante y por la respuesta más que multitudinaria del pueblo español, fue: alzad la mirada.
En España el papa fue ovacionado durante siete minutos en el congreso de los diputados
Esta misma dimensión moral es la que acredita trazar valoraciones por ejemplo sobre la justicia. La llamada denuncia profética, que es identificar o señalar el mal, forma parte del magisterio meramente auténtico de la Iglesia, al que no ha renunciado en toda su historia porque forma parte de su misión.
Hay que tener valentía para plantarse ante los poderosos, pero cuando hay un deber de hablar, asentir con un silencio es también aprobar, y son circunstancias en la que callar puede comprometer en materia grave a la conciencia e incluso hasta ser interpretado como una complicidad con el pecado.
Uno de los argentinos que más han conocido la Santa Sede y su relación con el Estado argentino, Pedro José Frías, ha observado que los viajes pontificios provocan expectativas, desilusiones y a veces cólera. Pero siempre han sido momentos de evangelización con las dimensiones de nuestro tiempo. Sus sabias reflexiones también son aplicables en la presente ocasión.
El papa León acaba de darnos una inmejorable lección de humanidad en su reciente encíclica Magnifica Humanitas, que es una verdadera carta magna de la dignidad humana. Su importancia crece en momentos en que la doctrina social de la Iglesia es objeto de las más groseras diatribas, identificándola incluso con el comunismo.
El escritor Ernesto Sábato, una de las personalidades literarias de mayor significación de nuestra cultura, al que caracterizó un claro sentido humanista, escribió en una carta fechada en junio de 1992 que atesoro como una verdadera joya: “Se olvidaron de las grandes encíclicas de papas como Juan XXIII y Pablo VI. Y los que decimos estas verdades somos ‘zurdos’ y enemigos de los grandes valores ‘occidentales y cristianos’”, Palabras proféticas cuya actualidad no puede ser mayor.
Hay en nuestro horizonte un motivo de alegría. Con esta visita adviene una esperanza: el bien es arduo pero es posible, no es un ideal utópico. En el canon de la misa se exhorta a los fieles: ¡arriba los corazones! que es un cántico de júbilo ante la inminencia de la consagración eucarística. Ese canto se hará presente entre nosotros de una manera especial en noviembre: Argentina, canta y camina.
Pronto vamos a poder ver al Papa recorriendo las calles y parajes rurales de nuestra atria. Nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos celebrando con los demás el sentido que irradian, acaba de decir el papa León durante su visita española. Tal vez estos conceptos sean también de provecho para nosotros los argentinos.
El papa León XIV en el Congreso español
Hemos asistido a una verdadera fiesta de la fe en uno de los países más descristianizados de Europa que durante largos siglos fue un baluarte de la cristiandad, y que quizás en esta ocasión de algún modo ha sentido un suave renacer de su antigua tradición religiosa, y en ese sentido también ha mostrado una identidad acaso disminuida en su autenticidad por las presiones del juego de las ideologías conformadas como nuevas religiones seculares.
Llamó la atención que los representantes del pueblo en las cortes reunidas en asamblea sostuvieran un desusado y prolongado aplauso de siete minutos en homenaje al pontífice después de escuchar una pieza oratoria de singular calidad, en tanto a nadie escapa que la clase política se encuentra atravesada por una profunda corrupción que oscurece el bien común en perjuicio del pueblo.
No son ciertamente aplausos los que espera el Papa como respuesta de su visita, sino algo mucho más profundo como es una toma de conciencia y una conversión de males que a estas alturas ya ha naturalizado gran parte del conjunto de la sociedad y no solamente unas mas o menos invisibles marginalidades.
Esta visita nos sitúa también frente al mayor líder religioso del mundo y este que tenemos ante nosotros es otro campeonato mundial en el que podemos meter muchos goles, algo de lo que nos jactamos con orgullo y maestría los argentinos. Es un partido del mundial de la fe.
No sabemos si tendremos otra oportunidad en el futuro de contar con una presencia de este calado espiritual en nuestra querida patria, por eso esta es una circunstancia que puede ser aprovechada para lograr un bien más que necesario: nuestra misma convivencia. Si podemos hacerlo tendremos que prepararnos para recibir algo más que un ilustre visitante.
Cada ser humano es único e irrepetible, pero no constituimos mónadas cerradas en sí mismas. Somos con otros. En el extranjero suelen precisamente envidiar esa capacidad relacional y esa hospitalidad que nos caracteriza y que es como un sello de la argentinidad.
Muchos extranjeros han venido a vivir en nuestra bendita tierra por este motivo. Sin embargo, los argentinos tenemos todavía que terminar de reconocernos como partes de una causa que nos involucra a todos, porque habitamos un espacio privilegiado que es nuestra casa común.
El encuentro produce la comunión y este es el Papa de la unidad. Nuestro pueblo que sufre necesita suavizar sus propias asperezas y hasta restañar sus heridas, de ahí la providencialidad de una asistencia que León está en condiciones de brindar y sabemos que lo hará gustoso, porque para eso viene a visitarnos.
La visita del Papa León XIV despierta la esñeranza y alienta la comunión y la unidad de los argentinos
El país de los argentinos necesita amigarse, lo dicen los psicólogos: el rencor enferma. Por lo mismo, dejar pasar esta visita con indiferencia, desmerecerla o ignorarla sería desperdiciar una ocasión y por más de un motivo, un momento casi único. Mucho más cuando quien llega ha hecho de la reconciliación el eje de su pontificado.
La Argentina conoce del sufrimiento, de ahí que la nuestra sea una nación que se autoperciba como una humanidad doliente y necesitada del calor de la caricia de una mano amiga. Desde una sensibilidad forjada a los golpes, los argentinos piden que alguien les hable sin esperar su voto o su adhesión.
Alguien que nos presente la realidad con naturalidad y sin eufemismos, que nos diga algo que tenga gusto a verdad, que nos aliente a dar un paso de madurez, a vislumbrar un futuro mejor. Necesita un signo que permita alimentar una esperanza. En esta visita hay todo esto y es muy bueno que sepamos verlo, pero también hay otras cosas.