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14 de Marzo de 2026
HISTORIAS
14 de marzo de 2026

En agosto de 2023, a los 43 años, Cintia ?madre de Samir, Agustín y Josefina? insistió en hacerse una endoscopía “por las dudas”. Ese presentimiento terminó en un diagnóstico: un carcinoma de esófago. En este capítulo de “Voces”, la familia reconstruye el camino desde aquel día hasta hoy: el miedo, la cirugía extrema, el pronóstico incierto y las conversaciones sin eufemismos sobre la muerte
El cáncer irrumpió en la vida de Cintia Ubeda Vranjican en agosto de 2023, casi como una intuición. “Si no se me hubiera ocurrido en ese momento hacerme ese estudio, iba a ser tarde”, dice hoy. Tenía 43 años, corría todos los días, no fumaba, no tomaba alcohol y se hacía chequeos con disciplina. Insistió en una endoscopía “por las dudas”. El médico dudó. Ella no. Una semana después, la palabra “carcinoma” confirmaba lo que ya presentía.
El diagnóstico no llegó solo: arrastró preguntas imposibles, miedos concretos y una reorganización total de la familia. “Lo primero que pensás es: ‘me voy a morir’. Y lo primero que pensás es qué va a pasar con mis hijos”, recuerda. Samir tenía 21 y estudiaba a kilómetros de casa; Agustín tenía 12 y Josefina, la menor, 10. Tres edades distintas, tres formas distintas de entender la palabra cáncer.
“Yo sabía que iba a salir”, dice Agustín, hoy de 15. “Mi mamá es inmortal”, asegura. Samir, en cambio, escuchó el pronóstico —20% de supervivencia a cinco años— como una sentencia. “Es como que te ponen un reloj arriba de la cabeza”, explica. Entre la negación adolescente y la conciencia brutal de la finitud, cada uno encontró su manera de atravesar la enfermedad.
La operación fue compleja: le extirparon el esófago y dos tercios del estómago para reconstruir un nuevo conducto. Luego llegó un año de inmunoterapia. En el medio, internaciones, miedo, una leptospirosis que casi la mata y, como si fuera poco, el diagnóstico y la muerte de su propia madre por el mismo cáncer. “Estoy viviendo el tiempo de mi muerte”, afirma Cintia. No lo dice con dramatismo, sino con una lucidez incómoda. Y decidió convertir esa conciencia en mensaje.
Hoy, madre e hijos hablan sin eufemismos en una charla íntima con Infobae. Del miedo. De la palabra muerte. De los estudios que nunca dejan de hacerse. De cómo se reconstruye un vínculo cuando la invencibilidad se cae. Y de qué significa, realmente, seguir viviendo.
—¿Cuándo llegó el diagnóstico de cáncer?
Cintia —En agosto de 2023. Yo soy muy minuciosa con mis chequeos, pero esta vez pensé: “¿Qué estudio nunca me hice?”. Una colonoscopía. Conseguí turno y el médico me dijo que era muy joven. Insistí. Empezamos con una endoscopía.
—¿Te sentías mal?
C—No. Corría todos los días. Después me di cuenta de que tenía algunos síntomas que minimizaba tomando ibuprofeno. Me atragantaba cuando comía apurada, pero lo atribuía a eso: a comer rápido.
—¿Por qué insististe con el estudio?
C—Porque el año anterior me había hecho todos los chequeos cardiológicos. Sabía que muchas mujeres mueren más por causas cardíacas que ginecológicas. Este año pensé: bueno, ¿qué más puedo revisar? Si no se me hubiera ocurrido en ese momento, iba a ser tarde.
—¿Qué te dijo el médico?
C—Me pidió que fuera a la tarde a hablar con él, pero ya me había entregado el resultado y empecé a leer y nada parecía bueno: sangrado, hernia, biopsia, no me cerraba nada de eso porque estaba perfecta. Me hizo volver a las seis de la tarde, me dejó para el final de sus pacientes.
—¿Qué te dijo?
C—Me miró y yo le pregunté: “¿Está tan mal como dice?”. Me dijo que sí. “¿Me tengo que preocupar?”. Sí. “¿Puedo llorar?”. Sí. Y me dijo que tenía que irme a Buenos Aires porque ahí no se operaba. Y entonces mi cabeza empezó a pensar en mis hijos, el trabajo, la familia, mi mamá.
"Empecé a leer y nada parecía bueno: sangrado, hernia, biopsia, no me cerraba nada de eso porque estaba perfecta", recuerda Cintia Ubeda.
—Todo eso antes del resultado de la biopsia.
C—Sí. Antes. Una semana después fui a buscar el resultado al laboratorio, en Viedma, donde vivía en ese momento, en un barrio a unos ocho kilómetros del centro. Habíamos terminado las actividades del día y, antes de volver a casa, pasé a retirarlo. Estaba con mis hijos en el auto. Ellos iban atrás, riéndose, empujándose como siempre. Les dije “ya vengo”, entré, busqué el sobre y volví a sentarme en el asiento del conductor. Mientras seguían jugando, lo abrí. Ahí estaba la palabra: “carcinoma poco diferenciado”. Cáncer de esófago.
—Un cáncer que no encaja con tu perfil.
C—No fumo, no tomé alcohol nunca, soy vegetariana, deportista. Suele darse en hombres mayores de 60, fumadores, con sobrepeso. Yo no encajaba en nada de eso.
—¿Son tres hermanos? ¿Cómo se enteraron ustedes, se acuerdan?
Agustín—Yo ya lo suponía. Mi mamá era súper deportista y de repente, empezó a estar cansada, de mal humor. Un día me dijo: “Hijo, tengo cáncer”. Entendí lo que significaba, pero confiaba en que iba a salir. Después me dijo que había que darle la noticia a mi hermana menor, ese era otro tema.
—¿Uno a los 13 años no piensa que su mamá es inmortal?
A —Lo sigo pensando. Incluso ahora. No podía imaginar un escenario donde mi mamá muriera. También creo que por cómo es mi mamá en ese sentido que siempre se cuidó, por más de que haya sido tan terrible esto del cáncer yo la vi que sanaba. Confiaba demasiado en ella.
"Qué va a pasar con mis hijos y con mi mamá si yo me muero?", fue la pregunta que se hizo cuando conoció el pronostico de su enfermedad.
—Samir, vos estabas estudiando en La Plata en ese momento.
Samir—Sí, me llamó llorando. A mi edad ya sos consciente de todo entonces se te cae la idea de que tu mamá es inmortal. Y ahí todo tu plan de vida cambia totalmente y entra el pánico por todos lados.
—¿Vos Cintia no estabas en pareja en ese momento?
C—No. Me había separado en enero de ese año. Siempre lo cuento porque, en retrospectiva, siento que algo me estaba pasando más allá de lo físico. Yo tenía todo: hijos sanos, trabajo, salud, la posibilidad de que estudien afuera. Y, sin embargo, sentía una angustia muy fuerte. Pensé que era la perimenopausia, fui a la ginecóloga, me hice estudios y estaba todo bien, salvo un poco de colesterol alto. Empecé terapia porque necesitaba entender qué me pasaba. Eso fue desde febrero hasta agosto, cuando me diagnosticaron.
—¿Qué edad tenías en ese momento?
C—43. Y cuando me dijeron que era cáncer, la angustia desapareció automáticamente. Se lo decía a mi psicóloga: “Tengo cáncer, en algún lugar sé que me puedo morir, pero ya no tengo angustia”. Era como si por fin hubiera encontrado la causa de lo que me estaba pasando.
Cintia atravesó una operación muy difícil y luego inmunoterapia.
—¿Vos pensabas que te ibas a morir?
C—Al principio sí. Lo primero que pensé fue “me voy a morir”. Y después, inmediatamente, qué iba a pasar con mis hijos y con mi mamá. También me preocupan mucho mis mascotas. No pensaba en mí.
—¿El papá de los chicos está en escena?
C—Son dos padres diferentes. El papá de Samir no, y el papá de los otros dos, sí.
—Lo pregunto por esa responsabilidad que sentimos las mamás de “si me pasa algo, ¿quién está?”
C—Total. Creo que eso fue lo que más me atravesó. Yo confío 100% en el papá de mis hijos. Me llevó tiempo entender que hace las cosas distinto a mí, pero confío. A Josefina se lo conté con el papá, después me enteré que ella ya sabía todo porque había estado mirando conversaciones en mi celular. Pero ya estaba, yo quería decirlo claro y seguir adelante. En mi cabeza era: “Listo, ya sabemos qué es, ahora avancemos”.
—¿Qué pasó con Jose en esa charla?
C—Creo que fue la que más lo expresó. Agustín fue más “no pasa nada, mi mamá es Superman” y siguió. Samir estuvo muy, muy angustiado. Pero para Josefina fue tremendo. Hacía poco había muerto la mamá de una amiga por cáncer y, en su grupo, “mamá + cáncer” era igual a muerte. Lo primero que me preguntó fue si me iba a morir.
—¿Y qué le respondiste?
C—Que no. Siempre dije que no me iba a morir. Incluso le hice jurar a mi cirujano: “Yo di mi palabra de que no me puedo morir”. Necesitaba sostener esa narrativa. Hablé con Jose y también con sus amigos. Les decía: “Cáncer no es sinónimo de muerte. No todas las personas que tienen cáncer se van a morir”. Puede pasar, claro, y también hay que decirlo —mi mamá murió de cáncer—, pero hay otras posibilidades, otros finales.
—¿Pero vos fuiste contundente en esto de que no me va a pasar a mí?C—Sí. Yo les di mi palabra de que no me iba a morir. Y era una palabra sin certezas, claro. Hay muchas formas de ser paciente oncológico. Hay gente que no quiere saber. Yo no: cada vez que me siento con mi médico, con mi oncólogo, con la infectóloga, con mi cirujano, pido que me expiquen todo.
El pronóstico de supervivencia era del 20 por ciento a 5 años.
—Hay muchas formas de ser paciente oncológico y también muchas formas de ser mamá con cáncer. ¿Lo hablaste con tu psicóloga?
C—Sí, muchísimo. Yo creo que lo que más me aterraba era: “¿Y qué va a pasar con mis hijos y con mi mamá si yo me muero?”. Entonces, una de las cosas que hice, como mamá —que soy así bastante estructurada— fue organizar mis seguros de vida para que no sea una traba porque eran menores de edad y no podrían cobrar. Federico es el papá, va a cobrar el seguro de vida igual lo ponga o no lo ponga. Listo: seguro de vida.
—¿Qué hacían en la operación, te extirpaban el tumor?
C—La operación fue muy compleja. Sabía que era una cirugía en tres tiempos: que me abrían el abdomen, que me sacaban el esófago y dos tercios del estómago; que entraban por las costillas —eso implica fisurarlas o quebrarlas para poder pasar el tubo—; que me desinflaban un pulmón y que me iba a despertar con drenajes y tubos. Sabía lo de la sonda, las vías, todo.
—¿Pero cuál era el objetivo?
C—Sacar el tumor. El cáncer de esófago no permite “reconectar” el esófago como otras partes del cuerpo. Mi tumor era grande, estaba en la mitad del esófago y ya infiltraba las paredes. Había que sacar todo y reconstruir un neo esófago con lo que quedaba de mi estómago. Fue una única operación, me quedaron cicatrices por todo el cuerpo, aunque algunas casi no se ven.
—¿Y después qué tratamiento empezó?
C—Lo más complejo fue el después. Terapia intensiva, no poder respirar bien, no poder tomar agua durante mucho tiempo. Volver a comer fue todo un proceso: había riesgo de obstrucción y cada vez que tosía todos se asustaban. Mis hijos, mis amigos, mi mamá. Una vez hasta salí corriendo a la clínica porque me atraganté. Era como reaprender algo tan básico como comer. Y luego un año de inmunoterapia, cada quince días.
—¿Eso lo hiciste en Río Negro?
C—Sí, en Río Negro, en Viedma. Al principio me dijeron que tal vez tenía que irme a Buenos Aires. Eso implicaba dejar a mis hijos, mover a mi mamá, desarmar todo. Cuando supe que podían hacerme la misma operación en mi ciudad, elegí quedarme.
Samir estaba estudiando en La Plata y el vínculo con su mamá mejoró muchísimo a partir del diagnóstico.
—¿Cómo cambió la dinámica familiar con el diagnóstico?
S—Yo estaba lejos, estudiando, y eso fue lo más difícil. Vivís con el miedo constante. El diagnóstico y la operación fueron muy rápidos, entonces ya estábamos en alerta. Quedarte lejos es tremendo: te cuentan cosas, pero el día a día no lo vivís. Te quedás pensando todo el tiempo qué estará pasando, cómo estará. Y eso te mata.
—¿Ustedes podían hacer vida normal o todo quedó tomado por el cáncer?
A—Yo tomé una decisión: si algo le pasaba a mi mamá, tenía que continuar mi vida. Entonces hice como si ya estuviera en ese futuro, pero sin derrumbarme. Siempre fui muy sensible, de llorar por todo. Pero acá me dije: “Mi mamá va a salir bien”. Estando cerca todo era raro también. No podía verla en terapia, la tenía ahí nomás y no podía entrar. Te dan ganas de ir, de tocarla, y no podés. Y después en casa era convivir con el miedo: empezaba a comer algo licuado y si tosía desde la cocina, salíamos todos corriendo.
—Había algo, al estar con tu papá, de continuar con una seudo normalidad.
A—Sí. Mi papá es muy de “vamos viendo qué pasa” y a mí eso me desesperaba. Yo quería resolver ya, vivir mi vida bien ahora. Entonces, en mi cabeza, hacía como que no pasaba nada. Como estaba tan seguro de que mi mamá iba a estar bien, ese mes que no estuvo lo viví como si se hubiera ido de viaje. Lo raro era la mirada de afuera. En la escuela me veían como “el pobre nene, la mamá tiene cáncer”. Las profesoras me llamaban, mis amigos me preguntaban todo el tiempo. Y yo decía: “Mi mamá no se va a morir”. No quería que eso fuera lo único que me definiera.
—Superada la operación, vino la inmunoterapia y el tema te toma, ¿Podías correrte del lugar de paciente oncológica y ser mamá?
C—Yo todo el tiempo fui mamá siendo paciente oncológica. Estaba internada y pensaba si se habrán acordado de tal actividad, de tal profesor. Me preocupaba Samir, estudiando solo en La Plata, en una carrera exigente. Sentía que le estaba arruinando un momento hermoso de su juventud. Y él hizo lo contrario: no desaprobó nada, siguió con excelentes notas. Siempre decía: “Sí, mamá está internada, pero mañana tengo prueba”.
—¿Y Josefina?
C—Jose la sufrió más, pero después. Ella ya tenía su espacio terapéutico, que siempre sostuvo y cuando aparecieron señales de alerta, enseguida reforzamos el acompañamiento. El momento en que más se asustaron fue cuando, en pleno tratamiento, empecé a sentirme muy mal. Me internaron: era leptospirosis. Yo estaba inmunosuprimida y, por hacer huerta —algo que a cualquiera no le pasa nada—, terminé al borde de un shock hepático. Fue la primera vez que me vieron realmente mal. No podía ni levantarme a hacerles la comida. Ahí sentí miedo. Después también llegó el diagnóstico de mi mamá, que me tuvo casi un mes internada con ella. Pero, aun en medio de todo, intenté que la vida siguiera siendo vida.
Agustín siempre tuvo la seguridad de que su mamá se iba a curar.
—Cintia, en ese querer saber ¿alguna vez preguntaste el pronóstico de vida de tu diagnóstico?
C—Sí. La supervivencia es del 20 por ciento a cinco años.
—Son números muy difíciles.
C—Muy difíciles. Por eso siempre digo —aunque a algunos les moleste— que estoy viviendo el tiempo de mi muerte. Pero lo estoy viviendo con conciencia y con gratitud. Si no me hubiera diagnosticado, hoy estaría muerta. Corrí ese pronóstico, sabiendo que soy una favorecida. La gente me ve bien: el fin de semana hice 33 kilómetros en bicicleta, trabajo, bailo, tengo mi huerta, mis hijos. Vivo. Pero al mismo tiempo tengo turnos médicos todo el tiempo. Si no es por el reflujo que me quema las vías respiratorias, es por la anemia y las intravenosas, o por el riesgo de infecciones. Vivo, sí, pero siempre en diálogo con el cuerpo y con el sistema de salud.
—Es fuerte esa frase.
C—Soy escritora, soy poeta. Otros dicen “tiempo de supervivencia”. Yo digo “tiempo de la muerte”. Porque si no me hubiera diagnosticado, ya estaría muerta. Corrí la aguja.
—Y decidiste vivir ese tiempo con una causa, con un mensaje.
C—Sí, totalmente. A mí nadie me garantiza nada. Hoy estoy acá, pero nadie me asegura que en seis meses, cuando me haga un chequeo, no aparezca algo nuevo en otro lado. Entonces para mí es importante hablar, contar que más allá del diagnóstico puedo seguir siendo mamá, tener proyectos, estar en pareja. Estoy con un compañero hermoso, que se animó a estar con una paciente oncológica. Sigo aprendiendo cosas nuevas, ahora estoy tomando clases de danza. Vivo.
—Hacen un programa hablando de cáncer y distintas cuestiones.
C—Sí, con Cami Aldaba hacemos “El buen vivir” para la Fundación IMO. Hablamos de todo lo que no se cuenta: cómo impacta el diagnóstico en los hijos, en los padres, en los amigos. Qué significa atravesar una quimioterapia o una inmunoterapia. Qué le pasa a un cirujano cuando te conoce desde chica y un día te tiene sentada enfrente como paciente —a mi cirujano se le llenaron los ojos de lágrimas—. Qué siente el técnico que hace un estudio y ya sabe, antes que vos, que algo no está bien. Siempre se cuenta la historia del paciente, pero hay muchas humanidades alrededor que también merecen ser escuchadas.
—¿Qué te pasa a vos cuando la escuchás hablar de un 20 por ciento de supervivencia a cinco años?
S—Para mí fue una fatalidad automática. Yo lo viví distinto que mi hermano. Sentía que él estaba demasiado tranquilo, que no dimensionaba la gravedad. Y a mí eso me daba bronca. Porque cuando escuchás “20% por ciento”, lo que entendés es que tu mamá puede morirse en cinco años. De repente aparece una especie de cuenta regresiva que en la vida cotidiana no existe.
—Es raro esto del “de acá a cinco años”, ¿no? A todos nos puede pasar algo mañana y no vivimos con esa cuenta regresiva. ¿Sentís que empezaste a disfrutar más el vínculo a partir de esto?
S—Nuestro vínculo siempre fue complicado, con choques típicos. Pero cuando pasa esto, te preguntás qué relación querés tener con tu mamá si en tres o cinco años no está. Qué recuerdo querés que te quede. Después, con más esperanza, ya no es una sentencia fija, pero esa imagen queda. Y entendés que no hace falta una condena para replantear el vínculo.
—Que algo tan duro traiga algo bueno.
S—Sí. Siempre intento verlo así. Si algo malo puede generar algo que nos una, me quedo con eso.
—A vos también te impactó ese 20 por ciento.
A—Sí, claro que me asustó. Y cuando me explicaron la operación fue tremendo. No era “sacamos el tumor y listo”. Era sacar el esófago, usar el estómago para hacer un nuevo tubo, desinflar un pulmón, entrar por las costillas. Yo no sabía que eso existía.
C—A mí me pasó al revés como hija. Una vez que me operaron, le insistí a mi mamá que se hiciera estudios.
—¿Por qué?
C—Porque ella fumaba, tenía sobrepeso, era todo lo contrario a mí. Y nunca se había hecho esos chequeos. Entonces fue a hacerse los estudios y le encuentran el mismo tumor que a mí, exactamente en el mismo lugar, pero mucho más chiquitito. Sin metástasis, pero mi mamá no tenía ni mi edad ni mi condición física.
Cintia Ubeda junto a Samir y Agustín en Infobae con Tatiana Schapiro.
—¿Cómo fue para vos recibir esa noticia siendo hija?
C—Tremendo. Porque yo ya había pasado por todo eso, conocía cada parte del proceso, había puesto el cuerpo. Sabía que no era fácil, me costó muchísimo volver a respirar bien, llenar los pulmones de aire. Hasta hoy respiro y siento algo extraño en el cuerpo, o toso y algo se mueve entre las costillas y pienso: “Esto es raro”. El cuerpo cambia.
—Ella era muy creyente.
C—Sí. Yo no tengo religión, pero cuando a ella le encontraron el tumor pasó algo muy fuerte. Yo tuve que darle mi noticia estando ella de viaje, a kilómetros de distancia y me dijo que cuando se enteró lo primero que hizo fue rezar para estar en mi lugar. Pedía: “Quiero estar en el lugar de mi hija”. Y después le aparece el mismo tumor.
—¿Ella tomó dimensión de la complejidad?
C—No. Estaba convencidísima de que iba a ser todo fácil, como conmigo. Y yo le decía: “Mamá, es necesario que hagas terapia, que te cuides, que dejes de fumar”. Pero siguió fumando hasta el último día antes de entrar al quirófano. Y no salió.
—¿Murió en la operación?
C—No. Estuvo internada un mes, sin poder comer ni tomar agua. Y murió en diciembre. Todo lo que se podía complicar en una cirugía así, todo lo que a mí me habían advertido, le pasó a ella. Exactamente todo.
—¿Que muriera tu abuela te asustó más respecto de tu mamá?
A—Mamá se ahogaba, se internaba cada dos por tres, yo me iba con mi papá cuando ella quedaba hospitalizada. Y de repente llega también lo de mi abuela. Yo no la veía en estado de atravesar algo así. Era terca, quería seguir fumando, seguir saliendo, se negaba. No fue una paciente dócil. Y tenía 71 años. Le faltaba vida. Yo sentía que me faltaba muchísimo tiempo con ella.
—¿Hay un día en que no te acuerdes de todo esto?
—Creo que no. Pero tampoco lo vivo como algo oscuro todo el tiempo. Lo que sí me pasa es que soy muy consciente de que estoy viva. Todos los días me levanto de buen humor. Ando 33 kilómetros en bicicleta, nado, bailo. Si hay un problema, ya no me lo tomo tan trágico. Aprendí a elegir con quién quiero estar, qué vínculos sostener, qué puedo y qué no puedo en una pareja. Aprendí mucho con la enfermedad. O caminar por la costanera después de salir de terapia intensiva. Yo corría 20 kilómetros por la costanera y volver a caminarla fue todo. Después de haber estado mirando el cielo por una ventanita, sin saber qué hora era.
—¿Cambió tu vínculo con tu mamá?
A—Cambió la manera en que la veía. Siempre la había visto activa, fuerte y de repente la vi vulnerable. Eso nunca me había pasado: era ver frágil a alguien que yo creía invencible. También dejó de enojarse tanto y yo entendí que no podía depender todo el tiempo de ella. Empecé a independizarme un poco más. Fue un traspaso para todos.
—¿Tuvieron buenas charlas en ese período?
S—Más charlas internas, diría yo. No tanto con ellos porque cada uno tenía su propia manera de ver las cosas. Y con mamá sí hablábamos, pero también estuvo lo de mi abuela muy cerca y fue como un doble golpe. En mi caso eran mis dos mamás. Entonces era: bueno, tus dos mamás tienen cáncer, ¿qué hacés?. Podíamos unirnos, sí, pero cada uno lo estaba atravesando a su manera y buscar que el otro lo entendiera igual era frustrarse.
—¿Pudiste preguntarle a tu mamá todo lo que querías saber?
A—Yo lo único que quería saber era: “¿Estás bien?”. Si me decía que sí, listo. Con eso me alcanzaba. No necesitaba detalles médicos ni explicaciones. Era: “¿Tenés miedo? ¿Estás bien?”. Si estaba bien, yo estaba bien.
C—Eso era muy así. Cada vez que yo me sentaba a hablar con él o con Jose y les preguntaba “¿Cómo están?”, él me respondía: “¿Vos cómo estás?”. Si yo decía “bien”, entonces para él estaba todo bien. Y creo que algo que les pasó a ellos fue empezar a verme humana. No solo como mamá, sino como persona.
—Ahora, esa negación de “a mi mamá no le va a pasar nada”, ¿te daba fuerza o te generaba presión?
C—Yo sé que él es así. Mis tres hijos son totalmente distintos. Para Samir fue tremendo, porque sentía que las dos personas más importantes de su mundo eran su mamá y su abuela. Y la idea de perder a una y quedarse con una sola le generaba una desprotección enorme. Porque somos las personas que pensamos en él todos los días: si comió, si volvió a casa, si está bien, si tiene amigos, si está enfermo. Dos personas que te tienen en la cabeza incondicionalmente. Y de repente queda una. En el caso de Agustín, su forma es creer que todo va a estar bien.
—Es dificilísimo.
C—Y es un aprendizaje también para una. Yo me creía imprescindible. Y tuve que aprender a confiar en que otras personas iban a hacer las cosas bien, distinto a mí. Soltar el control fue dificilísimo. Confiar en que su papá iba a ocuparse. Tal vez no como yo lo haría, pero que iban a estar bien. Fue un gran aprendizaje.
—¿Hoy se disfrutan más como familia?
C—Sí. Siempre nos decimos que nos queremos. Yo les digo todo el tiempo que estoy orgullosa. Pasaron por dos diagnósticos de cáncer, dos desenlaces distintos, y siguieron con su vida. Eso también es una elección. A mí me angustiaba pensar que lo que me pasara a mí les iba a frenar la vida. Que dejaran de estudiar, de vincularse, que se deprimieran por mí.
—¿Hay algo que no te haya preguntado que quieras compartir?
A—Creo que lo más difícil fue hablarlo. Yo no lo hablé con mis amigos, casi nada con mi hermano, apenas con Josefina. Con papá no se tocaba el tema. Yo hacía como que estaba todo perfecto, pero por dentro no estaba bien. Pensaba qué me diría la psicóloga, porque en un momento dejé de ir creyendo que podía solo. Y pensaba si tengo miedo de que mi mamá se muera, no le voy a cargar ese miedo a ella. Todos alrededor ya tenían miedo. Y además mi mamá no es alguien que importe solo en su casa, es una persona que influye, que cuando entra en un lugar se nota. Es carismática, tiene voz, sonrisa, carácter. Si falta, se nota. Y uno de mis miedos es morirme y no haber dejado huella. Creo que eso es lo que más me enseñó todo esto: a dejar marca.
—¿Hoy estás bien?
A—Hoy estoy perfecto. Y me encanta poder hablar de esto. Fueron dos años raros, pero magníficos al mismo tiempo. Crecí muchísimo. Mi familia cambió muchísimo. Ellos dos antes no podían estar en la misma sala. Y mirá ahora, estamos los tres acá.
—Por una misma causa.
A—Por una misma causa. Y agradezco que mi mamá esté viva, porque si no esta charla no existiría.
C—Para mí también es importante hablar y compartir. Hay madres que no les cuentan a sus hijos su diagnóstico para protegerlos. Yo creo que es mejor la verdad. Porque si no se crean fantasmas.
—¿Algo que quieras agregar?
S—La oportunidad que te da entender que la vida es finita. Que el tiempo es limitado. Eso cambia cómo encarás todo: vínculos, enojos, decisiones. Hasta qué punto estás dispuesto a amargarte si sabés que podés no estar mañana. No está bueno llegar a esta situación para aprenderlo, pero esa claridad mental es invaluable.
—Muchísimas gracias a los tres.
—Gracias.
—¿Dónde se puede ver el programa?
—En el canal de YouTube de IMO, el Instituto Multidisciplinario Oncológico. El programa se llama El buen vivir. Lo hacemos con Camila Aldao y distintos invitados, pacientes y médicos.
FUENTE: INFOBAE