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HISTORIAS
4 de julio de 2026
Cecilia Gómez se mudó a Maimará y trabaja en Purmamarca desde hace dos años. Siempre soñó con atender en comunidades y hoy vive ese deseo. Su historia, en el Día del Médico Rural, que se celebra cada 4 de julio en Argentina desde 2001.
Por Fernanda Jara - INFOBAE
Aunque no tuvo un referente ni un modelo a seguir, más que el deseo de su propio corazón, Cecilia Gómez llegó a Jujuy hace dos años convencida de que quería vivir y trabajar en un pueblo como Purmamarca. Esa decisión la acompañó durante toda la carrera y hoy, cuenta, lleva una vida dedicada a cuidar de los demás. “Lo que más me impacta de trabajar con comunidades es poder estar presente en la vida cotidiana de las personas, no solo cuando vienen al centro de salud”, dice. Su búsqueda estuvo marcada por la decisión de dejar atrás la ciudad para construir una vida distinta, más cerca de la comunidad y de la naturaleza.
El camino no fue sencillo ni estuvo impulsado por una oportunidad laboral previa. “Vine sin ninguna propuesta laboral, simplemente a probar suerte. Así que inicialmente empecé con guardias, después enganché algunos reemplazos... y ahora hace un año y un mes casi, estoy como médica referente del puesto de salud”, detalla, al recordar los desafíos de abrirse camino en un entorno nuevo y empezar de cero.
Hoy es la médica estable del Centro de Atención Primaria de la Salud de Purmamarca y la única profesional médica del pueblo. “Todos los días trabajo desde temprano. Hago atención de consultorio y, si llegan, urgencias”, cuenta y respira profundo porque desde hace un tiempo ya no le toca hacer guardia. Así, cumple con una rutina que combina la atención en consultorio con las urgencias y que la mantiene en contacto permanente con una comunidad de la que, con el tiempo, pasó a formar parte.
Desde 2001, cada 4 de julio se celebra en Argentina el Día del Médico Rural. La fecha rinde homenaje a Esteban Laureano Maradona (1895–1995), médico, naturalista y filántropo santafesino que transformó la medicina social en la Argentina profunda. Tras graduarse, se instaló en Estanislao del Campo, Formosa, donde vivió en la más absoluta austeridad durante medio siglo. Lejos de buscar el prestigio económico, dedicó su vida a curar y asistir a comunidades originarias, fundó una escuela rural y escribió valiosos libros sobre la flora, la fauna y la antropología del monte chaqueño. Su entrega fue tan profunda que recién dejó Formosa en 1986, ya con 90 años, para pasar sus últimos días en Rosario, donde falleció poco antes de cumplir el siglo de vida. Su legado de altruismo y vocación quedó grabado en la historia del país: en honor a su nacimiento, cada 4 de julio se conmemora un justo homenaje al hombre que demostró que la medicina es, ante todo, un acto de amor y empatía hacia los postergados.
Esteban Laureano Maradona
Cecilia dejó Buenos Aires para instalarse en Maimará, Jujuy. Su decisión respondió a una búsqueda personal que comenzó en la infancia y se fue consolidando durante los años de formación en el Hospital Italiano. Allí, el contacto con centros de salud y el servicio de Medicina Familiar la acercó a una forma de ejercer la medicina vinculada al territorio y a la comunidad. “Me surgió la curiosidad por la medicina familiar y el trabajo en territorio... estaba en lugares que yo consideraba que eran como la meca de la medicina familiar”, recuerda.
Cuando llegó el momento de la residencia, optó por Medicina Familiar en Buenos Aires, pero con la mirada puesta en conocer realidades distintas a las urbanas. Por eso buscó rotaciones en zonas alejadas, primero en la ciudad de Salta y luego en Cachi, donde el entorno de montaña y las costumbres locales la pusieron a prueba. “Sentí que aún me faltaba estar más en contacto con la zona de montaña o territorios más adversos. Quería transitarlos”, explica. En Cachi, el contacto con Tujuayliya Gea Zamora —conocida como Tuju—, la primera médica wichí, le mostró el valor de adaptarse a otras culturas y necesidades. “Uno viene con el librito del médico y con una agenda, pero después te encontrás con una comunidad que tiene sus creencias, sus valores y sus necesidades. La agenda muchas veces no coincide, y eso te lo da la práctica y el poder también hablar con colegas”, asegura.
Al terminar la residencia, se animó a mudarse al norte aunque no tenía trabajo asegurado. “Llegué sin ninguna propuesta laboral, simplemente a probar suerte. Inicialmente empecé con guardias, después enganché algunos reemplazos en distintos lugares del área programática de Maimará, y así una cosa fue llevando a la otra. Desde hace un año y un mes me desempeño como médica referente del puesto de salud en Purmamarca ”, repasa.
La integración en Jujuy fue gradual y acompañada por el apoyo de colegas y la propia comunidad. El hospital de Maimará y el grupo de médicas con las que compartió los primeros meses resultaron clave para consolidar su elección. “Lo que más valoro de trabajar en un pueblo es la posibilidad de desarrollar proyectos desde lo comunitario. Para quienes hacemos medicina familiar, esto es fundamental. Poder conocer a las familias, entender sus contextos y acompañarlas a lo largo de sus vidas, le da un sentido especial a la práctica médica y hace que vivir y trabajar en un lugar así sea realmente atractivo”.
Durante la ofrenda a la Pachamama, en agosto pasado
Cada mañana, antes de las ocho, Cecilia recorre los veinte kilómetros que separan su casa de adobe, en las afueras de Maimará, del Centro de Atención Primaria de la Salud de Purmamarca. Vive rodeada de cultivos, calefacciona su hogar con una salamandra y, desde su ventana, contempla la Paleta del Pintor. Allí, la acompaña el perro de la casa que alquila y espera ansiosa la llegada de Catalina, su perra mestiza, que quedó al cuidado de sus padres. “Estoy viviendo en una zona completamente alejada, más a las afueras del pueblo de Maimará, que es increíble. Realmente siempre soñé en vivir en un lugar así”, cuenta. Ese recorrido cotidiano, asegura, también le regala un tiempo de reflexión antes de comenzar una jornada dedicada por completo a la atención de la comunidad.
Su trabajo transcurre entre el consultorio, las urgencias y las recorridas por el territorio. Atiende de lunes a viernes, de 8 de la mañana a 4 de la tarde, y desde que dejó las guardias nocturnas puede concentrarse en el seguimiento de sus pacientes. “Una vez, salgo a recorrer domicilios, una tarea indispensable para llegar a familias que viven lejos del centro de salud. Esa es una manera de sostener el vínculo con quienes tienen mayores dificultades para acceder al sistema de salud”, asegura.
Para ella, ese trabajo sería imposible sin el resto del equipo. “Acá solo no podés hacer nada. Necesitás respaldarte en el equipo, ya sea para localizar a un paciente, para los controles, para llegar a los domicilios, porque todos se conocen entre sí”, explica. En esa red, los agentes sanitarios ocupan un lugar central porque conocen a cada familia, las distancias, los caminos y las condiciones de vida de la población.
Los caminos que hoy son parte de la vida de Cecilia
“Los agentes sanitarios cumplen un papel fundamental porque visitan las casas, conocen a las familias y el entorno, y nos ayudan a entender la situación económica de cada una. Eso nos permite repartir los recursos de la mejor manera posible, sobre todo ahora que todo alcanza para menos. Además, trabajar en conjunto con enfermería y otros profesionales es clave para organizar visitas, compartir información y resolver casos complejos. Aunque contamos con pocos recursos, tener un buen equipo hace que la tarea diaria sea mucho más llevadera”, subraya.
La fortaleza de esa red se vuelve especialmente visible cuando aparecen obstáculos propios de la ruralidad. Cecilia recuerda el caso de Irma, una paciente de Tilcara a la que perdió de vista después de una cirugía. Sin señal telefónica ni medios para contactarla, recurrió a esos agentes sanitarios, que rastrearon la zona hasta dar con un familiar y restablecer la comunicación.
“Así pude llegar a los hijos y hacer el contacto. Desde entonces, viene cada tanto y me la cruzo. O llega solamente para saludarnos. Eso refleja cuán involucrados estamos dentro de la red, de lo que es salud y vida en general. Son cosas que en Buenos Aires no había vivido y que sea tan directo”. Para ella, ese tipo de situaciones demuestra que la atención médica no termina cuando el paciente deja el consultorio.
Cecilia junto a su perrita Catalina
Ese vínculo cotidiano con la comunidad es uno de los aspectos que más valora de su trabajo. “Me asombra y me enriquece poder ser parte de la vida cotidiana de la comunidad, no solo desde el consultorio. Compartir espacios, ver cómo cada persona crece y acompañar sus historias fuera del centro de salud es algo que realmente me llena y me maravilla todos los días”, dice.
En Purmamarca, el médico deja de ser una figura distante: comparte las calles, los encuentros y los momentos difíciles con las personas a las que atiende. Para Cecilia, esa cercanía redefine el sentido de la medicina rural. “Uno solo no puede hacer demasiado, por más ganas y voluntad que tenga. Hace falta poder trasladarse, tener combustible y contar con gente que conozca bien la zona. Muchas de esas dificultades se superan gracias al esfuerzo y la colaboración del equipo; y yo tengo la suerte de trabajar con un equipo excelente, y eso realmente hace que el trabajo sea mucho más llevadero”.
En el desfile de Purmamarca junto al equipo del puesto de salud
La medicina rural obliga a convivir con lo imprevisto. En Purmamarca, Cecilia aprendió que la planificación muchas veces queda relegada frente a las necesidades urgentes de la comunidad. “Uno llega con una agenda, pero la comunidad tiene otra. Al principio eso puede generar frustración, pero con el tiempo entendés que justamente ahí está el trabajo”. Por eso, cuando un proyecto debe postergarse para atender una emergencia o resolver un problema más urgente, no lo vive como un fracaso. “Prefiero mirar todo lo que sí pudimos resolver como equipo antes que quedarme pensando en lo que no se hizo”.
A esa capacidad de adaptación se suma un contexto cada vez más complejo para la salud pública. Cecilia advierte que la reducción de recursos afecta directamente la atención de los pacientes, especialmente en comunidades donde muchas familias dependen exclusivamente del sistema público. “Estos últimos meses lo sentimos muchísimo, sobre todo con el Plan Remediar, que antes era un pilar para la atención. Hay procedimientos y medicamentos que antes podíamos garantizar y hoy ya no”. Frente a ese escenario, el desafío cotidiano consiste en administrar recursos limitados y establecer prioridades sin perder de vista las necesidades de cada persona.
Su trabajo tampoco se limita al consultorio. Además de atender a los pacientes de Purmamarca, realiza tratamientos del dolor en Tilcara y San Salvador de Jujuy, donde aplica técnicas de bajo costo que aprendió durante su residencia. Esa formación, admite, adquirió otro valor una vez que comenzó a ejercer en el territorio.
“Siempre fui muy crítica con la residencia y con el sistema de salud. Pero trabajando acá me di cuenta de todas las herramientas que me dieron y me reconcilié bastante con esa etapa”, dice. Entre esas herramientas destaca la medicina narrativa, una práctica de escritura y reflexión que le ayuda a procesar el desgaste emocional de una tarea exigente. “No todo es color de rosa. Hay cansancio, agotamiento y mucha responsabilidad, porque no dejo de ser la única médica del pueblo”.
En ese contexto, la red de colegas resulta indispensable. Aunque cada profesional trabaja en una localidad distinta, mantienen un contacto permanente para discutir casos, compartir decisiones y apoyarse ante las dificultades. Para Cecilia, esa flexibilidad también define el rol del médico, que debe asumir funciones asistenciales, preventivas, de gestión y de acompañamiento comunitario. “Muchas veces uno piensa en lo que le gustaría hacer, pero después el trabajo se acomoda según las necesidades de la comunidad”, agrega. Esa capacidad de adaptarse, sostiene, es la que termina dando sentido a una forma de ejercer la medicina donde el territorio marca el ritmo de cada jornada.
Durante una consulta médica
“Lo que más me conmueve es poder acompañar a las personas fuera del centro de salud. Compartir espacios con ellas y ver cómo siguen adelante le da a mi trabajo un sentido completamente distinto”, explica la médica. Uno de los casos que más la marcó comenzó con una consulta en apariencia sencilla. Irma, la paciente de Tilcara, había llegado a su consultorio de casualidad: antes tuvo consulta con otro médico porque tenía un párpado caído y la derivó a kinesiología. Ella perdió esa orden y en la cita con Cecilia, le pidió que le hiciera una nueva derivación. Pero antes decidió examinarla a fondo.
Esa decisión cambió el rumbo de la consulta: Cecilia detectó un cuadro neurológico que requería atención inmediata y gestionó su derivación de urgencia. Horas después, el diagnóstico confirmó un aneurisma cerebral con riesgo de vida. Tiempo más tarde volvió a verla durante una celebración patria. “Después de un tiempo, la vi bailando una chacarera con sus hijas. Fue muy emocionante porque no siempre tenemos la posibilidad de ver el después, y en un pueblo eso sí pasa. Es una de las cosas más lindas de este trabajo”, revive emocionada.
Cecilia en modo mundialista en las consultas
Además del acompañamiento, una parte importante de su trabajo consiste en encontrar tratamientos que sean eficaces y también accesibles para pacientes con recursos limitados. Durante su formación incorporó la neuroproloterapia, una técnica para el tratamiento del dolor crónico que requiere pocos insumos y reduce la necesidad de medicamentos. “Es un tratamiento muy efectivo y de bajo costo. Hoy siento que es una herramienta enorme porque me permite ofrecer una alternativa que muchos pacientes sí pueden sostener”, explica. Actualmente la aplica tanto en Purmamarca como en Maimará.
Uno de los resultados que más recuerda fue el de una paciente con fibromialgia que había pasado años conviviendo con el dolor y con la incomprensión de su entorno. “Ella venía buscando que alguien le explicara qué le pasaba, y por qué muchas personas le decían que estaba loca. Eso me impactó muchísimo”. Cecilia le propuso iniciar un protocolo de neuroproloterapia con total honestidad. “Le dije que era un tratamiento que nunca había aplicado y que íbamos a aprender las dos juntas”, cuenta sus propias palabras. Con el paso de los meses, la paciente recuperó autonomía, volvió a trabajar y retomó actividades que había abandonado. “Un día empezó a mandarme fotos mientras les cortaba el pelo a los perros. Había vuelto a hacer lo que le gustaba. Ver ese cambio, logrado con un tratamiento accesible y mucho acompañamiento, fue una de las mayores satisfacciones de mi carrera”, dice al borde de las lágrimas.
Historias como esas son las que terminan dándole sentido a su elección de vivir y trabajar en la Quebrada. Para Cecilia, la medicina rural combina conocimiento clínico, creatividad y cercanía humana, pero, sobre todo, la posibilidad de acompañar a las personas más allá del diagnóstico y ser testigo de sus procesos de recuperación. “Siento que la vida te va poniendo donde uno tiene que estar”, concluye.
Su manera de entender la medicina parece dialogar con las palabras del doctor Maradona, quien alguna vez escribió: “Si algún asomo de mérito me asiste en el desempeño de mi profesión, este es bien limitado; yo no he hecho más que cumplir con el clásico juramento hipocrático de hacer el bien a mis semejantes”.